Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 28 octubre 2012

Yelde volaba con premura. Tenía claro a donde se dirigía y qué debía hacer. Avisaría a Kin, esta vez sus travesuras le habían llevado a descubrir cosas que no podían permanecer ocultas. Yelde voló hasta el árbol donde Kin tenía su casa. Ascendió hasta la copa del mismo y se posó en el rellano que daba acceso a la casita.

-¿Kin?- preguntó con una vocecita entrecortada. Al no obtener respuesta, su intuición se vio confirmada. No estaba en casa. Yelde dio unos pasitos y se introdujo en la morada de la reina de las hadas. Se sentó en el suelo y cruzó sus piernecitas. Cerró los ojos y comenzó a concentrarse en Kin. Le llamaba, le buscaba por el Bosque, intentaba localizar su esencia para entablar comunicación con ella y decirle: -¡Corre!, ¡ven!, ¡te necesito!-. Pasaron los minutos y al rato una brisa hizo mover los largos cabellos de la pequeña hada. Ésta se giró para encontrarse, allí frente a ella y rodeada de un aura de luz, a la reina de las Hadas.

-¿Qué ocurre mi pequeña Yelde?. Te noto turbada, preocupada. Noto miedo en ti-, preguntó Kin transmitiendo toda la tranquilidad que un ser de su carisma era capaz. Yelde se levantó y corrió a abrazarse a ella. Temblorosa comenzó a relatar todo lo que había sucedido. El turbio despertar, el hallazgo de la ardilla, su excursión por el tercer anillo, el descubrimiento del misterioso templo y finalmente el tenebroso encuentro con aquel extraño ser. Kin permaneció callada durante todo su relato. Apoyaba su barbilla en la cabecita de la pequeña hada. Acariciaba sus cabellos y al mismo tiempo que escuchaba, utilizaba sus poderes para sondear los recuerdos y así visualizar todo lo que el hadita relataba. Peor que preocupada quedó la reina de las hadas tras conocer todo lo que tenía que decirle Yelde Waiva. Su rostro no reflejaba sino una gran preocupación.

-Yelde vamos; vas a tener que llevarme a ese templo, Pipi nos acompañará-. Yelde vio como en ese momento el alegre hada a la que todos conocían como Pipi se posaba en la entrada de la casa de Kin. Las dos se miraron y Yelde pudo fugazmente percibir como Kin le explicaba a Pipi la situación. Kin se dirigió a uno de los laterales de la casa. Abrió uno de los baúles y agarró lo que parecía ser una ramita un poco torcida de unos diez centímetros de longitud. Yelde sonrió y asintió para sí. Era una varita mágica.

Las varitas mágicas son objetos que tienen forma alargada. Pueden tener la forma de varas, palos, ramas o similares, no demasiado grandes y lo importante de ellas es que en su interior contienen cierto poder mágico. Los lanzadores de conjuros utilizan la energía de sus varitas para potenciar o facilitar el lanzamiento de hechizos. La energía de las varitas es limitada, razón por la cual sólo deben usarse cuando es realmente necesario.

-Vamos pequeña, guíanos al tercer anillo-. Dicho esto, las tres emprendieron el vuelo. Las tres hadas volaron raudas y veloces en dirección al centro del Bosque. Su objetivo era acceder al tercer anillo. Recorrerían el sendero que Yelde conocía para llegar al mismísimo centro del Bosque. Se internaron en los molestos zarzales protegidas por escudos mágicos que Kin había creado para ellas. Al poco tiempo llegaron a la desierta y tétrica planicie. Yelde señaló el fondo del cráter, donde todavía se encontraban las blancas ruinas. El hada del viento estaba tranquila, no había sido un sueño o una alucinación todo lo sucedido al amanecer. El templo estaba allí.

