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Archive for 23 septiembre 2012

Oscuridad, oscuridad por todos los lados. Frío, el frío que transmite y conserva lo que parecen ser las paredes de una gruta. Las mismas paredes que ahogan todos los sonidos. Silencio, silencio de ultratumba, sólo es perceptible el susurro que produce el viento al rasgar con sus uñas la superficie áspera de la piedra. En la parte superior de la caverna duermen, descansan o lo que sea que hagan, los grandes vampiros. Animales de la noche que beben la sangre de las reses y según dicen que hasta de algún muy desgraciado hombre. La gruta se introduce muchos metros bajo la superficie, como si de un corredor a los sótanos de la tierra se tratara. Allá en el fondo, donde la luz del día nunca ha llegado, se abre una cavidad, una tenue luz tintinea en la oscuridad. Murmullos en una lengua, tan antigua como oscura, resuenan por la antes silenciosa piedra. Un grito, un grito seguido de un estruendo de alas que se baten en retirada convirtiéndose en una ola de colmillos. Chillidos de la noche provocados por el estrepitoso despertar de los grandes murciélagos. El grito se apaga engullido por las rocas, el silencio vuelve a reinar. Nuevos murmullos provenientes de la cavidad subterránea perturban otra vez la calma.

La cavidad forma una sala circular abovedada, con un techo no se sabe cuan alto por encontrarse en penumbras. Está ligeramente iluminada por una serie de antorchas colgadas en las paredes, las llamas de las cuales bailan formando sombras intrigantes sobre el irregular relieve. Tres figuras encapuchadas murmuran salmos con voces roncas. Visten unas túnicas granates atadas por medio de cintos de plata de los que cuelgan patas de gallo, calaveras de cuervo y otros adornos escabrosos. Dos de ellas se encuentran arrodilladas con las manos sobre los muslos, mirando al frente y moviendo el cuerpo en círculos en una especie de trance. El tercero, de pie ante ellos, les da la espalda y recita en un tono más alto mientras mantiene los brazos extendidos, sosteniendo una daga que no refleja la luz de las antorchas por encontrarse empapada en sangre. La túnica arremangada deja ver unos brazos delgados, y con carne flácida, manchados de sangre. Gotas del viscoso líquido resbalan por la afilada hoja para caer, sin llegar a impactar en el suelo pues un altar de reluciente y negra piedra se interpone en su trayectoria descendente. Encima de él, un cuerpo que poco antes gritaba de dolor se encuentra inmóvil. Los brazos extendidos caen a los lados de la piedra tibia por la sangre que empapa su superficie. La cara girada y con un rictus de dolor mira a los dos encapuchados. En su pecho se abre una brecha por la que todavía, varios minutos después de su muerte, sigue fluyendo sangre.

El hombre en pie, con suaves movimientos, deposita la daga sobre el altar. Dirige sus manos hacia la cabeza del muerto y le clava sus largas uñas en la cara al tiempo que comienza a recitar, en voz más alta, un siniestro cántico. Sus dos compañeros repiten frenéticamente y en voz alta las mismas palabras -Assskattta!- -Asssskkkaaatta!-. Con un grito triunfal el hombre gira sobre sí mismo, sosteniendo un ojo en su mano levantada. Los otros dos hombres caen en silencio y agachan su cabeza hasta tocar con su frente el suelo. De una de las bolsas que cuelgan de su cinto, el extraño encapuchado saca una araña peluda y junta ambas manos. Se acerca a sus compañeros; se arrodilla junto a ellos y comienza a recitar una serie de palabras. Sus vidriosos ojos se tornan blancos. Uno de los acólitos saca una daga; extiende su brazo para situar su mano sobre la de su señor y se produce una serie de tajos que hacen caer sangre sobre las manos prietas del Maestro. Los enclenques brazos del anciano tiemblan como soportando una gran presión. Sus murmullos se convierten en gritos. Su cabeza se inclina y sus manos encuentran la frente como punto de apoyo. De repente grita; lleva su cabeza hacia atrás y abre las manos mostrando a sus acólitos lo que en ellas escondía. Sus viperinos ojos, que estaban blancos, recuperan su tonalidad vidriosa. En su mano el ojo del muerto se ha ennegrecido. Lo mira y sonríe en una mueca de satisfacción que deja ver unos pequeños colmillos. Los acólitos miran fijamente la mano del hechicero y de repente perciben un ligero movimiento en el inerte ojo. Como si una serie de gusanos intentaran salir de su interior, la superficie ocular se hace irregular y parece en movimiento. De cada lado del ojo surgen una serie de extremidades arácnidas que se extienden y se posan firmes sobre la mano del brujo. Dos garras surgen debajo del iris conformando una terrible mandíbula. Las patas del ojo arácnido se mueven sincronizadamente haciéndole girar para enfrentar el iris dilatado a la atenta y orgullosa mirada del Maestro.

