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Archive for 27 julio 2012

Bamba, la ninfa, despertó a la pequeña hada. Yelde había dormido durante muchas horas seguidas. Tantas que hasta había llegado a preocuparse. -Vamos, voy a llevarte con tus compañeras-, agarró entre sus suaves manos a la hadita y se dirigió sonriente hacia la zona del Bosque donde residía la reina de las Hadas. Llegó al tronco del árbol en cuya copa se encontraba la casa de Kin, la Reina. No hacía falta que Bamba dijera nada, Kin con su magia hacía rato que había detectado no sólo su presencia, sino la de la nueva invitada. La ninfa levantó la mirada y vio descender un punto de luz desde lo más alto. Cuando estuvo a la altura de su cara, la luz se hizo menos intensa y Kin se mostró tal como era. Un cuerpecito de cuarenta y cinco centímetros de altura, una bella mujer de piel pálida, con la cabellera rubia, los ojos azules y un cuerpo sólo cubierto por unas telas de color verde que hacían las veces de túnica. Unas alitas transparentes, pero que al mismo tiempo desprendían los reflejos del arco iris, se movían intensamente como las alas de un colibrí y mantenían en el aire a la bella Reina de las hadas.

Bamba y Kin no intercambiaron palabras. Las sílfides por norma general no utilizan lenguaje oral ni escrito, ellas sólo sienten y transmiten. Una sílfide es capaz de sentir y comprender lo que quiere decir o expresar otro ser con sólo concentrarse. La comunicación en la otra dirección es más complicada y requiere, en caso de los humanos, un contacto más continuo con el hada para así ser capaz de entender sus gestos, sus miradas y cuando hay contacto físico, ser capaz de notar los cambios en la esencia que se producen en ella. Con Bamba las cosas son más sencillas ya que ella también es un ser que comprende la esencia y por lo tanto la comunicación es más fluida. Bamba explicó como había encontrado a la pequeña y el porque de cómo le había llamado: Yelde Waiva. Cómo el viento sopló y la bola de fuego en el lago cayó. Kin escuchaba atentamente y el aura que la rodeaba iba ganando y perdiendo intensidad, como si una extensión de su corazón fuera y con cada latido variara el brillo que desprendía. En uno de los momentos de la conversación, sin explicación aparente, toda la luz que instantes antes emanaba de Kin desapareció. Bamba se sobresaltó al notar un cambio brusco en su esencia. Todo duró fracciones de segundo y al instante, de nuevo el aura brillaba en torno a Kin. Ella en ningún momento había perdido la sonrisa y Bamba pensó que habría sido algún tipo de emoción extraña que no era capaz de comprender.

Kin extendió la mano, y la pequeña hada sonrió. Sus ojitos marrones miraban atentamente a Kin, la cosa más bonita que había visto hasta el momento. Notaba su energía y le llenaba de felicidad. Yelde Waiva extendió sus alitas, que a diferencia de las de Kin eran todavía pequeñas y totalmente transparentes, y mediante un movimiento rápido e ininterrumpido comenzó a elevarse en el aire. Agarró la mano de Kin, volvió a mirar a Bamba, le sonrió y las dos hadas comenzaron a elevarse hacia las copas de los árboles. En tierra, Bamba miraba atónita esa maravilla de la naturaleza, sonreía y sentía una felicidad sin igual. ¡Qué bonita era la vida, qué bonita era su vida en el Bosque!.

Las dos hadas llegaron a la terraza de la casa. La reina le explicó que hasta que tuviera su propia casa se quedaría con ella. Ella le arroparía y le enseñaría las cosas básicas que debía saber de su nuevo hogar. Pero antes que eso debía conocer a sus nuevas amigas y vecinas: el resto de las hadas. Hoy habría una fiesta, una gran fiesta, llamarían a Rufu, a las ninfas e incluso a Yoni el gnomo para que se uniera a ellas. Iba a ser la presentación de la pequeña Yelde Waiva y tal cosa era motivo de grandes celebraciones.

