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Archive for 25 noviembre 2012

El invierno en el Bosque no es una época triste ni fría. Más bien es una época cálida y llena de felicidad ya que el año como lo conocen los humanos termina, y esto no significa otra cosa que un nuevo ciclo comienza. Las hadas y demás habitantes del Bosque consideran el fin del año como un momento mágico, en el que los astros y las estrellas se conjuran para verter una gran cantidad de energía positiva sobre su pequeño reino. La noche de fin de año todas las hadas acuden a los lagos del segundo anillo, como el Lago Rojo, su favorito. En ellos, cuando la luna, el sol y decenas de astros repartidos por el basto universo se encuentran alineados de tal forma que todas las energías mágicas se concentran sobre el Bosque, las hadas se introducen en el agua, agachándose para sumergir su cuerpo en ella. Al hacer esto revitalizan su esencia con las energía que desprenden los reflejos de las estrellas en el agua. La energía de las estrellas es pura, como las hadas,  y cuando entran en contacto con ella todas las haditas se ponen a brillar intensamente haciendo que el Bosque se ilumine. Los gnomos, centauros y animales que viven el Bosque se colocan en las orillas de los lagos disfrutando del espectáculo. Nadie hace ningún ruido pues lo que observan es tan maravilloso que quedan turbados con tanta belleza y paz. No es extraño entonces que las semanas anteriores a tan señalado día estén cargadas de emoción y felicidad.

Las hadas del Bosque se han reunido convocadas por Kin para hablar de los preparativos de la fiesta de fin de año, ya que antes de que tenga lugar el momento de “La caída de las estrellas”, como las hadas lo llaman, no pararán de bailar y disfrutar junto al resto de habitantes del Bosque. A la reunión también ha acudido Yoni como representante de los gnomos y Rufu, que correrá la voz sobre la fiesta por todo el reino.

Kin ha traído varias bolsitas con los polvos de hada para entregárselo a Yoni. Ese polvillo casi inapreciable que recubre las alas de las hadas y que tan codiciado es por los magos, alquimistas y por supuesto gnomos del mundo; aunque estos últimos los utilizan con fines mucho menos maquiavélicos y arcanos que los primeros. Yoni repartirá el preciado ingrediente para su brebaje favorito entre los gnomos y éstos a cambio tejerán las nuevas ropitas para el nuevo año que las hadas deseen.

La reunión se celebraba en el interior del tronco hueco de uno de los árboles más grandes del reino. La luz entraba por agujeros laterales del tronco, y varias luciérnagas proporcionaban un poco más de luz a aquello que para las hadas era su salón de reuniones. En el fondo del mismo se encontraban unas escaleritas que llevaban a un trono. En él,  Kin se encontraba sentada con una corona de flores. De pie a su derecha Pipi observaba a sus compañeras que revoloteaban y charlaban entre ellas. En uno de los lados observó que se encontraban Luz, Yelde y Luci. Al parecer Luz estaba haciéndoles alguna broma pues las dos pequeñas reían a carcajadas. Yelde con su desarrollada percepción notó como era observada, giró su cabecita hacia Pipi y la saludó con una enorme sonrisa en su rostro. Pipi le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo. Rufu y Yoni se encontraban en la entrada del tronco pues su tamaño hacia complicado que estuvieran cómodos dentro del árbol.

Kin se levantó del trono y pidió la atención de las hadas. Se hizo el silencio en la sala y todas miraron con atención a su reina. La reunión transcurrió de forma normal, como todos los años desde hacia cientos de ellos. Kin llamaba a cada hada para que recogiera una bolsita de polvo y la entregara a Yoni informándole al mismo tiempo sobre la ropa que quería le confeccionaran para el año entrante. Más tarde se explicaba a Rufu donde tendría lugar la fiesta de todos los habitantes del Bosque y que día concreto, pues sólo Kin con su poder mágico podía sentir exactamente cuando se produciría “La caída de las estrellas”. A continuación las hadas discutían sobre que bailes y juegos realizarían. Pero esta vez, cuando todas las asistentes a la reunión creían que podrían abandonar el salón y dedicarse a revolotear, charlar y jugar con sus compañeras, Kin pidió un poco más de atención.

La voz de Kin sonó potente y firme en el hueco tronco. Todas las hadas percibieron una Kin más poderosa que nunca, más grande, más bella, más brillante. Kin comenzó a relatar los acontecimientos relacionados con el Rastreador. Contó como la joven Yelde se introdujo en el tercer anillo. Momento en el cual se desparramaron sentimientos encontrados entre las allí presentes: aprobación, admiración, reproche, miedo…Yelde agachó la cabeza y no quiso mirar sintiéndose avergonzada. Continuó Kin con la historia del templo y el encuentro con el Rastreador; para concluir con un aviso y consejo a sus compañeras.

