Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 28 agosto 2012

Una densa niebla cubre la costa en esta fría mañana. El sol no ha sido capaz, todavía, de abrirse paso entre la cortina de humedad para comenzar a calentar la tierra. En las casas que bordean la costa, a unas decenas de metros de la playa, hilos de humo ascienden hacia el cielo indicando que en las chimeneas todavía chisporrotean los últimos maderos. El silencio se ve únicamente interrumpido por las olas que llegan a la playa. Un vaivén continuo de agua ahoga todos los sonidos,  exceptuando el ulular del viento.

Una joven niña camina relajada, pensativa. Se ha levantado pronto por la mañana para disfrutar de la soledad. Camina pendiente del suelo a unos metros de la orilla. De vez en cuando se agacha y recoge alguna concha. La niebla no le permite ver más allá de un par de metros, pero poco le importa, está sola. El hecho de que haga tanto frío, y que hoy no haya mercado en la plaza del castillo, ha provocado que la gente se quede hasta más tarde encerrada en casa. El Silencio del Norte acecha y nadie quiere arriesgarse a sufrirlo; pero no es la única amenaza que se encuentra ahí fuera…

La pequeña se agacha para recoger una concha grande, con una superficie lisa de colores marrones y blancos. Cuando la levanta, un pequeño cangrejo, de esos con las patitas y pinzas blanquecinas y cuerpo grisáceo, comienza a correr hacia el agua. La pequeña, tras el sobresalto inicial, comienza a perseguirlo en cuclillas, cortandole el paso hacia su acuosa salvación. Dándole rápidos golpes con la mano para retrasarlo, pero sin atreverse a agarrarlo. El pequeño bicho asustado intenta por todos los medios alcanzar el agua, su forma de salvarse de su perseguidora. La niña continúa con su juego entre risas sin percatarse de un ruido que arrastra el viento, unos crujidos de madera que provienen del agua. La huida del cangrejo termina de forma súbita, cuando una gran bota de cuero se deposita sobre él aplastándolo. Del mismo modo, las risas de la chica cesan cuando observa al hombre que ha hecho acto de presencia frente a ella. Intenta recular pero cae hacia atrás.

Es alto y grande. Sus botas son pesadas y porta polainas. De un ancho cinto cuelgan pieles y placas metálicas a modo de protección. Su torso es ancho y está cubierto por una armadura metálica, sucia, que no brilla y en la que las pieles protegen los hombros y axilas al mismo tiempo que le proporcionan calor. Su cara queda oculta tras una barba salvaje, desalineada y un casco coronado por dos cuernos. La mezcla de piel, carne y metal hacen de la silueta de este guerrero algo aterrador. La sensación de peligro que desprende se acentúa por una enorme hacha que lleva agarrada en su mano. Y detrás de él, se erige lo que parece ser una embarcación cuya proa está adornada por la cabeza de un dragón. Las velas se bambolean bajo la acción del viento y los remos que se extienden como patas de insectos, desde el cuerpo del barco a la arena, descansan ahora. De su interior descienden más guerreros como el que la pequeña tiene enfrente. La niña no sabe si está soñando, abre la boca y….¡grita!. Un grito atronador, de miedo y desesperación, que rasga el silencio de la mañana. El guerrero la mira fijamente, levanta su hacha…y comienza a reír de forma estrepitosa.  Levanta su otra mano y señalando las casas de la costa grita en alto una palabra incomprensible, pero ante la cual sus compañeros reaccionan al unísono con un grito de guerra, para después comenzar a correr golpeando con sus hachas y espadas los redondos y grandes escudos de madera que portan. La mañana se llena de un retumbar ensordecedor que acaba con la tranquilidad reinante. La niña está paralizada. Se da la vuelta e intenta levantarse, cuando la gran mano del guerrero la agarra por los pelos y le tira contra el suelo. Con la otra mano sostiene unas cuerdas, sonríe y de su boca salen palabras de satisfacción en un idioma desconocido para ella.

C&C

Vasa había salido temprano a pasear con su caballo Príncipe por la costa. En las mañanas le encantaba galopar por la arena, por la orilla, haciendo saltar el agua por todos lados y sintiendo el viento golpear su suave rostro. Esta mañana estaba un poco triste. La niebla no le iba a permitir divertirse como a ella le gustaba. La poca visibilidad hacia peligroso correr mucho con el caballo. Alguna persona podría andar paseando o peor aún, algún pescador podría haber dejado una embarcación en la orilla. Trotaba hablando con su querido Príncipe, esperando el momento en que el sol fuera retirando la niebla y aumentara la visibilidad. No faltaba demasiado; en una hora habría desaparecido la niebla, que ya a estas alturas no era tan densa en las partes más alejadas de la playa. De repente, el silencio de la mañana se truncó con un grito de desesperación. Príncipe se puso nervioso, sus orejas se pusieron tiesas, relinchó y movió nerviosamente sus patas. Vasa le hizo detenerse. El grito la había dejado confusa. Denotaba tal angustia que le había dejado el estomago revuelto. Dudó entre acercarse rápidamente o huir. Instantes después ordenaba a Príncipe que iniciara un galope salvaje en aquella dirección, alguien estaba en peligro y debía ayudar.

Al segundo, un retumbar rítmico y constante llenó el ambiente. Ahora fue Vasa quien se asustó mucho. No reconocía ese sonido, pero a lo que más le recordaba era a…¡tambores de guerra!. Ralentizó su paso, sin detenerse, dudaba que hacer. Entonces comenzó a escuchar gritos de auxilio, llantos. Se detuvo; entrecerraba los ojos intentando traspasar la niebla con su vista ya que esta se estaba haciendo cada vez menos espesa. A unos cientos de metros, de entre un banco de niebla, vio aparecer una silueta. Era una figura de pelo largo que corría hacia ella. A continuación apareció otra figura más, oscura y grande, que corría detrás de la primera. Poco a poco iba recortandole metros. No lo pensó, se dirigió hacia lo que dedujo era una mujer huyendo. Seguramente fuera ella la que había gritado. Galopó en su dirección. Se acercaba rápidamente a las dos figuras mientras observaba como la segunda; la perseguidora, se detenía y hacia algunos ademanes. A medida que se acercaba comenzaba a identificar las figuras y comprender la situación. La primera era una mujer de la Planicie, sus ropas eran las típicas de las campesinas de la zona. La segunda era algo raro. Iba cubierto por pieles y unos cuernos lucían en su cabeza. No era un orco claramente, pero tampoco parecía ningún malhechor de los que se escondían en las montañas del interior. Le pareció un individuo extraño. Se encontraba ya a unos treinta metros de ellos cuando de repente la mujer cayó al suelo soltando un grito de dolor. Una flecha se había clavado en su espalda. Vasa se detuvo en seco llegando casi a caer. Estaba asustada; a menos de veinticinco metros se encontraba aquel villano con un arco en la mano, preparando una nueva flecha, y tenía por seguro que esta vez el objetivo sería ella. Instó a Príncipe a dar media vuelta y clavó como nunca sus talones en la grupa del animal animándolo a correr. La distancia entre el desconocido y ella comenzaba a crecer, lo conseguiría, llegaría al castillo y daría la voz de alarma.