Kin salió de la casa volando con tranquilidad, miró hacia atrás y sonrió a la joven que quedaba a su espalda mirando todas las nuevas cosas que se presentaban ante sus ojos. Le indicó que buscara en el baúl algo de ropa que le gustara, algo propio de una linda hada. La ropa que la ninfa le había preparado, era práctica pero un poco áspera para la suave y fina piel de una sílfide. Kin volvería más tarde, tenía que preparar y avisar a todo el mundo. La fiesta sería en el lago Rojo, a media noche, cuando las estrellas se reflejaran sobre la superficie del agua.

Yelde Waiva quedó inmóvil, observó lo que había alrededor y vio una pequeña cama, un pequeño cofre y unas vasijas. El cofre estaba abierto y de él sobresalían algunas cosas. Su curiosidad innata, como bebé que era, le hizo acercarse y lo que vio le encantó. En él había prendas de distintos colores, colores lindos y llamativos que le hicieron entusiasmarse y brillar un poquito. Era la primera vez que experimentaba esa sensación, un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, un cosquilleo que tras desaparecer dejaba un calor intenso que le hacía sonreír. Agarró unos trapitos y los empezó a observar. Finalmente se decantó por algunos de ellos con mucho colorido y motivos que representaban frutas del Bosque. Cuando se los puso, notó una suavidad increíble. ¡Qué bien le sentaban, que linda se veía! Ella se sentía bien, ligera y libre. La sensación que le producía no tenía nada que ver con la que sentía con la especie de camisón que le había preparado Bamba. Estas ropas eran mucho más cómodas y bonitas. La brisa del viento que entraba por la puerta de la cabañita producía una sensación muy agradable sobre ella. Respiró profundamente y notó como sus pulmones se llenaban de aire. Cerró los ojos y se concentró en la esencia que le rodeaba. Notaba mucha energía a su alrededor, notaba la presencia de seres vivos por todos los sitios. Se abrumó de tanta energía y expiró profundamente. Debería aprender a comprender sus percepciones. Seguro que Kin le ayudaría en tal misión.

Yelde Waiva observó la habitación y reparó en las vasijas. Se acercó a ellas y vio que estaban llenas de frutas. Eran todas diferentes a las que había estado comiendo el día anterior en la casa de Bamba. Así que, con una inocente sonrisa en la cara, se lanzó a probar un poco de todas. Menuda carita tenía la joven, los sabores que degustaba y las sensaciones que tener esos frutos en la boca le producían, provocaban que sus alas temblaran de felicidad, que brillara con intensidad. El jugo de la fruta resbalaba por la comisura de los labios, caía por su cuello dejando toda su piel sucia y pegajosa. No es que siguiera comiendo, sino que devoraba las piezas de fruta. Cuando un nuevo sabor le hacía vibrar, apretaba su nuevo descubrimiento contra su torso. Alzaba el vuelo y  revoloteaba por toda la casa como mosca aturdida soltando unos grititos de felicidad, para de nuevo posarse delante de las vasijas y continuar comiendo. Éste fue el principio de la debilidad de la hija del viento por las cosas dulces, debilidad que nunca desaparecería sino que iría en aumento.

Muchos minutos después, cuando Kin regresó se encontró una imagen que lejos de hacerle enfadar le hizo sonreír y sentir toda la ternura que aportaban las jóvenes hadas a la vida del reino. Yelde Waiva se encontraba  acostada en el suelo, desnuda, con la piel pegajosa y manchada de chorretones verdes, transparentes, naranjas según fuera el jugo de la fruta que había sido derramado sobre tan suave piel. Los restos de algunas frutas se encontraban a escasos pasos de la  pequeña y entre sus brazos protegía y acurrucaba un par de restos de fruta. Kin se acercó  y en ese momento Yelde Waiva abrió sus ojitos, se incorporó  y sonrió. Kin le devolvió la sonrisa y entonces la bebe extendió sus manos ofreciéndole a Kin los trozos. Tales frutas eran conocidas por los humanos como kiwi y piña. Kin agarró los trozos de fruta y los mordió para después abalanzarse sobre Yelde y comenzar a abrazarle y besar su carita. Las risas de ambas hadas se oían a metros de distancia, lo cual, unido a las noticias de la llegada de una nueva habitante hicieron que poco a poco el resto de hadas se fueran acercando a los alrededores de la casa.