-Busca el báculo, encuentra el báculo de poder- ordena al ojo con una voz siseante mientras señala la salida de la caverna con su huesuda mano. El ojo chasquea las mandíbulas; gira de nuevo sobre sí mismo, e impulsándose sobre sus ocho patas, salta al suelo. De allí no se sabe a donde fue, pues su velocidad y su capacidad para ocultarse en las sombras hacían imposible seguirlo en la penumbra en la que estaba sumida la caverna. Los acólitos posan sus miradas en el rostro de su maestro, ahora descubierto pues la capucha había caído hacia atrás. Es pálido, como si nunca hubiera conocido la luz del día y sobre esa palidez las venas se marcan sobre su fino rostro. Los ojos parecen los de una serpiente, color verde, atravesados por una fina línea vertical negra en el centro. Su cabellera larga y peinada hacia atrás parece estar formada por diminutas escamas. Su presencia emana poder, su sola presencia les reconforta pues saben que sólo hay un ser más poderoso que su maestro, y ese no es otro que Askatta.

El Maestro posa sus impasibles ojos sobre los acólitos. Esgrime una mueca amenazante y con un movimiento brusco y repentino levanta los dos brazos hacia lo alto de la bóveda. -Gasssak!- grita y entonces una corriente de viento recorre la sala. Las antorchas se apagan y de las entrañas del cadáver que se encuentra en el altar surge una nube de langostas rojas que comienzan a volar hacia la salida de la gruta. El fluir de las langostas es constante y tal es su cantidad que forman una masa densa y rojiza que parece no estar en movimiento, pues no se ve su final más allá de los límites de la sala. Miles de estos animales surgieron del cadáver para desaparecer minutos después, sin dejar más rastro que el recuerdo en las mentes de los allí presentes.

C&C

Ha pasado un mes desde que Yelde Waiva tuviera el siniestro encuentro con el Hada Negra. Ahora ese episodio en la vida del hada parece un sueño, una pesadilla o simplemente algo que nunca sucedió y fue producto de su imaginación. Yelde no ha vuelto a comentar nada sobre el tema con Kin. Ha estado feliz, observando las estrellas en la noche, jugando con los pajarillos por la tarde y pasando muchas horas al lado de Luci, el hadita más pequeña del Bosque. Desde su primer encuentro se sienten muy unidas y disfrutan de su mutua compañía. Eran las dos muy traviesas y curiosas haciendo agarrar a Kin más de un enfado por sus excursiones de exploración. Siempre se las ingeniaban para localizar a Rufu y bailar y cantar hasta quedar exhaustas; momento que escogían para retirarse a la casa de Yelde, tirarse en el montón de plumas que tenía ella como cama y pasarse el resto del día, o la noche, haciéndose cosquillas, persiguiéndose y comiendo fruta. Yelde le hacia trucos a Luci, algunos de ellos mágicos, y ésta le demostraba su alegría brillando como solo el hadita luciérnaga sabía hacer.

Las dos acudían a ver regularmente a Kin para recibir, la primera sus clases de magia, y la segunda para continuar con las enseñanzas que todas las pequeñas hadas tenían que recibir. Yelde desde su aventura en el zarzal había experimentado una mejoría notable en sus habilidades mágicas. Su capacidad de concentración era mucho mayor y la energía, su esencia, tenía unos tintes mucho más poderosos, matices que Kin sentía y para quien no pasaban inadvertidos. El día anterior, Kin y Yelde habían estado practicando la comunicación con los pájaros. Las hadas de por sí eran capaces de comprender lo que otros seres quieren transmitir o expresar. Cuanto más complejo es el ser con el que quieren interactuar, la compresión se torna menos exacta, ya que los seres más complejos, como los humanos, presentan unos pensamientos y unas variantes de comportamiento mucho más amplias y enrevesadas. De la misma forma, la comunicación de las hadas hacia los otros seres es mucho más sencilla cuanto menos complejo es el ser. Por eso los pájaros son siempre un buen punto de inicio para desarrollar las habilidades comunicativas de las hadas. No siendo animales complejos tienen un conocimiento del entorno que les rodea, del presente, el pasado y futuro muy superior al de insectos o roedores.