El guerrero agarró una nueva flecha de su carcaj. Había abatido a la nativa con su primer disparo. Estaba cansado de jugar a las persecuciones y quería volver a la zona del poblado para ver si podía hacerse con algo interesante. Algo con lo que entretenerse durante la siguiente travesía visto que su idea de llevarse como esclava a la mujer había fracasado. Debía encargarse del jinete que se había acercado, podría dar la voz de alarma y no dejarles terminar tranquilamente con su incursión. Acostumbrado a cazar animales salvajes, el jinete sería una presa fácil. Mientras, observaba como el jinete huía -Tonto nativo-, pensó, pues mantenía una dirección fija, lo cual facilitaba mucho la puntería. Cargó el arco con su musculoso brazo. La cuerda se tensó; inspiró aire; apuntó durante varios segundos para abrir después y poco a poco los dedos que presionaban la cuerda. La flecha salió disparada a una velocidad endiablada clavándose en la espalda del jinete al que vio caer mientras su montura seguía con su galope. Rió y se levantó. Comenzó a correr entre gritos hacia el poblado que, a esas alturas, comenzaba a arder en llamas.

Vasa se erguía sobre Príncipe para amortiguar los bruscos movimientos del galope cuando, de repente, un dolor insoportable traspasó su hombro. Gritó y luchó con todas sus fuerzas por no soltar las riendas, pero el dolor pudo con su voluntad. Sus manos se aflojaron y sus piernas se debilitaron deslizándose por el lomo del animal hacia el suelo. Todo sucedió en fracciones de segundo. La chica cayó al suelo; pero con tal fortuna que el caballo no llegó a pisarle. Príncipe se detuvo observando a su dueña. La capa de la chica estaba manchada de sangre; su cara, en otro momento dulce y linda, se encontraba contraída en una mueca de dolor; los ojos cerrados y con un hilillo de sangre surcándole la frente. Príncipe se detuvo a su lado y comenzó a hocicar en la cara de su amiga. Relinchaba y trotaba en círculos alrededor de Vasa. Ella no se movía, estaba inmóvil, inerte…

C&C

La noche había sido larga en el castillo. La ocasión lo requería; el viejo Maha cumplía sesenta y siete años, muchos para un guerrero de los que no se amilanaban y siempre se sitúan en primera línea de batalla. Desde los tiempos de Walan I siempre fue la mano derecha de los Señores de las Espadas; regente de la Planicie cuando Crísil quedó huérfano con tan solo once años. Siempre se había mantenido leal a su, no señor, sino amigo y así continuaba siendo. Su compañía era muy apreciada por Crísil, no solamente por su experiencia y los sabios consejos que de ella derivaban, sino por el humor directo y cruel que su lengua destilaba. Los años habían convertido a Maha en un anciano bastante callado y discreto, que escuchaba mucho y hablaba poco. Cuando hablaba, normalmente al círculo de personas más cercanas, era bien para responder a una pregunta directa; bien para realizar alguno de sus comentarios sarcásticos, que cuanto menos hacían sonreír a los tertulianos que se encontraran junto a él.

El respeto que Maha infundía se podía comparar al que en su día los Señores de las Espadas ganaron, y a pesar de que las canciones siempre trataban de los primeros, su nombre aparecía cuanto menos en los relatos más interesantes que los bardos cantaban. No era de extrañar entonces que todos los que habían sido invitados, y muchos eran, hubieran acudido a la fiesta a pesar de los sombríos tiempos que corrían en el reino. Cualquier pesadumbre ocasionada por el raro invierno no era motivo para declinar tan apetitosa invitación, sobre todo sabiendo lo amante que era Maha de la buena comida y bebida. El salón de fiestas se adornó con tres asadores en el centro, en los cuales no pararon de prepararse corderos y bueyes. Las bailarinas y músicos amenizaron la cena, mientras los mozos sustituían jarras de vino e hidromiel por otras repletas de rico contenido. Las bandejas de carne fueron y vinieron toda la noche y mientras los comensales esperaban las jugosas piezas, se levantaban y mostraban sus respetos a Maha. Fue una noche larga y divertida, que por momentos hizo olvidar a los asistentes todos los problemas a los que había que hacer frente y que acechaban a las puertas del gran salón.

Los primeros rayos de sol se colaron por entre las rendijas de los portones de las ventanas, incidiendo en la cara del cansado Crísil. Poco a poco la luz fue sacando al joven del mundo de los sueños. Entreabrió los ojos para sentir el sol en su cara. Maldijo por lo bajo y se dio la vuelta. En la noche había comido demasiado. Se notaba pesado; pero cuando tenía delante tan deliciosa carne no podía contenerse de comer y comer hasta que el estómago le avisaba de que iba a explotar. Se levantó de la cama y llamó a gritos a uno de sus sirvientes para que le trajera algo de agua con la que asearse; no era digno presentarse ante los súbditos con los ojos entrecerrados y llenos de legañas. Pensó sobre su pelo, sonrió y llegó a la conclusión que eso no tenía solución. Se sentó en la cama y comenzó a vestirse. Poco a poco su oído comenzó a percibir un ligero murmullo proveniente de la plaza central. Al rato, el murmullo se convirtió en puro griterío. Terminando de ponerse una camisa se acercó a la ventana, y abrió los pórticos para observar que diablos era lo que sucedía, pues parecía que el alboroto se había colado ya por entre las paredes del castillo. Como un estímulo nervioso que se transmite desde el pie que nos acaban de pisar, recorriendo rápidamente hacia arriba todo nuestro cuerpo, hasta llegar a nuestro cerebro, así se transmitió el mensaje de boca en boca. Los ojos de Crísil no habían terminado de adaptarse a la tenue luz del sol cuando las puertas de la habitación se abrieron repentinamente con un gran estruendo. Instintivamente se dio la vuelta, llevando su mano izquierda al cinto, buscando a Luna, su élfica espada, que en esos momentos yacía sobre la silla. Se relajó y recordó que estaba en sus aposentos a salvo de todo peligro.

En la puerta, resoplando, se encontraba Inthia, jefa de su guardia personal. Sus miradas se cruzaron y antes que Crísil pudiera articular palabra la jadeante joven gritó: -¡Nos atacan; en la costa!-. Crísil giró de nuevo y miró hacía el horizonte; vio varias columnas de humo que ascendían hacia el cielo confundiéndose con las nubes. En su mente trazaba planes y valoraba posibilidades. No podía tratarse de los malhechores de las colinas, pues estos se limitaban a robar ganado y jamás incendiaban las viviendas. La posibilidad de una invasión era prácticamente nula, pues una gran flota hubiera sido divisada por los vigías. Debía tratarse de algún tipo de incursión, piratas o algo parecido, fuera lo que fuera debían reaccionar rápidamente.

-¡Envía a la guardia de la Espada inmediatamente!- ordenó a la mujer. Ésta desapareció en la oscuridad del pasillo dejando tras de sí el eco  de sus pasos alejándose. La guardia de la Espada era la unidad personal de Crísil. Estaban acuartelados en el castillo permanentemente, con lo que podían movilizarse en muy poco tiempo. Los guerreros que formaban parte de este grupo no sólo se diferenciaban por su destreza y fiereza en el combate, como demostraron repeliendo a Kujo y su guardia el triste día en que calló Walan II, padre de Crísil, sino que el rasgo más característico era su absoluta lealtad hacia el rey. Él mismo decidía quien podía ser un candidato para entrar a formar parte de la guardia de la Espada, y siempre, éstos guardaban una relación de amistad con él.

Se dirigía hacia los aposentos de Maha para averiguar que sabía él, cuando las rocosas paredes del pasillo le trasmitieron el sonido de un llanto al qué después se añadió un sonido de pasos; pasos que iban en su dirección y que le hicieron detenerse. Una voz familiar lo llamaba entre lágrimas. Se dirigió al encuentro preocupado; parecía que desde que había puesto el pie fuera de la cama, la situación se volvía cada vez más complicada.