Kin cerró los ojos y sondeó los alrededores buscando algún tipo de presencia. Nada que pareciera peligroso se encontraba por allí. Ni siquiera al concentrar su esencia en las ruinas y su interior pudo percibir nada. Las tres bajaron hasta las ruinas. Kin pasó suavemente sus manos sobre la superficie de las rocas, observando con detenimiento cada detalle, como intentando conseguir que le hablaran. -¿Dices que viste introducirse algo por la abertura?-, preguntó Pipi mirando fijamente a Yelde. Ésta simplemente asintió con un ligero movimiento de cuello. La pequeña miraba con los ojos muy abiertos lo que hacían las dos hadas adultas.

-Voy a entrar-, dijo Pipi. En ese mismo instante, los ojos del hada se tornaron amarillos y resplandecieron como pequeñas llamas. Su cabello rojo se erizó y comenzó a moverse como si el viento los arrastrara en todas direcciones. Un aura roja, como si un pequeño sol se encontrara justo detrás de ella, la envolvía. Extendió las manos y de sus palmas brotaron dos pequeñas llamas de un rojo fuego que permanecieron crepitando en ellas. Yelde quedó impresionada; la esencia que desprendía Pipi era increíble. Normalmente parecía tan tranquila que nunca hubiera imaginado tal demostración de poder por su parte. Lo que no sabía Yelde Waiva es que tras ese rostro pecoso y juvenil se hallaba la Guardiana del Bosque, el hada guerrera. Ella podía ser sin lugar a dudas el hada más poderosa, después de Kin, del Bosque. Además, a diferencia de las demás sílfides que rehusaban la violencia y evitaban el conflicto, ella no tenía demasiados miramientos en enfrentarse a quien tuviera malas intenciones. Ella era la defensora de los débiles, la protectora del reino del Bosque y emplearía la fuerza siempre que lo considerara necesario, para proteger la tranquilidad de los seres que se encontraban bajo su protección.

Pipi caminó con firmeza hacia la entrada de la gruta. Se disponía a introducirse dentro de ella cuando Kin le detuvo. -Alto Pipi, espera, me quedaré fuera pero no quiero que entres sin protección-. La pequeña figura de Kin relucía con luz propia. Sus transparentes alas se encontraban plegadas. Apuntó con su varita a Pipi y en ese momento sus ojos azules se tornaron transparentes. El siempre pálido cuerpecito del hada se tornó brillante y un haz de luz salió desde la varita para impactar en la llameante Pipi. Yelde cerró los ojos cuando el cuerpo de Kin comenzó a brillar intensamente. Segundos después, cuando los abrió de nuevo, tuvo tiempo de ver como Pipi rodeada por una brillante luz se introducía en la gruta. Kin permanecía quieta a pocos metros de la entrada. Mantenía la varita en alto; se encontraba en tensión; preparada para cualquier cosa. Yelde permanecía detrás de ella, inquieta; expectante; observando con detenimiento todo lo que acontecía.

El hada avanzaba lentamente con los brazos extendidos y las palmas hacia adelante. El escudo mágico que Kin había lanzado sobre ella era tan intenso que actuaba como una linterna iluminando sus pasos. Gracias a esto, el hada pudo observar que las paredes se encontraban decoradas con runas élficas. Extraño le resultó pues ni siquiera ella, una de las hadas que más tiempo llevaban en el Bosque, había visto elfos por aquellos lares. El suelo estaba cubierto de tierra, el templo o lo que fuera aquello había quedado sepultado, o se había hundido convirtiendo en polvo y rocas sueltas lo que debió ser en otro tiempo un suelo de mármol. Las paredes y parte del techo estaban claramente definidas, aunque supuso que la tierra había tapado parte de esa estructura, motivo por el cual no era visible desde el exterior. Caminaba concentrada en percibir algún movimiento o presencia. Sus sentidos no percibían nada: ningún sonido, ningún movimiento en la sombra y su magia no percibía la esencia de ningún ser. Sólo unos metros más allá, al final de lo que parecía ser un pasillo flanqueado por columnas derruidas, presentía que había un objeto con una alta carga mágica.