Yelde aprendía rápido. Se le daba muy bien entablar conversaciones con los pajarillos que Kin había convocado para practicar en las clases. Eran Ganda, el loro gris, y Liki, un pequeño gorrión. Ganda era un huraño y soez pájaro, antiguo conocido de Kin y que se divertía de lo lindo haciendo rabiar a las hadas. Era el alumno malo de la clase y no paraba de hacer travesuras. Por el contrario Liki, un gorrión de un color amarillo chillón, era muy bueno y tranquilo y tenía que estar siempre atento a los mordiscos que Ganda le lanzaba entre estridentes risas. La comunicación con estos pájaros era más sencilla ya que estaban acostumbrados a recibir estímulos a través de la esencia de las hadas. Kin, conociéndolos desde hacía mucho tiempo, podía leer a la perfección sus pensamientos, con lo que podía guiar y corregir a sus alumnas en busca de la interpretación correcta. Yelde conversaba con uno y otro indistintamente, aunque el que más gracia le hacia era Ganda, pues no paraba de proferir malas palabras, quejas y reproches en el lenguaje de los humanos que hacían reír a carcajadas a la pequeña. Luci miraba atentamente y se moría de risa viendo como su amiguita saltaba de alegría, reía y le hacía de vez en cuando carantoñas, llevándose por supuesto la suave reprimenda de Kin por distraerse de sus ejercicios. Tanto Luci como Yelde escuchaban atentamente las palabras y frases que Ganda decía. Al parecer, el viejo loro había nacido en cautividad en un circo humano. Allí paso los primeros años de su vida, durante los que aprendió a comunicarse con los hombres, imitando su lenguaje y sonidos, gracias a una gran inteligencia. También aprendió infinidad de trucos que luego interpretaba noche tras noche en las muchas funciones en las que participó. Era conocido como el Loro Príncipe, el príncipe que había sido convertido por una bruja en loro. Pero esto no era más que una estratagema de sus dueños, Ganda era un simple loro; un loro muy inteligente.

La clase había ido muy bien. El resto del día Luci y Yelde lo pasaron juntas, volando por el Bosque y parando a todos los pájaros que encontraban para hablar con ellos. Luci le decía a Yelde las preguntas que quería hacerle al pájaro y esta entablaba la comunicación. Las muy traviesas no pararon en toda la tarde. A la noche, Yelde se encontraba muy cansada; pues utilizar la esencia para comunicarse todavía le costaba un alto grado de concentración y energía, por lo que decidió retirarse a su casa para descansar. Observaría las estrellas y escucharía las noticias que el viento arrastraba.

Yelde comía algo de fruta sentada en la entrada de su cueva. Miraba como las estrellas tintineaban en la oscuridad del firmamento. Poco a poco sus ojitos se fueron cerrando hasta que se sumió en un profundo sueño. Pasaron las horas, la noche dio paso al día y la luz del sol comenzó a abrirse paso por la casa del hadita. Yelde se desperezaba cuando de repente escuchó una voz – La sombra nos encontró, corre al centro del Bosque y escóndelo; corre, no dejes que la profecía nos atrape-. Sobresaltada, todavía media dormida, los ojos entrecerrados y la cabellera de una troglodita, la pequeña hada se levantó de un salto. Miró para todos los lados y no vio a nadie. Cerró los ojos e intentó detectar la esencia de alguien, pero tampoco tuvo éxito. Las palabras habían resonado en su mente con una voz familiar, hace tiempo olvidada. Era la voz del Hada Negra, ahora recordaba. Aquel episodio había permanecido oculto entre sus pensamientos entre el ir y venir del día a día, convirtiéndose en un recuerdo; tal vez en una pesadilla nocturna; en algo que su ser consciente había olvidado. Pero ahora todo le parecía reciente. Veía en su mente claramente todo lo que le había sucedido. El eco de las palabras del Hada Negra rebotaban por su cabeza y entonces reaccionó. Algo pasaba en el Bosque, tenía que averiguar que era lo que había en el tercer anillo.