-¡Crísil, Crísil, no está, no está!, – lloraba Tesa su antigua maestra. -Tranquila, relajate, ¿quién no está?-, contestó él interesado.

-Vasa no está, partió por la mañana con Príncipe- , la pobre mujer se le abrazó con fuerza para romper de nuevo en llantos. Crísil la consideraba casi como una madre, pues desde que Isibara falleciera, Tesa siempre estuvo ahí para darle cariño y consuelo. Primero a él y más tarde a su pequeña hermana, ¿dónde estaba su hermana?. Un calor incómodo recorrió todo su cuerpo; su frente se llenó de sudor y su corazón comenzó a latir de forma despiadada. Su hermana Vasa solía ir, con su caballo favorito, a pasear por la playa todas las mañanas. Un sinfín de pensamientos cruzaron por su mente, y con ellos la angustia se apoderó de su estómago. Comenzó a correr hacia las caballerizas, gritando como un loco. -¡Mi caballo, preparad mi caballo!-, apartando a todo aquel que se interponía en su camino. Los mozos, que habían sido alertados de la premura que requería su señor, tenían ensillado y listo a Pantera, el negro caballo de Crísil. Tan pronto éste llegó al establo, saltó en su silla y espetó a su montura a iniciar una veloz marcha hacia la playa.

Así, sin más arma que su espada y sin ninguna protección o escolta, salió disparado Crísil en busca de su hermana. Simultáneamente, en el castillo, tan pronto como Maha se enteró de lo que sucedía, y viendo como Crísil perdía la cabeza y partía sin tomar precaución alguna, ordenó sin dilación que Inthia y algunos hombres fueran tras su Señor. Muchos fueron los que tuvieron que apartarse para no ser embestidos por la negra bestia, y asombrados quedaban al comprobar de quien se trataba. Pero no menos perplejos quedaban cuando, a los pocos minutos, tres jinetes seguían velozmente al primero. La visión de la alocada galopada de su señor no hacía más que acrecentar el estado de nerviosismo en que se encontraba el castillo, y los buenos observadores pudieron comprobar como las murallas se poblaban de guerreros enfundados en cotas de malla, como si desde el castillo se temiera lo peor.

Crísil cabalgaba en dirección a la playa, azuzando a Pantera para que galopara a todo lo que sus patas daban. Las columnas de humo se hacían cada vez más nítidas al mismo tiempo que el azul del mar comenzaba a teñir el horizonte. Tan pronto vio los primeros signos de la blanca arena, dejó el camino por el que avanzaba para internarse en la playa. En alguna ocasión había acompañado a su hermana, por lo que estaba seguro del camino que habría tomado, si definitivamente había ido por allí. A lo lejos divisó una serie de caballos y lo que debían ser sus jinetes apeados. Aumentó el ritmo y a medida que avanzaba  comenzó a discernir una figura postrada en el suelo y otra que se inclinaba sobre la primera. Sus peores pensamientos cobraban realidad y el miedo volvió a aparecer en su vida. Descabalgó de un salto y apartó a los guerreros de su castillo que rodeaban el cuerpo caído. Vasa se encontraba en el suelo. Su cabeza reposaba sobre los brazos del guerrero inclinado. Crísil pudo observar como la arena debajo del cuerpo de su hermana se encontraba manchada, sangre supuso.

-No te preocupes Crísil, está muy débil pero respira-, dijo el guerrero. Crísil observó a su hermana; parecía dormida; tenía un hematoma en la cara. Algo de sangre en la boca y todas las ropas llenas de arena. Se agachó y le agarró la cabeza. La abrazo y comenzó a comprobar su pulso y respiración.

-En un primer momento no nos dimos cuenta; corrimos rápidamente hacia el enemigo y no nos percatamos del caballo. Al rato, el animal se acercó a nosotros para llamar nuestra atención y nos guió hasta ella-, comenzó a relatar otro de los hombres.

-Estaba en el suelo; tenía una flecha clavada en la espalda. Hemos conseguido retirar parte de la punta, pero puede que haya quedado dentro algún trozo o incluso que estuviera envenenada-, intervino otro.

-La llevaré inmediatamente al castillo, que se adelante uno de vosotros y avise que se preparen los médicos y alquimistas- ordenó Crísil secamente.  Mientras subía al caballo, volvió a hablar sin ningún tipo de sentimiento en su voz, -¿qué ha pasado en la playa?, ¿Quiénes eran los incursores?-.

-Cuando llegamos se estaban ya retirando; eran hombres vestidos con pieles y armaduras, han venido en un extraño barco con forma de monstruo. Los aquí presentes jamás habíamos visto gente, ni barcos parecidos. Han raptado alguna mujer y matado a varios aldeanos. Se han llevado todas las pieles y comida que han encontrado-, contestó el hombre que anteriormente había estado agachado.

-Luego quiero que me informéis de todo-, dio media vuelta y partió en dirección al castillo. El camino de vuelta fue mucho más lento; cabalgaba con suavidad, buscando no lastimar o incomodar a su pequeña hermana, que yacía apoyada en su cuerpo. Pensó en lo que la quería, en lo linda que era y la responsabilidad que tenía sobre ella. Aunque sabía que no era culpa suya lo que le había ocurrido, no podía hacer desaparecer de su mente el sentimiento de culpa por lo acaecido. El revertiría la situación, haciendo lo que fuera para conseguirlo.

En la sala de curas del castillo se encontraban los mejores médicos y alquimistas de la corte. Estuvieron atendiendo a Vasa mucho tiempo, bajo la atenta mirada de Crísil, Maha y Tesa. Tras varias horas, que para ellos fueron eternas, Lin, el jefe alquimista se acercó.

-Señor, la chica está de momento fuera de peligro. Su cuerpo no revestía daños de gravedad, pero me temo que su alma ha sido afectada por el Silencio del Norte. La enfermedad habrá aprovechado su debilidad para introducirse en su cuerpo. Con cada suspiro que daba, su energía se escapaba con el aire que salía de sus pulmones-. Crísil, frunció el entrecejo, lanzando una mirada que atravesó al anciano; el silencio reinante era incómodo y pesado. – Hemos decidido lanzarle un hechizo de sueño eterno para bloquear el avance de la enfermedad, evitando que su espíritu se deteriore más y abandone el cuerpo…lo que supondría la muerte de la chica-.

-No permitas que eso ocurra anciano!-, bramó el joven príncipe. El anciano asustado retrocedió un paso, y Maha, conocedor del carácter del príncipe, apoyó la mano sobre su hombro. No dijo nada, sólo miro fijamente al chico cuando éste giro el cuello para lanzarle una mirada desafiante. Sus facciones se relajaron. –Perdoname Lin, sabes que te aprecio y no tengo nada contra ti, ni tus decisiones. Dime pues que podemos hacer, ¿qué hay que hacer para salvar a mi hermana del sueño eterno y del Silencio del Norte?-.

El anciano recuperó la compostura. -En los antiguos libros de mi maestro he encontrado la descripción de una hierba que podría servir. Se trata de los frutos de un raro arbusto, que según las indicaciones encontradas, crece en zonas más áridas, como la Meseta. Con ellos podríamos preparar un brebaje que curara, o por lo menos, potenciara lo suficiente las artes que empleamos actualmente para combatir la tan temida enfermedad-.