Avanzó hacia aquel objeto cuando de repente algo le golpeó en el costado, lanzándole contra la pared. El hada quedó incrustada   varios  centímetros en el frío mármol que formaba las paredes del antiguo templo. Si no hubiera sido por el potente escudo mágico que la protegía sus huesos hubieran sufrido graves daños. El aura que rodeaba a la pelirroja hada se atenuó un poco. Pipi estaba aturdida y la cabeza le daba vueltas. De nuevo algo se abalanzó sobre ella. El Rastreador saltó con sus garras abiertas. Clavo las patas a uno y otro lado del cuerpo del hada, situando su horrible cuerpo y sus mortíferas garras en frente del rostro de la mareada hada. El Rastreador chasqueó sus garras seguro de su victoria, contento por el festín que iba a darse en breve. Lanzó sus garras hacia su víctima para succionar toda su energía, acabar con su vida y regocijarse con el fluir de la esencia al recorrer su oscuro cuerpo. Las garras encontraron una resistencia invisible; una fuerza que no le permitía acceder al cuerpecillo del hada. El contacto de las garras con el escudo mágico hicieron que este comenzara a brillar. La activación del escudo generó una serie de estímulos en el organismo de Pipi que hicieron que se recompusiera. El Rastreador comprendió al instante que sucedía y lejos de amilanarse no cejó en su intento de alcanzar su objetivo. Sus garras estaban preparadas para succionar la esencia, no importaba cual fuera su fuente. A medida que el Rastreador chupaba la energía del escudo, el brillo de éste decrecía. Cuando el torrente de energía robada comenzó a llenar el vacío cuerpo del Rastreador, éste comenzó a crecer alimentado por la energía pura que estaba succionando. Pipi comprendió que tenía que actuar rápido, pues su escudo se debilitaba por momentos y el monstruo que le atacaba se agigantaba con el paso de los segundos. En su lugar cualquier otro hada hubiera desfallecido pero ella era un hada guerrera, era la Guardiana del Bosque. El aura del hada comenzó a brillar con fuerza, dos fogonazos surgieron de sus ojos.

-¡Inmundicia de la oscuridad!, ¡cangrejo de las sombras!, ¡Aparta de mi y desaparece!-, gritó al mismo tiempo que empleaba todas sus fuerzas para sacarse de encima a la bestia y lanzarla lejos de ella. El Rastreador se vio sorprendido por la súbita reacción de su presa. Estaba embriagado por la esencia que recorría su cuerpo y había bajado la guardia. Tan pronto se liberó del Rastreador, dos bolas de fuego salieron de las manos de Pipi con dirección a él. No se detuvo a comprobar si impactaban, salió volando en dirección a la salida. Detrás de ella dos explosiones hicieron brotar una columna de fuego.

Kin seguía concentrada con los ojos en blanco y la varita en alto. Percibió la sorpresa del hada, la debilidad, la ira y finalmente su poder. Estaba preparada para actuar. Pipi salió de entre la gruta volando a toda velocidad y nada más vio a Kin gritó: –¡Sella la salida, atrapemos a la bestia en su interior!-. Kin conjuró un hechizo de vibraciones que proyectó contra las piedras del templo. Estas comenzaron a moverse como si un terremoto tuviera lugar bajo ellas. Al instante empezaron a desquebrajarse y poco a poco los cascotes de piedras taparon la entrada al templo. Pipi se encontraba fatigada, yacía en el suelo mareada y más pálida de lo normal. Los pelos le cubrían la cara sucia. Yelde se encontraba a su lado reconfortándola. Kin se acercó hasta ellas, levantó la varita y tocó con la punta la cabeza de Pipi. Al instante su carita recobró la sonrisa y el color, se levantó y se abrazó a Kin.

-¿Lo has visto?, ¿viste lo que me atacó?- preguntó.