Dentro Kin lavó a la pequeña. La vistió con las ropas que había elegido y comenzó a aleccionarle sobre las costumbres de las hadas. También comenzó a explicarle el sentido de la esencia, del fluir de la energía que forma todas las cosas y de la magia, que no es otra cosa que la proyección, la manipulación de dicha energía. Muchas cosas le transmitía Kin  y a cada nuevo dato, la Hija del Viento se encontraba feliz y hacia una nueva pregunta, quería saber y conocer, escuchar y aprender. Estuvieron un buen rato así, hasta que Kin le dijo – ¡Basta ya jovencita!, ya habrá tiempo de aprender, ahora nuestras amigas nos esperan fuera, ¡no les hagamos esperar más!-.

Yelde Waiva asintió y se levantó. Agarró la mano de Kin y ambas salieron volando al balcón de la casa. Lo que se presentó entonces ante los ojos de la joven le dejó boquiabierta. Sus ojitos marrones se abrieron de par en par y su sonrisa era tan grande que no cabía en su cara. Enfrente de ella había unas cuantas hadas. Volaban de forma nerviosa de un lado para otro. Varios mochuelos ululaban posados en algunas ramas cercanas. Decenas de grillos cantaban por todas partes, y cientos de luciérnagas revoloteaban entre todos los invitados. El espectáculo de color y sonido era increíble y de repente alcanzó un cariz todavía mucho más espectacular cuando una melodía brotó del suelo como vapor de agua asciendo hacia las nubes. Las hadas volaron en tropel hacia abajo y Kin le agarró fuerte de la mano -Ven pequeña, Rufu ha llegado y con él la fiesta ha empezado-. Descendieron a ras de suelo y allí Yelde vio a un ser con cuerpo humano, cuernecillos de cabra en la cabeza y cuartos traseros de caballo. Llevaba un arco colgado de la espalda y un carcaj lleno de flechas. Pero lo que realmente llamaba la atención en esos momentos del hada era el extraño objeto que sostenía entre sus manos y que metía en su boca el sátiro. -Flauta-, le informó Kin que se llamaba aquel alargado objeto, y de él salían unos sonidos muy agradables que le hacían vibrar y tener ganas de volar y reír. Volar y reír como hacían todas sus compañeras. Rufu, que así se llamaba el sátiro,  trotaba dando vueltas sobre si mismo envuelto en un aura de luz producida por el brillo de las hadas que se arremolinaban a su alrededor. Kin soltó a Yelde – Ve, juega mi pequeña, es tiempo de reír y disfrutar de la noche-

Entre música, saltos y risas, los participantes de la fiesta fueron dirigiéndose hacia elLago Rojo, llamado así por el color arcilloso de sus aguas. El Lago Rojo estaba situado en un claro del Bosque.  Los árboles desaparecían para permitir que los rayos del sol de día y los de la luna en la noche jugaran sobre la superficie del agua. A las sílfides les encanta la noche y la luz de las estrellas, ya que son hermanas suyas que se encuentran en el firmamento iluminándoles y dándoles su calor, y es por esto que cuando se presenta una gran fiesta acuden siempre a este lugar. El lago tiene en uno de sus extremos un conjunto de rocas, donde de día las ninfas y alguna que otra lagartija pasan las horas disfrutando del sol. No es muy profundo y su fondo arenoso está lleno de  piedras de un color rojizo. Arcilla debe ser, pues el polvillo que desprende tiñe de rojo el agua. Aquí las hadas se encuentran muy bien, porque pueden chapotear y jugar sin miedo a ahogarse, y cuando se cansan se posan en las rocas o en la orilla para secarse mientas observan el firmamento.