-Mahainforma pues a mi guardia personal que estén preparados para partir; selecciona a los cinco mejores exploradores y montaraces con los que contemos-. -Lin, dame más detalles sobre el arbusto que hay que buscar y su localización-. Crísil se acercó a la cama donde yacía su hermana. Se agachó y la besó en la frente, -Volveré hermana con tu cura, te lo prometo-; dio media vuelta y desapareció rápidamente en dirección a sus aposentos. Tan pronto los hombres abandonaron la sala, Tesa se acercó y recostó al lado de la joven; comenzó a acariciarle el pelo mientras las lágrimas surcaban sus mejillas.

Las siguientes horas transcurrieron muy rápidamente. Crísil preparó su equipo de viaje mientras Inthia y Maha seleccionaban a los mejores hombres para la misión que se les presentaba. Durante este tiempo Crísil fue informado de lo acaecido en la playa y como los incursores huyeron nada más ver como se acercaban los jinetes. Los guerreros describieron vagamente a los enemigos y dieron a Crísil un casco que habían conseguido tras lanzar unas boleadoras a uno de ellos. El incursor consiguió alcanzar el agua y subir al barco, pero el impacto provocó que perdiera su protección. El casco era de metal, con un cubre nariz y estaba adornado con dos cuernos que apuntaban hacia arriba. Crísil lo guardaría, como recordatorio de quien había dañado a su hermana y su pueblo en un lugar bien visible, y pidió que se informara a todo juglar, cuenta cuentos y charlatán que buscaran información sobre los guerreros que navegaban sobre el barco dragón y portaban cascos de toro.

A la mañana siguiente partirían, con lo que tras charlar con Maha sobre los pormenores del viaje y dejarle a cargo de todos los preparativos se retiró a sus aposentos a descansar. Tuvo una mala noche; no soñó, sino que sufrió diversas pesadillas. Algunas carecían de sentido para él. Vio a su hermana pálida en la cama, y como una chica envuelta en una tétrica aura se acercaba a ella. Vio como el espíritu de Vasa ascendía y se perdía en el limbo. También llegó a ver como un bosque ardía mientras aullidos monstruosos salían de su interior. Vio un lago y estrellas que se reflejaban en el firmamento. No despertó ni una; ni dos veces, sino muchas fueron las ocasiones en las que lo hacía empapado en sudor y, en esos momentos, lo único que venía a su mente era un nombre: -Vasa-.

Anuncios

Read Full Post »

El tiempo ha transcurrido desde la llegada de Yelde al bosque. Actualmente, el hada del viento continua con su feliz y despreocupada vida. Desde que su camino se cruzara con Luci ella ha sido, con la ayuda de Kin, la encargada de cuidar y proteger a la bebé. Todavía es muy chica y por lo tanto delicada y despistada. Yelde Waiva ha ido extendiendo el conocimiento sobre el reino en el que habita. Año a año, mes a mes. En más de una ocasión se ha visto reprendida por Kin por acercarse demasiado a la Zona Negra, el tercer anillo del Bosque, territorio de los babosos verdes. La curiosidad de nuestra protagonista no sólo se ha quedado en revolotear por la zona, sino que la muy osada ha conseguido en más de una ocasión espiar a esos viles seres.

Los babosos verdes son unos pequeños duendes malignos. La maldad que reina en ellos ha hecho que sus cuerpos huesudos se arruguen y su pieles se oscurezcan. Tienen unos ojos gatunos, de un color amarillo, orejas grandes y alargadas, bocas grotescas que siempre están salivando adornadas por una horrenda mandíbula con infinidad de pequeños, pero muy afilados dientes. Sus brazos son largos y sus manos grandes y huesudas. Las garras en las que terminan son tan temibles como cualquier bien afilada daga y no dudan en infligir cortes y dolor a quien escogen como víctima. Sus piernas, aunque musculosas, son algo cortas, con lo que su caminar además de algo cómico no es muy veloz. Las intenciones de estos seres, que siempre vagan en grupo, nunca son buenas y pobre de aquel que se cruce en su camino. Impactada quedó el hada cuando los vio por primera vez.

Se había adentrado un poco entre las zarzas y arbustos que marcaban el inicio del Tercer Anillo cuando escuchó unos gritos que le helaron el corazón. Voló sigilosamente y lo que vio nada le gustó. Un grupo de cuatro babosos verdes había rodeado a un pequeño hurón, el cual aterrorizado no sabía por donde huir. Los babosos verdes se burlaban de él sacando sus largas y negras lenguas y de forma intermitente lanzaban zarpazos que provocaban cortes en la piel del animal. A cada corte, el pobrecito soltaba un grito, pero no encontraba escapatoria. Yelde Waiva observó hasta que no pudo más. Indignada por lo que veía decidió actuar. Concentró su esencia y lanzó un hechizo de ilusión sonora. De repente y en la dirección opuesta a donde se encontraba ella se escuchó el rugido atronador de un ¡oso! Los babosos verdes se asustaron. Todos al mismo tiempo giraron la cabeza en dirección al rugido y se quedaron quietos, inmóviles. En ese instante, el hurón que más asustado no podía encontrarse, vio la oportunidad y escapó a todo correr. De nuevo, Yelde Waiva rugió. Esta vez más cerca, para los babosos verdes fue suficiente. Salieron corriendo internándose en los zarzales. Por hoy ya habían tenido suficiente diversión. La pequeña hada comenzó a reír, levantó el vuelo y regreso a casa. Ya habría tiempo de explorar con más detalle esa parte del Bosque.

La curiosidad del hada no se veía satisfecha. -¿Qué había en esa zona del Bosque?, ¿por qué no se acercaba a ella ninguna de las hadas?-. Estas preguntas eran las que hacían que, dentro de ella, el fuego de la curiosidad creciera con fuerza. Estas preguntas y una extraña percepción que ella tenía sobre aquel lugar: notaba algo. Allí en medio de tanta soledad notaba que existía una esencia que le atraía, una esencia cuya fuente estaba dispuesta a descubrir. En la noche, cuando las estrellas alumbraban el cielo lo tuvo claro: esperaría a la mañana siguiente y entonces, segura de que los babosos verdes estarían ocultos del sol, se adentraría en el Tercer Anillo. Un gritito soltó de aprobación y emprendió el vuelo. El cosquilleo que sentía por dentro debido a tanta expectación le hacía sentirse feliz. Voló durante un rato y después se retiró a comer algo de fruta. Las horas pasaron, y cuando los primeros rayos de sol despuntaban en el horizonte, se dirigió hacia el Tercer Anillo. Evitó acercarse a la zona donde se encontraban sus compañeras. No quería ser vista. No quería recibir otra reprimenda de su mentora. Yelde Waiva se adentró en lo que las hadas llamaban la Zona Negra. Tras unos metros de matorral seco y algunos espinos aislados, todo ruido desapareció. No había pájaros. No había flores. Poco a poco los espinos se hicieron abundantes y compactos. Las enredaderas de espinas eran altas y densas y hasta una cosita tan pequeña como un hada tenía complicado pasar sin pincharse ni cortarse: -¡Ayy!- masculló. Una espina había rasgado su vestido, cortando su fina piel; una nueva sensación recorrió su cuerpo: -Dolor-. Ella nunca había experimentado tal sensación, y lo que sintió no le gustó. La tristeza se apoderó de su ser. Comprendió lo que había sufrido el pequeño hurón a manos de los babosos verdes. Pero entonces, su espíritu brilló de nuevo con fuerza. Saber que había liberado al animal de tal sufrimiento la reconfortaba. Salió de sus reflexiones. Habían pasado muchos minutos. Ella era así. Cuando se embarcaba en su mundo de sensaciones lo que sucedía a su alrededor no tenía importancia. Todo se detenía. Retomó entonces su misión de exploración, y confirmadas sus sospechas sobre el filo de las espinas, decidió protegerse lanzando un sencillo hechizo. Se concentró; notó como la esencia de su interior revoloteaba, como una mariposa nerviosa por salir al exterior, creando poco a poco un escudo invisible que la protegería de las agresiones físicas del mundo material. Continuó avanzando, ahora más decidida pues las espinas eran repelidas por su escudo mágico.