-Sí, lo he visto todo amiga. Fuiste muy valiente. Era un Rastreador, un ser mágico enviado por algún hechicero para encontrar algo o a alguien-, contestó Kin con rostro serio. Ella en todo momento había estado conectada con la mente de Pipi a través de la esencia mediante uno de los múltiples hechizos que la poderosa hada conocía.

-¿Acabé con la amenaza?- preguntó esperanzada Pipi. -Puede que sí, no lo se; he sondeado las ruinas en busca de algún rastro de la  criatura pero no he percibido nada. Podría significar que ha muerto, o como sucedió cuando hemos llegado, que se camufla contra nuestra percepción. Lo que está claro; que viva o muerta, la criatura está atrapada y no podrá salir del templo-, contestó Kin.

Las tres hadas emprendieron el vuelo un poco cabizbajas, pues si el Rastreador estaba allí era porque alguien lo había enviado. El que había venido a buscar era un misterio; posiblemente fuera aquel objeto que Pipi percibió en el templo. Parecía evidente que alguien que se había tomado tantas molestias en convocar a un Rastreador del más allá, no daría por perdido lo que andaba buscando. El tiempo, por desgracia, estaban seguras que daría respuestas a las preguntas que se sucedían una tras otra dentro de sus cabezas.

Anuncios

Read Full Post »

El grupo de Crísil viajó hacia el sur, siguiendo la Calzada Azul: la vía adoquinada que saliendo desde el Reino de Gornak corría paralela a la costa, atravesando la Planicie hasta llegar al Puente Final, el gran puente que cruzaba el río Cortado y que marcaba el final de las tierras de su Reino. Dos días les llevó llegar hasta la fortaleza que guardaba dicha frontera. No pararon más que para dormir, descansar cómodamente en las literas y hacer acopio de más provisiones y agua. No se encontraban cansados, la noche anterior habían dormido en una granja. Los aldeanos de La Planicie era gente muy agradable y solícita y no dudaron en acoger a un grupo de viajeros que venían del norte. Nadie reparó en la identidad del joven. Así es como quería el grupo que fuera; el anonimato les proporcionaría un poco más de tranquilidad. Partieron bien entrada la mañana; su plan de viaje consistía en seguir el cauce del Río Cortado hasta llegar a las inmediaciones de las Montañas de la Separación e internarse en ellas cuanto fuera necesario hasta encontrar y recolectar la mayor cantidad de frutos que pudieran.

El viaje les llevó un par de días más. Esta vez sí tuvieron que pasar la noche a la intemperie. El frío hizo acto de presencia y la noche se hizo larga. A medida que se acercaran a las Montañas de la Separación sería más necesario hacer uso de los sacos de dormir, las mantas y el calor de las fogatas nocturnas. Poco a poco, los picos de las montañas se hacían más visibles. Las Montañas de la Separación eran unas cordilleras altas, poco abruptas y en las que se conocían varios pasos que las atravesaban y llevaban a las tierras del otro lado. En invierno era difícil que tuvieran picos nevados, pero los chubascos eran frecuentes. Era más común notar su presencia por el viento que soplaba por entre los numerosos cañones y pasos que las recorrían.