Salió volando. Como se encontraba. Como una pequeña troglodita voladora se dirigió hacia el centro del Bosque, hacia el zarzal que delimitaba el tercer y prohibido anillo. Cuando veía ya los zarzales que tan bien conocía, vio un animal tirado en el suelo. Descendió y se acercó hasta él. Era una ardilla del Bosque. Parecía muerta, posó sus manitas sobre ella y cerró los ojos. No había rastro de vida en ella. Parecía tan vacía, como si un abismo se encontrara dentro del pequeño cuerpo inerte. En seguida retiró las manos, pues la sensación de vacío amenazaba con marearla y aturdirla. Era raro que una ardilla hubiera llegado hasta allí. Se fijó que tenía una serie de mordiscos en el lateral, pero no había manchas de sangre ni en su pelaje ni en el suelo. Los babosos verdes deberían haber sido los causantes de tal fechoría, aunque era raro que hubieran sido capaces de cazar a una ardilla, ya que eran grandes escaladoras y trepando se ponían a buena distancia de los depredadores.

Aún notando el frío que el contacto con la ardilla había dejado en sus manitas, continúo caminando para internarse en la maraña de espinas y ramas. Se concentró y lanzó un sortilegio de escudo, la experiencia le había enseñado que las espinas del zarzal estaban bien afiladas. Comenzó a volar muy despacio entre las enredaderas. Tras un rato llegó al claro donde había encontrado a Ging tiempo atrás. Estaba tensa, esperaba que Ging se le apareciera o alguien le atacara. Esa zona del Bosque le producía un desasosiego terrible. Se concentró en reforzar su escudo esperando ser sorprendida en cualquier momento. Descendió a tierra y comenzó a seguir el sendero que se internaba entre las empalizadas de espinas. Caminó y caminó; el sendero parecía internarse poco a poco en el centro del zarzal. No había ruidos y todos los intentos que hizo para identificar a cualquier ser no dieron resultado. Avanzó cientos de metros por un pasillo libre de zarzales cada vez más estrecho hasta llegar al final. El estrecho pasillo que formaban las altas zarzas desembocaba en un claro libre de vegetación.

El claro estaba rodeado por las altas zarzas a las que tanta rabia tenía Yelde. No era un lugar llano, sino que un cráter de unos diez metros de profundidad dominaba el terreno. En el cráter no crecía vegetación alguna. Todo era oscura tierra y roca. En el fondo de la depresión, lo que parecía una especie de templo se encontraba prácticamente sepultado. Se apreciaban unas blancas columnas de mármol inclinadas. Un trozo de lo que debió ser el techo sobresalía de la tierra formando una entrada más que estrecha. El contraste entre la blanca piedra de las ruinas y el negro paisaje era más que acentuado. Yelde miraba con incredulidad lo que había descubierto. Jamás pensó en encontrar algo como aquello. De repente, lo que los humanos llaman el sexto sentido y las hadas y otros seres más perceptivos saben interpretar y controlar, llamó la atención de la pequeña. Había sentido la presencia de algo allá abajo. No había sido muy intenso pero lo suficiente como para hacerle girar la cabeza y posar su mirada sobre las ruinas. Todo sucedió muy rápido y cuando el hada miraba hacia la entrada del ruinoso templo, tuvo tiempo de observar como algo se introducía por la grieta. Ese algo era un poco más pequeño que ella y muy rápido. La curiosidad pudo con el hada del viento. Inició un vuelo que le acercaba lentamente hacia las ruinas. Se posó en el techo; tenía la entrada a pocos centímetros -Chsk, chsk; chsk, chsk- un chasquido casi imperceptible llegó hasta los sensible oídos del hadita. Se concentró y entonces lo notó. Noto que algo se escondía en la oscuridad; algo que acechaba, que esperaba con malas intenciones a que la pequeña incauta se introdujera por la grieta. Yelde sentía la esencia maligna de aquella cosa. Su cuerpecito se erizó y recordó la sensación que había sentido al tocar la ardilla. La cosa que se encontraba dentro del templo era la misma que había acabado con la vida del animalito. La esencia de ese ser era oscura, muy oscura. No denotaba más sentimiento que el de la pura esencia de la maldad. Intentó penetrar en su mente, pero sólo encontró oscuridad, fuera lo que fuera había desaparecido. Desistió de penetrar en la mente del ser. Emprendió el vuelo sin más dilación y comenzó a alejarse de allá. Necesitaba avisar a Kin de lo que pasaba allí; algo maligno se había introducido en el reino.

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Muchas gracias a todos, es un hecho insignificante en el mundo de las redes sociales, los blogs y demás el alcanzar la cifra de 1000 visitas a mi blog comparado con otros sitios pero me ha hecho mucha ilusión.