Caminaba hacia el centro del Bosque cuando llegó a un pequeño claro de unos veinte metros cuadrados. Hierbajos semisecos alfombraban el suelo. A su alrededor todo volvía a ser enormes zarzas. El claro parecía un oasis en medio del desierto, a excepción de un pequeño sendero por el cual incluso a ella le iba a resultar difícil volar. Detuvo el hechizo, pues ya llevaba unos cuantos minutos con él y empezaba a notar los primeros síntomas de fatiga y se dispuso a avanzar por el sendero.

De repente se sobresaltó. Detrás de ella una fuerte esencia la puso en alerta. Intentó girar sobre si misma pero en el momento que comenzaba a hacer el gesto, algo la golpeó haciéndole caer al suelo. Quedó postrada, algo aturdida. Intentó levantarse pero notaba como algo la inmovilizaba. Sólo atinó a levantar ligeramente su cabecita, pero no llegó a ver qué era aquello que la había golpeado. Sus manos, pies y alitas, se encontraban presionadas como si un orco estuviera pisándole. La angustia se apoderaba de su ser y se arrepintió de no haber hecho caso a Kin. Volvió a notar esa presencia que le había asustado -con razón-, pensaba la pequeña. Era una esencia poderosa, pero no la identificaba como malvada. Tampoco como buena. Era algo extraño. Estaba desconcertada. Ese tipo de esencia que no expresaba ni bien ni mal; ni alegría ni tristeza, era propia de los objetos; de las cosas. Pero aquello se movía y además tenía una energía residual que, aunque familiar, no llegaba a comprender. Estaba asustada, no sabía que hacer, ¿serían los babosos verdes que ella creía dormidos?, ¿sería un cazador de hadas humano contra los que Kin le había prevenido?.

Como en las numerosas ocasiones que Yelde Waiva se ensimismaba en su esencia, el tiempo se detuvo. El mundo no existía. Sólo su esencia y la del otro ser. Notó entonces como la otra esencia se vinculaba a ella y accedía a su mente. El hada percibió las intenciones de comunicarse de su atacante y abrió su mente a la intrusión.

-¿Quién eres?- preguntó Yelde Waiva; -¿Quién eres tú que entras en mis dominios sin permiso y alteras con tu esencia mi descanso?-;- contestó el atacante.

-Soy Yelde Waiva, un hada del Bosque. No quería molestarte. Sólo estaba explorando. No pensaba en perturbar a nadie, no sabía que nadie habitara, a excepción de los malignos babosos verdes, en esta zona del Bosque-. El hada notó una perturbación en la esencia de su atacante y por momentos notó como la presión que la mantenía inmóvil se debilitaba. Intentó entonces girarse, pero de nuevo, con más intensidad, la fuerza invisible la aplastó contra el suelo. Estaba ya muy claro que era presa de algún tipo de hechizo de inmovilización. No podían ser babosos verdes. Su destino parecía claro, atrapada por un cazador de hadas, un hechicero humano, que la vendería al mejor postor. Cuán triste final…

Con un tono menos agresivo, y sonando a una regañina, la voz del atacante sonó en la mente de la pequeña. -Veo que eres un hada, un hada muy descuidada y desobediente. Las hadas tenéis prohibido acercaros a la Zona Negra, ¿a caso no lo sabes?, ¿quieres acabar en manos de los babosos verdes?, ¿quieres acabar en manos de la oscuridad?-.

La fuerza que la presionaba desapareció de repente. Menudo alivio sintió. Aunque su primera intención fue salir volando de allí, algo la detuvo, algo no encajaba. -¿Salir volando? ¿Qué sentido tenía? Podrían volver a lanzarle otro hechizo, esta vez más destructivo, ¿y para qué dejarle libre si estaba hasta hace unos segundos a merced de su captor?. ¿Irse de allí sin saber quien le había atacado?-. De nuevo la pequeña hada se dejó llevar por la curiosidad; la intriga y simplemente se decidió a voltear sobre si misma para observar quien se encontraba allí. Lo que vio la dejó estupefacta. Esperaba a un alto y robusto hombre con ropas de cazador o a un viejo y arrugado anciano con bastón de mago… pero no aquello.

Aquello ni siquiera un hada con tanta imaginación como ella podría haberlo pensado. ¡Delante de ella, suspendida a unos veinte centímetros del suelo se encontraba una extraña hada!, pero un hada a fin de cuentas. No era una sílfide como Yelde Waiva o las demás: carbón era su largo cabello, onyx sus ojos y pálido y frío su pequeño rostro. Vestía una túnica negra, que le cubría todo el cuerpo, y sus alas habían perdido el color del arco iris siendo totalmente transparentes. Pensamientos sobre un poderoso ser maligno, dueño de la oscuridad, hubieran cobrado forma en la mente de Yelde ante la visión de aquel ser que tenía delante. Hubieran cobrado forma; sino fuera por el toque lastimero producido por la ligera inclinación de la extraña hada, que disminuía la otrora imponente presencia de la figura. El hada se inclinaba sobre su lado derecho, en un vuelo poco vistoso, intentando mantener el equilibrio debido a las muescas que presentaba una de sus alas. Parecía que hubiera sido mordida en distintos puntos, lo cual aumentaba su tétrico aspecto.

-¿Te asombras pequeña de mi aspecto?, ¿te asusto?¿te doy miedo?, espetó con voz seca la extraña hada. -No, no me das miedo, sólo me ha impresionado tu figura. Eres un hada, un hada diferente. Noto tu esencia. Eres buena. No te tengo miedo. Tu energía aunque fría no es maligna-.

-Sí, pequeña, estás en lo cierto. No soy maligna. Simplemente soy la eterna tristeza. Soy el Hada Negra. Soy Ging la hermana de tu Reina, ¿acaso no conoces mi leyenda?-. Un escalofrío recorrió el cuerpo del Hada del Viento. Claro que había escuchado la historia de Ging, la pobre hada que había sido atrapada por los babosos verdes y que había desaparecido del Bosque. Nunca nadie le dijo que vivía en la Zona Negra, ni que fuese la hermana de Kin.

-Sí, la conozco- atinó a decir. -Se nos advierte a todas las hadas que no nos acerquemos a la Zona Negra. Nos cuentan como tú fuiste capturada por los babosos verdes y como a pesar de tanto sufrimiento no moriste, sino que simplemente dejaste de reír-.

-Algo así fue lo que ocurrió, algo así. Mi esencia era poderosa, como la tuya, por eso no perecí ante las vejaciones de los babosos verdes, por eso no pude morir. Simplemente la luz que reinaba en mí se consumió. El brillo de mis alas se evaporó a través de las lágrimas que de mis ojos brotaban sin parar. El sol dejó de reflejarse en mi rubio cabello, y el fuego de mis ojos se extinguió dejando solamente cenizas en ellos. La felicidad que yacía en mi interior y a mi alrededor desapareció y por lo tanto perdí la necesidad de reír y sonreír; pero pequeña, no todo fue malo en esos momentos-.

-¿No?, lo que me cuentas suena muy triste. No quiero sentir lo que sentiste-, contestó con unas lagrimitas en los ojos.