Al mediodía se encontraban en las primeras colinas que indicaban la cercanía de un terreno más abrupto. El clima se tornó más áspero y seco, pues el mar ya no tenía influencia sobre esta zona y las precipitaciones eran escasas de este lado de las montañas, pues toda la carga de agua descargaba en las montañas. Sólo el seco viento atravesaba las montañas. Los aventureros siguieron encima de sus monturas, moviéndose al paso entre los arbustos, matorrales bajos y hierba corta que adornaban las colinas. Jonan iba en cabeza del grupo, oteando el horizonte y comprobando el suelo cada cierto tiempo. Seguían un sendero más o menos claro hacia uno de los cañones que se internaban dentro de la cordillera. Buscaba cualquier signo que indicara que alguien había pasado por allí hacía poco. Ahora mismo se encontraban en una zona fronteriza y en ellas, los incursores, bandidos y otros tipos de amenazas no eran extrañas. Poco a poco el sendero fue desapareciendo con cada metro que avanzaban, dejando paso a una senda visible por la escasa hierba que crecía sobre ella. Jonan descabalgó y llamó a Batas para que le ayudara a seguir el buen rastro, pues tras una decena de metros lo había perdido. El grupo se detuvo, el resto de jinetes observaban como los dos hermanos se movían en todas direcciones buscando alguna señal que les indicara hacia donde dirigirse. Al poco tiempo Jonan levantó la mano e indicó al resto que les siguieran. Unos metros más allá habían encontrado un rastro que parecía llevarles de nuevo hacia las cordilleras. El terreno se hizo mucho más abrupto y pedregoso. Todos los jinetes se vieron obligados a descender de sus monturas pues el terreno estaba lleno de piedras y cantos rodados que hacían difícil para los caballos mantener el equilibrio con sus jinetes encima. El ritmo se hizo mucho más lento; los dos exploradores rastreaban el suelo pues, aunque no hubiera sido grave, un despiste les hubiera hecho perder un tiempo precioso. Su idea era acampar esa noche a la entrada del cañón para el día siguiente poder alcanzar el valle interior, lugar donde se suponía encontrarían lo que andaban buscando.

Al atardecer se encontraban a un par de kilómetros de las montañas. Crísil ordenó que se detuvieran y se prepararan para pasar la noche allí. No tenía sentido seguir avanzando sin saber que había más allá, ni que podía esconderse entre las paredes de piedra del cañón. El grupo comenzó a preparar el campamento. Lonzo decidió que iría a buscar algo que cazar; se propuso seriamente comer algo caliente pues estaba ya harto de las raciones de viaje. Jonan y Batas se adelantaron al grupo. Se acercarían bastante a la entrada del cañón para investigar e inspeccionar el terreno; estarían de regreso en unas horas. El sol comenzó a ocultarse y el atardecer dio paso a la noche. Las llamas crepitaban en el centro del pequeño campamento. Todos estaban reunidos. Los dos exploradores habían regresado sin haber detectado ningún tipo de amenaza o complicación. Lonzo había conseguido cazar un par de liebres con su arco. Todos estaban en silencio, saboreando tan delicioso manjar y posiblemente la última comida caliente en unos días. Más allá de donde se encontraban les esperaba un terreno hóstil, donde debían evitar llamar la atención. Tras la cena, los aventureros hicieron grupos de guardia y se dispusieron a descansar, debían estar preparados para lo que pudiera acontecer.

La noche se comió las horas de oscuridad sin incidencias. El humor del grupo era más que perfecto. Batas encabezaba el grupo. Los demás le seguían; todos habían descabalgado. Tras unas hora de caminata tenían enfrente las primeras paredes de roca. La anciana piedra se erigía sobre sus cabezas, impasible al tiempo. Observaban desde fuera el oscuro interior del cañón. Las altas paredes de la montaña hacían que los rayos del sol de la mañana no fueran capaces de alcanzar la tierra. Las penumbras llenaban el paso que debían atravesar. Jonan, Batas y Crísil iniciaron un debate sobre como actuar.

-¿Qué hacemos, Crísil?, creo que es demasiado arriesgado internarnos sin antorchas con esta oscuridad-. Preguntó Batas. -No sé. Con esta oscuridad, una antorcha sería visible desde cientos de metros en el interior. ¿Sabéis a qué tipo de terreno nos enfrentamos?-. -Ni idea, señor-, contestó Jonan, al cual se le veía intranquilo.