En el lago les esperaban Liquen y Bamba las ninfas, chapoteando y saltando en el agua con sus vestiditos de fina tela todos mojados, y Yoni el gnomo, que había agarrado varias cáscaras de frutos secos que golpeaba con piedras y ramas para producir un ritmo de percusión que embotaba los odios. Liquen era la hermana mayor de Bamba; y a diferencia de ella su pelo era verde al igual que sus ojos. Liquen era menos risueña y extrovertida que su hermana y era bastante más desconfiada. Los años le habían enseñado qué era el dolor y el solo recuerdo del mismo le producía miedo. El contacto con las hadas le hacía olvidar aquellos recuerdos y por eso disfrutaba enormemente de su compañía. Yoni, el gnomo, viste como un leñador. Es como un pequeño y viejo hombrecillo de metro y medio de altura con una barba blanca y unos mofletes rojos que le hacen presentar un aspecto muy gracioso. A pesar de la naturaleza solitaria de estos seres Yoni en ocasiones se une a las fiestas de Rufu y las hadas. Disfruta viendo tan maravillosos seres y porque no decirlo, le encanta ver esos bellos cuerpecillos ligeros de ropa revoloteando por aquí y por allá, haciéndole burla y carantoñas. A veces se siente como un abuelito con sus nietas. Yoni tiene un trato relativamente frecuente con las hadas ya que ellas le proporcionan las bayas que crecen en las copas más altas de algunos de los árboles del reino (además de otro ingrediente fundamental que sólo ellas posen) y con las que él produce un licor que vuelve loco a todos los gnomos. A cambio Yoni, con alguna de las máquinas que ha inventado, teje y prepara las ropas que tanto les gustan a las hadas. El gnomo en las fiestas generalmente lleva unas botellas del Licor de Hada, como él lo llama. Cuando Rufu y él se cansan de tocar, dan buena cuenta del especial licor hasta no dejar ni una gota.

La fiesta continuaba y en el Bosque silencioso se podía escuchar el sonido de la música. Las hadas se agarraban unas a otras y daban vueltas y más vueltas. La traviesa y risueña Luz tiraba de los pelos a Rufu. La pelirroja Pipi corría tras de las luciérnagas y Kin sobrevolaba el agua recogiendo gotas de la misma que luego tiraba sobre sus compañeras. Al final todos, excepto Yoni, que no sabía a donde mirar sino a tan grandioso espectáculo y Rufu que no le gustaba bañarse por la noche, acabaron despojándose de sus ropas para meterse en el agua del lago. Chapoteaban y jugaban a lanzarse agua unas hadas a otras, ninfas contra hadas y hasta el pequeño Yoni recibió su ración de agua entre reproches, risas y un poco de mal humor. Esa noche todo era felicidad, baile y música en el Bosque y solo la luna, que proyectaba su luz sobre las rojas aguas del lago parecía  impasible ante tanto jolgorio. Sólo ella parecía saber que la felicidad no duraría para siempre…ella y el hada Kin.

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Buenas a todos aquellos lectores que me siguen. En las últimas semanas he estado hablando con amigos y colaboradores sobre el proyecto y a partir de hoy mismo voy a darle un giro al proyecto para volver a darle fuerza y continuidad.
Os adelanto que a partir de ahora y hasta finalizar la primera parte de la novela, que no es hablar nada más y nada menos que de ¡18 capítulos! publicaré un capítulo nuevo con una periocidad máxima de 2 semanas. Es decir como mínimo al mes tendréis 2 nuevos capítulos.

Además os adelanto que mis colaboradores están trabajando con todas su energía en las ilustraciones, el trabajo que están haciendo es estupendo.
Por último los amigos de la revista Breaking War ven con buenos ojos publicar de forma más o menos periódicoas los capítulos de la novela, por lo que en breve podréis disfrutar de ella en un nuevo formato.

Y para comenzar iniciaré esta nueva “fase” publicando el tercer capítulo. Espero vuestros comentarios. Estamos cerca de las 1000 visitas, vamos a por ellas!!!!!!

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Buenas a todos,

aunque la cosa parece estar parada la realidad es que a un ritmo lento pero se va avanzando. Los bocetos que me están presentando mis colaboradores son muy alentadores y los comentarios de nuevos amigos que se acercan al proyecto son halagadores.

En estos tiempos complicados todo el mundo tiene muchas obligaciones y responsabilidades por lo que desde aquí quiero agradecer a mis colaboradores ese tiempo que me dedican de forma desinteresada.

Seguid atentos. VOLVEREMOS!!!!!

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