-Pues deberás sentirlo mi pequeña. Deberás sentirlo porque es necesario que comprendas ya que es fundamental para la salvación de este reino y de nosotras las hadas-, contestó el Hada Negra con una voz inexpresiva. -En aquellos momentos de sufrimiento y dolor los Dioses me hicieron una revelación. Me hicieron participe del futuro. Me mostraron lo que iba a venir y me revelaron la profecía. Yo, en mi recuerdo, he protegido dicha profecía para que las hadas no nos olvidemos de ella, pues de su recuerdo depende nuestra supervivencia-.

-¿Pero qué tengo que ver yo en todo esto?, intentó interrumpir el hadita.

-Calla, tu eres una parte fundamental en ella como en breve descubrirás-. Sin dar tiempo de reacción a la pequeña, Ging desapareció para instantes después aparecer a escasos centímetros de Yelde Waiva. Con sus manos agarró su cabeza. Apretó fuerte. Miró hacia el cielo. Cerró sus ojos y dejó que su esencia fluyera hacia la pequeña. -Ahhhhhhhhhhh!-, gritó no por el dolor sino por el sobresalto que le ocasionó la sensación que provocaba la esencia de Ging al diluirse con la suya propia, como si de agua absorbida por la tierra se tratara. Inmediatamente los recuerdos del pasado de Ging comenzaron a pasar rápidamente por la mente de la pequeña sílfide: el despertar abrazada junto a Kin, sus primeros vuelos al lado de su hermana, la primera vez que vio a un humano, sus aventuras cerca del centro del Bosque, su captura por los babosos verdes…y el momento en que le fue revelada la profecía. Yelde Waiva oía como Ging mentalmente le relataba lo tanto tiempo custodiado:

Cuando el hada traída por el viento contigo se encuentre,

el fin de vuestro reino habrá comenzado.

Tu misión habrá terminado y la suya comenzará.

Hada Negra tomate el descanso que has esperado.

Una Sombra oscura sobre el Bosque se cernirá

y predestinado todo a desaparecer estará.

Pero al destino la hija del viento puede engañar,

si en el Bosque al elegido consigue encontrar.

Marchará, rechazo y tristeza su decisión traerá,

pero al final con él regresará y al Bosque salvará.

Qué después hará, está todavía por aclarar,

en ella permanecerás y en la flaqueza ayudarás,

pues ella es a quien todos puede salvar.

Yelde Waiva abrió los ojos. Tenía una sensación extraña en la cabeza, como si la hubiera metido en una campana mientras sonaba. El sol había desaparecido. Había caído dormida. -¿Había soñado con un hada negra?, ¿una profecía?-, fueron los primeros pensamientos que acudieron a su mente. Se incorporó, se estiró como un gatito para desperezarse. Movió sus alitas y se dispuso a regresar a casa; no era seguro quedarse hasta tan tarde por esa zona. Esperaba que Kin no hubiera ido a buscarle por cualquier motivo, en ese caso seguro se ganaría una buena reprimenda. Se disponía a iniciar su vuelo de regreso, cuando sus pies se enrollaron en algo. Miró hacia abajo y en su interior todo se removió. Una túnica negra yacía en el suelo; enseguida comprendió que no era un sueño lo que había vivido. De súbito, una sucesión de imágenes se agolpó en su cabeza. Recordó todo y se asustó. Notó que su esencia era mucho más poderosa, que su energía quemaba como un volcán, y los ojos se le encendieron con un brillo especial. Se elevó en el aire e instintivamente conjuró de nuevo el escudo mágico. Comenzó a volar rápidamente hacia el hogar de las hadas, sin mirar atrás. Las espinas se rompían a su paso, de nuevo conjuró un hechizo; velocidad necesitaba, velocidad quería y velocidad tuvo. Comenzó a brillar como una pequeña estrella fugaz. Esquivaba los zarzales más gruesos y a los demás atravesaba. El brillo era intenso. Su velocidad la de un halcón. Las lágrimas surcaban su rostro. La profecía resonaba en su cabeza. Voló y voló, estaba cerca de la casa de Kin, cuando sintió una voz en su cabeza.

-¡Pequeña, pequeña, para, detente, no pasa nada; relajate, estás a salvo!-. Yelde Waiva paró. Su brilló se extinguió y cayó al suelo. Escuchar la voz de Kin la había sacado del trance en el que se encontraba. Kin apareció volando. Se arrodilló ante ella y agarró sus manitas. Yelde Waiva estaba acurrucada. Encogida como la primera vez que la dejó en su casa y la pequeña se puso a jugar con la fruta. Las lágrimas surcaban su rostro, tenía hipo, una triste mueca en la cara, las alitas le temblaban. El cuerpo también. Kin la intentaba reconfortar acariciándole el pelo.

-Bebé no llores, no pasa nada, todo está bien-; aunque si en esos momentos la pequeña hubiera sido capaz de mirar entre el mar de lágrimas el rostro de Kin, solo pesadumbre y preocupación hubiera podido observar.

-Te desobedecí Kin; fui a la Zona Negra y allí a tu hermana Ging me encontré. Me retuvo, me habló y me contó cosas muy feas-, sollozaba Yelde Waiva. -Dijo que el fin estaba cerca, por mi culpa, por ir a su encuentro, lo siento Kin, lo siento…-, entre lágrimas se lamentaba.

-Lo sé. Siempre he sabido que este día llegaría. Desde el día que te trajeron a mi encuentro, sabía que esto sucedería. No es culpa tuya, hay cosas que están fuera de nuestro control. Ging, antes de dejar de hablar para siempre, me contó la profecía. Después de eso, nunca más artículo palabra. Nunca más rió y a los meses se retiró al centro del Bosque-.

Los sollozos del hadita disminuyeron. Sus grandes ojos marrones se posaron en los de Kin. Sus palabras la habían reconfortado. -No te preocupes. La pobre Ging sufrió mucho. Tal vez fuera una alucinación. Su esencia era muy poderosa. Tal vez percibió el deseo de los babosos verdes de destruir a las hadas y todo lo bueno del Bosque. Tal vez fuera eso, tranquila, está todo bien-; decía calmadamente la Reina de las hadas mientras miraba tiernamente a la pequeña.

-Sí, puede ser que fuera eso, yo a veces también percibo cosas por la esencia, es verdad…-, contestó Yelde Waiva mientras cerraba los ojos, se apretaba contra Kin y se introducía en el mundo de los sueños. Tierna era la imagen que cualquiera podría haber divisado en esos momentos. El hada adulta con un ligero brillo en las alas se encontraba sentada con las piernas recogidas en la verde hierba, mientras sostenía en su regazo la cabecita de la pequeña que se encontraba acurrucada y abrazada a la primera. La calma era total. El silencio solamente era interrumpido por el silbido de algún pajarillo ajeno a la situación y el ruido de las ramas en movimiento a causa de la brisa invernal. Kin miraba a la pequeña fijamente como hipnotizada. Su rostro no presentaba expresión alguna. Acariciaba su cabello, y con cada caricia, percibía la esencia de alguien muy familiar. Ging está con ellas. Parte de la esencia de su hermana reside ahora en Yelde Waiva. Lo comprende. Lo acepta. Las locas palabras que en su día su hermana le confesó eran ciertas. Siempre lo supo, aunque no lo quiso aceptar. Su cara se torció en una mueca a modo de sonrisa sarcástica y susurró: -Se avecinan tiempos difíciles bebé. Pero no te preocupes, yo os protegeré-. Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó sobre el pelo de la hadita. El brillo de las alas de Kin desapareció. Todo quedó en silencio. Arriba, en el cielo, el triste sol del invierno parecía predecir lo que se avecinaba.