-No me gusta nada la situación en la que nos encontramos. ¿Esperamos a ver si una vez el sol se encuentre más alto la visibilidad mejora?-. -Tampoco creo que sea buena idea esperar aquí. Las horas perdidas harán que la noche caiga sobre nosotros antes de llegar al valle y entonces, no tendremos más remedio que encender antorchas.-, respondió Crísil. -Crísil tiene razón; creo que es poco probable que alguien se encuentre en este tramo del cañón. No hemos encontrado rastros en todo el trayecto. Opino que avancemos; encendamos únicamente dos antorchas. Jonan y yo os guiaremos. En el peor de los casos, si alguien nos viera, no podría determinar nuestro número-. -Adelante entonces- dijo Crísil con voz autoritaria mientras indicaba al resto del grupo que avanzara hacia el interior del cañón.

El grupo fue entrando en el cañón; en su oscuridad. La montaña se fue tragando a cada uno de ellos sin contemplación y al poco rato únicamente dos puntitos de luz indicaban que seguían allí. Jonan y Batas caminaban, ahora de pie ahora en cuclillas, buscando posibles pozos, rocas sueltas o cualquier cosa que pudiera suponer un riesgo para la comitiva. Un poco más atrás avanzaban los demás.

La garganta formada entre las dos montañas tenía unos cuarenta metros de ancho, lo cual hacía imposible poder ver la roca que los flanqueaba por ambos lados, ya que el grupo intentaba alejarse de las paredes del cañón para evitar desprendimientos. Preferían perder la referencia que les proporcionaría la montaña, para ganar en seguridad. Si miraban hacia arriba, allá bien lejos en la altura, podían apreciar la luz reinante en el exterior. Aunque no lo pareciera era de día. Las antorchas iluminaban lo suficiente para poder avanzar con cierta seguridad. Avanzaban con firmeza y sin pausa. No sabían cuando darían con el valle y el cielo abierto, y la sola idea de quedarse sin la mínima, pero tranquilizadora, referencia del brillo del sol que pendía sobre sus cabezas les daba mayor entereza para seguir hacia adelante a buen paso.

Algunos kilómetros más allá de donde se encontraba el grupo, unos ojos oteaban la oscuridad. De repente un punto de luz tintineante atrajo su atención. El vigía se encontraba en una posición elevada, escondido entre unas rocas. Desde allá pudo observar como en la lejanía dos puntitos de luz brillaban, indicando la presencia de viajeros. Giró sobre si mismo y comenzó a descender por la roca. Debía apresurarse en deshacer el camino que le llevaría al campamento del valle.

Las horas pasaron una tras otra. Durante ese tiempo el grupo siguió avanzando a paso lento pero y seguridad. El sol dejó de brillar en lo alto del firmamento. Ramos pensaba que se encontraban ya en las primeras horas del anochecer, pues creía distinguir algunas estrellas. Los ojos de los viajeros se habían acostumbrado ya a las penumbras que las antorchas creaban. Al poco tiempo, Ramos observó en lo alto un manto de estrellas sobre un oscuro cielo. No podía ser otra cosa que el cielo abierto. Se adelantó hasta la cabeza del grupo para agarrar a Crísil por el brazo.

-Crísil, creo que hemos dado con el valle, fíjate en el cielo, hay estrellas, hemos encontrado el final del cañón-. Crísil levantó la vista y pudo observar efectivamente como miles de puntos de luz tintineaban allá arriba. Sonrió y señaló al cielo mientras avisaba entre susurros al resto de compañeros. Animados por haber alcanzado lo que se había convertido para ellos en un túnel sin fin, aceleraron la marcha. Al rato sobre sus cabezas se desplegó un rebaño de pequeños puntos que indicaba que habían salido del cañón por completo y se encontraban en campo abierto. Una brisa fresca les recibió golpeándoles la cara. Decidieron acampar y pasar la noche para a la mañana siguiente comenzar las tareas de forrajeo para localizar los preciados frutos. El plan era quedarse en la zona, pero si la búsqueda no era fructífera viajarían más allá del valle para acceder a los territorios que bordeaban la Meseta, zona donde seguro encontrarían los arbustos.