Poco a poco se van sumando más lectores que acceden directamente desde este blog o desde MegustaEscribir.com. Espero que la evolución de la novela os esté gustando y que cada día tengáis más claro que queréis formar parte de este proyecto.

Gracias a todos por leerme, por aconsejarme y corregirme.

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Todavía no había amanecido cuando los hombres seleccionados por Maha e Inthia ya se encontraban en el patio de armas, pasando revista al equipo y caballos. Los hombres seleccionados eran los más preparados para sobrevivir en campo abierto. Destacaban por sus habilidades de forrajeo, seguir rastros y acechar. Estaban Jonan y Batas: los gemelos. Dos exploradores cuya habilidad en todo aquello que tuviera que ver con los rastros y la identificación de huellas no tenía parangón en todo el reino. Elthrai, un experto forrajeador con un don innato para localizar fuentes de agua potable y hierbas comestibles. Además, su puntería con el arco largo era bien conocida en el castillo. Lonzo sin lugar a dudas era el mejor cazador de todos ellos. Su pericia para acechar en el bosque hacía que fuera conocido como “Gato”. A todo esto había que añadirle su gran habilidad  como  espadachín, uno de esos que conviene tener de tu lado en cualquier liza. Por último, habían seleccionado a Ramos, de padres pescadores, había aprendido de ellos el conocimiento del firmamento, con lo que era capaz de orientarse utilizando las estrellas y constelaciones. Todos revisaban el equipaje del grupo: cuerdas de cáñamo, antorchas, yesca y pedernal, lonas para resguardarse en la noche, sacos de dormir, varios jubones con agua, raciones de viaje para dos semanas y algunos sacos donde guardar las hierbas que iban a buscar. Aparte del equipo común, cada uno llevaba su equipo de campaña, en el que no podían faltar los escudos, espadas, arcos y flechas entre otros.

Crísil apareció cargando su saco de viaje. Lo tiró al suelo y ordenó que lo aseguraran en las alforjas de su caballo. Se reunió con el resto del grupo y saludó afectuosamente a todos y cada uno de ellos.

-Escuchadme aventureros-, espetó con voz firme y autoritaria. Todos los allí presentes prestaron atención. Crísil se encontraba enfrente de los cinco hombres, mientras que Maha e Inthia flanqueaban al joven guerrero.

-El viaje que comenzamos hoy puede que sea la aventura más importante y arriesgada que muchos de nosotros hayamos emprendido. Se trata no solamente de salvar la vida de mi hermana, vuestra amiga, vuestra princesa, sino la de todos nuestros compatriotas que se encuentran enfermos o lo estarán en las próximas semanas y meses-.  Exceptuando las palabras de Crísil y el fuerte latir de los corazones de los guerreros nada más se escuchaba. La cara de entusiasmo y orgullo de los cinco elegidos era tal que Maha se emocionó al recordar los días en que él también participaba en importantes misiones.

-Como sabéis debemos encontrar un arbusto cuyos frutos servirán para curar la desgracia que trae el Silencio del Norte. Para ello viajaremos hacia el interior, más allá de los límites de la Planicie. Seguiremos el río Cortado dirigiéndonos hacia las partes más bajas de las Montañas de la Separación. Allá es donde deberíamos encontrar los arbustos que buscamos. Lin ha ilustrado a nuestro amigo Elthrai sobre ellos. Así que tranquilos amigos, antes que queramos darnos cuenta estaremos de nuevo en el salón festejando nuestro éxito-.

-Y tanto que sí, ya he pedido que vayan engordando unos cuantos bueyes-, comentó Maha mostrando una gran sonrisa en su rostro.

-Partamos ahora compañeros y no os preocupéis por vuestras esposas, hermanos y amigos, Maha cuidará de ellos como siempre ha cuidado de mi. No miréis atrás, porque pronto contemplaremos de frente nuestras murallas en el regreso-.

Dicho esto los seis aventureros subieron a sus respectivas monturas. Los pajes ajustaron las alforjas a los caballos y comprobaron por última vez que el equipaje estuviera bien sujeto. A esas horas de la mañana pocos fueron los que observaron al grupo alejarse del castillo. Maha subió a la torre más alta para observar como se iban difuminando aquellas formas que tan bien conocía. Permaneció allí, impasible al viento y frío de la mañana, hasta que los jinetes se convirtieron en figuras borrosas y éstas en meras sombras en movimiento que se confundían con el horizonte.

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