Read Full Post »

El tiempo es algo relativo en el reino del Bosque, lo que para los humanos serían una treintena de años para las hadas simplemente es un suspiro, un instante, un puñado de recuerdos a resaltar. En este período de tiempo, corto o largo según quien lo valore, la pequeña Yelde Waiva ha crecido, se ha convertido en toda un hada. Ya no se le puede considerar una bebé, aunque sería muy pronto para considerarla adulta; considerémosle pues como hada joven. Su cuerpo se ha desarrollado muy favorablemente, lo que unido a la ropa provocativa por la que tiene predilección, le hace presentar una impresionante figura. En estos años ha aprendido a controlar todas sus habilidades, tanto físicas como mágicas. Es capaz tanto de volar rápidamente entre árboles y ramas, como de suspenderse suavemente en el aire para recoger con sus manitas agua de lagos y riachuelos. Conoce todos los rincones del Bosque: donde degustar las más sabrosas frutas, donde encontrar el cálido sol por las mañanas, el refresco del aire al atardecer y el brillo de las estrellas por la noche.

En el plano mágico, ha demostrado unas aptitudes exquisitas para comprender y controlar la esencia. Sus sentidos se han abierto a ella y Yelde Waiva ahora vive en dos mundos: el terrenal con el cual se relaciona a través de su cuerpo de sílfide y el de la esencia con el que entra en contacto mediante su energía interior. Desde que era muy pequeña, demostró tener un potencial interior en lo referente a la esencia asombroso. Atónita se quedó Kin cuando siendo Yelde Waiva muy joven, durante uno de sus frecuentes juegos en casa, antes de salir a volar por la noche, vio como la pequeña realizaba un asombroso hechizo. Kin sostenía un pequeño kiwi en su mano. Lo mostraba a Yelde, y cuando esta se disponía a agarrarlo lo retiraba rápidamente entre risas y revoloteos. Yelde reía y refunfuñaba al mismo tiempo que perseguía a Kin por toda la casa.

En una de las ocasiones que Kin extendía la palma de su mano, en la que yacía la verde fruta, Yelde, con una inocente sonrisa en la boca, extendió sus pequeñas manos. Sus ojitos redondos y grandes como dos almendras se posaron fijamente en su manjar favorito; extendió su manita y concentró toda su energía en la fruta. De repente y ante los atónitos ojos de Kin, el kiwi empezó a flotar suspendido en el aire dirigiéndose hacia la pequeña hada que, excitada como estaba por su hazaña, empezó a mover las alitas y a desprender un intenso brillo. Instantes después, Yelde Waiva se lanzaba hacia la fruta voladora riendo de forma alocada para denotar su satisfacción. Kin quedó sorprendida, ya no por el hechizo, común entre los conocimiento mágicos que poseían las hadas, sino por la capacidad de la pequeña para aprenderlo tan pronto y sin ayuda de ninguna de las hadas adultas. Ésta era una de las muestras del gran potencial que poseía Yelde Waiva para sentir y controlar la esencia. No cabía duda que cuando creciera sería una gran conocedora de la magia.

Esta habilidad innata ha hecho que para sus maestras, Kin y Luz, haya sido muy fácil enseñarle los hechizos que facilitarán a Yelde su paso por este mundo. Hechizos para potenciar sus ya muy desarrollados sentidos. Hechizos para protegerse, hechizos para engañar a los posibles enemigos y otros muchos trucos que ella con gran habilidad y rapidez ha sido capaz de asimilar. A medida que la joven hada ha ido creciendo sus sentidos se han ido abriendo a nuevas percepciones. Ha ido percibiendo nuevas cosas que años atrás permanecían ocultas, imperceptibles para ella y que a día de hoy siguen siéndolo para muchas de sus otras compañeras. Ella es capaz de sentir; de experimentar sensaciones, vivencias que las demás no son capaces de entender, lo cual en ocasiones le provoca cierta confusión. No entendía como podía a veces sentir el dolor que los árboles experimentaban cuando algún duende talaba en él para construir su morada, o el sufrimiento de la lagartija atrapada entre los dientes del gato cazador. Pero no sólo era capaz de sentir con fuerza el dolor de otros seres, sino también la felicidad como la que emanaba de las flores cuando se abrían con los primeros rayos de sol, o la alegría de los pájaros cuando cantaban y mojaban sus piquitos en las orillas de los lagos.

Todas estas sensaciones le abrumaban. Se le hacía muy difícil explicarlas y parecía que las demás sílfides no eran capaces de llegar a comprender totalmente cuan intensas eran éstas. Ella quería ser como las demás, feliz y despreocupada, alegre y jovial. No sentir más dolor ni más pena que las demás. Solamente Kin era capaz de reconfortarle. Los años de convivencia habían creado entre ellas un vínculo que superaba con creces cualquier unión física o espiritual que pudiera tener con otras hadas. Kin, le aconsejaba entre susurros y caricias: -Deja de intentar comprender porque eres diferente al resto de tus compañeras, porque a veces ni tus semejantes te entienden. No te preocupes pequeña mía. Debes aprender a canalizar todas esas sensaciones, a que convivan dentro de tu ser. Tú eres un hada, eres la alegría del mundo. Utiliza ese don que tienes para conseguir el bien de los demás -. Ella era especial y debía estar orgullosa de serlo.

En muchas ocasiones necesitaba estar sola. Cuando las percepciones le abrumaban, cuando su cuerpecito empezaba a absorber toda la esencia que le rodeaba necesitaba alejarse de todo, y sobre todo de sus compañeras. Las hadas por lo general son felices y emanan una gran cantidad de esencia. Cuando Yelde Waiva comenzaba a percibir toda esa energía, y podéis estar seguros que era mucha, necesitaba alejarse de su fuente para poder controlar sus sentidos, para no saturarse con sus percepciones y bloquearse. ¿Cómo explicarlo a vosotros humanos que no entendéis de estas cosas?. La sensación que nuestra hada sentía es la misma que la de un niño que empieza a beber un cazo de agua a borbollones y se atraganta. Algo similar le ocurría a Yelde Waiva. Una vez controladas, esas percepciones que recibía fluían por su cuerpo ordenadamente. Era capaz de entenderlas, de comprenderlas, de saber lo que significaban y en esos momentos era el ser más feliz de este mundo.

Con el paso del tiempo el hada del viento ha ido conociéndose a si misma, entendiendo sus sensaciones y en este largo y tortuoso camino se ha visto ayudada por Bamba, la ninfa. Para Yelde, Bamba es como una madre adoptiva. Ella la encontró, la vistió y la arropó en sus primeras horas de vida. Esas horas en la que todo es nuevo y extraño. Durante todos estos años, los dos mágicos seres han mantenido una buena amistad. Las ninfas son seres que nacen mágicamente de las primeras gotas de lluvia de la primavera. Cuando la lluvia cae y se dan las condiciones necesarias, una nueva náyade nace en un lago. Desde ese momento, y por siempre, estarán estrechamente ligadas al mismo, de tal forma que cualquier daño que sufra el lago se reflejará en el espíritu de la ninfa, pudiendo ocasionarles dolor e incluso la muerte. En su espíritu sufrió Liquen, la hermana de Bamba, este vínculo espiritual de las ninfas. Muchas años atrás, un calor mágico, inexplicable y extraño azotó todo el reino del Bosque. Muchos dijeron que fue un acto de brujería de los bárbaros Negros. Otros que los Dioses enfadados estaban, y pocos los que creyeron que era un fenómeno de la madre naturaleza. Era tal el calor que las nubes desintegró y con ellas a la lluvia hizo desaparecer. A continuación las marismas se secaron y todo en el Bosque y sus alrededores comenzó a marchitarse y morir. Incluso los lagos que parecían siempre llenos se secaron y es aquí donde Liquen sufrió horriblemente. Cuando la última gota de agua desapareció entre las grietas de la tierra seca, un dolor horrible, como si a un guerrero con cuchillas traspasaran, comenzó a sacudir el cuerpo de la ninfa.