La noche volvió a pasar sin mayores sobresaltos. A pesar del frío ambiente sus corazones se encontraban llenos de calidez, pues la grata compañía que se prodigaban y el saber que buscaban el bien para sus compatriotas, alimentaba el fuego que parecía arder en su interior. La mañana despertó al grupo. Se levantaron con frío, ya que la noche no les había perdonado el no encender fogata alguna. Batas se encontraba en la cima de una pequeña colina. Apoyaba un pie sobre una roca, una mano en la empuñadura de su espada y la otra protegiendo sus ojos del sol. Oteaba el horizonte intentando divisar alguna cosa que llamara su atención. El paisaje que se extendía ante él era un poco monótono. Predominaban los colores arcillosos, pero aquí y allá se divisaban lo que parecían ser plantaciones de trigo que ponían parches amarillos a los tonos rojizos de la roca y al verde pálido de las hierbas y matorrales. Árboles dispersos y matorrales adornaban un paisaje irregular donde las agrupaciones rocosas de poca altura afloraban por doquier. Sin contar estas agrupaciones rocosas, en una de las cuales se encontraba ahora mismo Bata, y al resguardo de la que el grupo había pasado la noche, el terreno era bastante llano y se podía otear la lejanía a muchos kilómetros. A una gran distancia se observaba una elevación del terreno que llenaba todo el horizonte. Una extensa planicie que parecía extenderse por cientos de kilómetros hacia el oeste y que debía encontrarse a unos cuatro o cinco días de viaje. -La Meseta Yerma-, afirmó para sí el explorador. Desde aquella posición, dejando las Montañas de la Separación a su espalda, Batas tenía a la gran Meseta justo enfrente y un poco más cerca, pero también a unos cuantos días de marcha, se veía un punto oscuro, una especie de selva o bosque en dirección suroeste.

El contacto de la mano de Crísil en su cuello sacó a Batas de sus pensamientos y reflexiones. -¿Todo correcto amigo?, -Si, todo correcto Crísil; no he observado nada raro-.

-Vamos allá, pongámonos manos a la obra, nos espera un largo día. ¡Elthrai!; ¡encuéntranos esos arbustos que hemos venido a buscar!-, animó Crísil levantando la voz. Elthrai trepó hasta donde se encontraban los otros dos hombres para después descender como una cabra dando saltos de roca en roca hasta tocar terreno llano.

Después de desatar a los caballos, que pastaban tranquilamente ajenos a la emoción del grupo, todos le siguieron. Pasaron unas horas hasta que por fin, en un macizo rocoso cercano encontraron los primeros arbustos. Había bastantes con lo que se centraron en esa zona. El día se fue consumiendo y poco a poco los primeros sacos se fueron llenando. La llegada de la noche marcó el punto en el que decidieron parar y descansar. Montaron su campamento detrás de unas rocas que les protegerían del frío y ocultarían la hoguera que tenían pensado encender. Ataron a todos los caballos con excepción de Pantera, el caballo de Crísil. Éste gustaba de moverse libremente y trotar a sus anchas hasta que era requerido por su amo, llamada a la que nunca hacía oídos sordos. Por turnos cada uno de ellos haría guardia. Comieron, entre comentarios jocosos y bromas de mejor o peor gusto, sus raciones de viaje, y tras decidir los turnos de guardia se fueron durmiendo poco a poco cansados como estaban de haber trabajado de sol a sol.

Read Full Post »

Buenas a todos!!!!, finalmente me he decidido a buscar la colaboración de todos vosotros. Como un proyecto destinado al público de ahí afuera, apoyado por vosotros creo que lo más correcto y beneficioso para la novela es abrirla un poco más.
Mis dos ilustradores “jefe” están muy ocupados con sus proyectos personales por lo que si alguno de vosotros os apetece no dudéis en enviar vuestros bocetos sobre los capítulos ya comentados.
Mi grupo de colaboradores elegiremos los que mejor se adapten a la idea de la novela y contactaremos con vosotros para estrechar la colaboración.
Espero que la propuesta os resulte interesante.

 

¡Gracias!

Read Full Post »