De forma intermitente el dolor se repetía, sin avisar. Cada vez era más agudo. Liquen estaba muriendo y nada se podía hacer por ella. La magia de las sílfides no era suficientemente poderosa como para invocar la lluvia o las nubes. El espíritu de Liquen se debilitaba de forma irremediable. Fue Kin la que gracias a su magia predijo que la lluvia llegaría a los pocos días. Fueron esas palabras, esa esperanza y el contacto con las hadas, las que alimentaron su espíritu lo justo para resistir hasta la llegada del agua. Toda la palidez de su cuerpo comenzó a desaparecer cuando las gotas comenzaron a caer sobre el seco lecho del lago. A medida que el agua caía y mojaba su pelo, su cara, su cuerpo, fue recobrando su color, su sonrisa y su esencia volvió a brillar con fuerza. Es por este vínculo especial de las ninfas con el lago que las vio nacer, que Bamba comprendía lo que sentía su amiga y por ello pudo ayudarle a comprender que era la empatía con las cosas que les rodeaban, como interpretar esas raras sensaciones y como no enfrentarse sino fundirse con ellas.

Durante estos años la joven hada ha tenido tiempo también de construir su propia casa. A diferencia del resto de las hadas, Yelde Waiva ha preferido establecer su morada en las colinas del Manantial, alejada del resto de hadas buscando esa soledad que a veces tanto le gusta y necesita. Su morada se encuentra en una cueva formada tiempo atrás por las aguas subterráneas de la zona. Ahora seca, es un sitio resguardado y aunque muy pequeño, a Yelde le gusta porque es un lugar único en todo el Bosque. Cuando el viento sopla del Norte, éste se introduce por la única entrada existente y crea una corrientes que le hacen estremecer.

En esas ocasiones, ella sólo tiene que concentrarse para escuchar como el viento le habla y le cuenta cosas del pasado, el presente y en ocasiones del futuro próximo. Pero no sólo el ulular del viento hace especial la morada de nuestra pequeña. Por la noche, cuando las nubes no cubren el firmamento, desde las colinas en las que se encuentra puede observar perfectamente, sin árboles ni otros obstáculos que lo impidan, un bello cielo estrellado. Le encanta respirar el aire puro y sentir las fragancias que provienen del Bosque notando como su pecho se yergue con cada inspiración mientras queda hipnotizada por el parpadeo de las estrellas. Las estrellas son algo que fascina a todas las hadas y la Hija del Viento no es en este sentido una excepción.

Hace un par de años, las sílfides del Bosque vivieron de nuevo un momento feliz. En una de las muchas ocasiones que Yelde Waiva buscaba la soledad en los alrededores de la zona del manantial encontró a un hada bebé. Con aquel encuentro que el destino, la magia que rige el orden del mundo, no debió dejar a la casualidad, la pequeña y brillante hada Luci entraría en este mundo. La historia deparará al miembro más joven de la comunidad de las hadas importantes aventuras y con su luz a muchos hará feliz. Pero como siempre os digo, eso es otra historia que tal vez algún día podamos recuperar de los Archivos Reales.

Read Full Post »

Es invierno en el Reino de La Planicie. Un raro y frío invierno como pocos viejos del lugar recuerdan. Generalmente el clima de la zona es muy benevolente, tratándose de una zona costera en una latitud no muy al norte del continente, siempre se caracterizó por veranos muy calurosos y húmedos, otoños lluviosos e inviernos suaves en su mayor parte. Los meses del Inicio Anual y el Despertar solían ser los más fríos, pero nada que no se pudiera combatir con un poco de leña y unas pieles por encima del cuerpo. En cambio este año, un frío seco, como venido de las siempre nevadas montañas del norte, ha llegado pronto y, si por sí solo no fuera suficientemente dañino, un gélido viento lo acompaña portando la enfermedad a cualquier rincón que no esté suficientemente caldeado. Las primeras semanas en las que agarró desprevenidos a la mayoría, fueron muchos los que cayeron enfermos. Los más débiles entre estos, en su mayoría ancianos, murieron por el Silencio del Norte, como llaman ya muchos a la mortal enfermedad. Los otros se recuperaron bajo los cuidados de los curanderos y animistas. La sorpresa inicial, por lo que se creía un capricho del azar y el destino, se ha convertido a día de hoy en preocupación por algo que no puede ser otra cosa que los deseos de los Dioses de castigar a los humanos. La gente enferma sin presentar síntomas y cuando éstos se dan, la mayoría de los que han estado en contacto con el enfermo, también caen al poco tiempo presa de las garras del Silencio del Norte.

De los enfermos, algunos sobreviven, pero la mayoría muere. La piel del enfermo se vuelve pálida. Los ojos se vuelven llorosos y pierden parte de su color. Los pulmones se achican y la más simple tarea, incluso el hablar, se convierte en una tarea difícil y dolorosa. Es por esto que los enfermos se encuentran en silencio, respirando sin mediar palabra, sin emitir sonido alguno. Los animistas han sido capaces de encontrar algunas hierbas hacia el interior del reino que aparentemente palían los efectos malignos de la enfermedad y parece ayudan al enfermo a combatirla y expulsarla de su cuerpo; pero aún así, por el momento, sólo son suposiciones. Los sabios buscan en la biblioteca real cualquier referencia a algún fenómeno parecido. Buscan una idea de cual puede ser la cura o, cuanto menos, el origen del Silencio del Norte para así ayudar a los curanderos en su tan difícil tarea de sanar a los enfermos. Y lo que es más importante si cabe, evitar que más personas enfermen. Son tiempos difíciles en la Planicie, tiempos muy difíciles.

C&C

Noche fría y estrellada a cientos de kilómetros de la Planicie. Cielos despejados que dejan ante los ojos de una enjuta figura un horizonte de estrellas. Desde el balcón más alto de la torre, él observa el firmamento con un telescopio. Como abanderado del Dios Dragón posee aptitudes en gran cantidad de disciplinas. La astrología es una de ellas. Con ella es capaz de interpretar las constelaciones para pronosticar que deparará el futuro. La constelación del Dragón se expande enormemente en dirección a la constelación de Aráe. Baja el telescopio y medita sobre lo que acaba de ver. Aquello sólo podía significar la consecución de su objetivo: El asalto al templo y el subsiguiente comienzo de la nueva era del Dragón. Volvió a mirar hacía el cielo. Horlogium se contraía, -El final de la búsqueda se acerca-, dijo para si. De repente algo llamó su atención. Las constelaciones de Virginis y Herculis se unían en varios puntos. Aquello era asombroso. Volvió a mirar incrédulo. Parecía que esas dos se enfrentaban a la constelación de la Serpiente. Sabía que en alguna ocasión su linaje y sus seguidores habían seguido los caprichos de dicha constelación.¿Significaba aquello que algo se enfrentaría a su orden?. El asombro dio paso a la intriga. La intriga a la frustración. No comprendía aquello. Lleno de ira dio media vuelta, y reflexionando sobre lo que acababa de ver desapareció entre las sombras.

Read Full Post »