-Os pido que no tengáis miedo. El miedo nos impide brillar y nuestro brillo es la esencia de nuestro reino. Simplemente estad atentas; cualquier cosa que percibáis, escuchéis u observéis comentádmela a mi o a Pipi. No debemos ser temerosas, ni temerarias, simplemente cuidadosas. Ahora disfrutad de la amistad, la libertad y la belleza que nos rodea amigas-, y dicho esto gesticuló con las manos haciendo que miles de luces de colores llenaran el salón de reuniones. Las hadas quedaron maravilladas y como hechizadas por Kin y sus fuegos de artificio comenzaron a brillar, volando por doquier. Poco a poco fueron abandonando la sala. Luz se marchó y dejó a Luci y Yelde con Pipi y Kin que se habían unido a ellas.

-No debes avergonzarte de nada Yelde-, comentó Kin a la joven. -Desobedeciste una de las normas impuestas en el Bosque, pero si lo hiciste fue porque debía ser así. Las consecuencias de tu desobediencia sólo pueden ser consideradas como positivas, pues no hay nada más peligroso que la ignorancia y el desconocimiento de lo que merodea a nuestro alrededor. Gracias a tu curiosidad sabemos que no podemos tomarnos a la ligera el aviso que Ging nos dejó-.

Yelde levantó la mirada para encontrar los ojos cálidos de Kin. Se abrazó a ella y comenzó a brillar ligeramente. Luci, que observaba a una prudente distancia se acercó, abarcó el cuerpecillo de ambas con sus brazos fundiéndose en un abrazo con ellas y brilló con más fuerza.

La vida en el Bosque siguió su curso. Las palabras de Kin sonaban en las cabezas de las hadas pero no les entristecían, pues no era ese su fin. En una de las clases de conocimientos animales, en la que participaban Luci y Yelde, escucharon a un par de hadas comentar que unos días atrás Luz había sabido de mano de una mariposa gigante que varios grupos de humanos habían sido vistos cerca de las Montañas de la Separación. Yelde quedó fascinada, pues en su corta edad nunca había visto a ninguno. Y lo poco que sabía de ellos era a través de las historias que en alguna ocasión algún hada adulta o Bamba le habían contado. En seguida le vino a la cabeza una forma de echar una mano y obtener información que podría ser de utilidad para Kin y las demás. Lo comentó con la pequeña Luci y ésta no hizo más que animarle a llevar a cabo lo que consideraban su plan.

Tras la clase, Yelde y Luci se fueron a jugar y divertirse por el Bosque. Querían ir a buscar a Ganda para charlar con él y practicar un poco su habilidad de comunicación con las aves. Para que su plan tuviera éxito esta habilidad sería fundamental. Al día siguiente explorarían una nueva zona: el primer anillo. Yelde estaba segura que allí encontraría muchos pájaros que venían de fuera del Bosque con los que podría conversar y preguntarles sobre las tierras que se extendían más allá de los límites de su hogar. Hasta ahora nunca se había interesado demasiado por lo que había más allá del primer anillo, pero pensar en los pájaros que volaban lejos de allí le hizo plantearse cosas sobre como sería el mundo fuera del cerco de los gigantes árboles: los colores de los pájaros, los animales que vivirían fuera de los límites de su hogar. ¿Sería cierto que las estrellas brillaban allá lejos del mismo modo que aquí?. Como era de suponer a Luci la idea le pareció muy excitante. Le encantaba explorar y toda actividad que implicara estar con el hada del viento siempre le resultaba divertida. Se acostarían pronto, pensando que al día siguiente tenían que aprovechar la luz diurna pues en la noche los pájaros descansaban y no era de buen gusto despertarles para hacerles participes de sus juegos.

Las dos haditas se dirigieron al norte de las colinas del manantial. Dejaron atrás el segundo anillo y comenzaron a adentrarse en el primero. En él, cuando levantaban las cabecitas para mirar hacia arriba, no podía apreciarse el brillo del sol, y el suelo estaba cubierto por poca vegetación dado que los altos árboles no dejaban, con su espeso follaje, que los rayos de luz llegarán a la tierra. Pronto ambas se decepcionaron un poco. No habían demasiados pájaros y éstos parecía que nunca habían salido más allá de los grandes árboles. Yelde intentó en vano comunicarse con un erizo, pero este poco caso le hizo; sobre todo después que la pequeña Luci le agarrará con su manita del hocico. Yelde entonces decidió que se acercarían al límite del Bosque a pesar de que quedaban pocas horas de luz. Allí seguro que encontraban a alguien con quien conversar y sino al menos verían lo que rodeaba su hogar. Volaron entre los gigantes troncos hasta que la penumbra comenzó a desaparecer y la luz empezó a iluminar la base de los troncos. Escuchaban en la copa de los árboles un alboroto de pájaros que les hizo sonreír. Las ramas de los árboles estaban llena de silbidos, graznidos y todo tipo de sonidos emitidos por aves. La mayoría totalmente desconocidos para ellas. Por fin lo habían conseguido; sus rostros reflejaron una felicidad absoluta. Las dos batieron con fuerza sus alitas para ascender alto; bien alto hasta llegar a la copa de los árboles. Se posaron en una de las ramas y allí, un poco escalando y otro poco volando, entre risas y juegos llegaron a lo más alto.

Lo primero que vieron fue el horizonte. Era la primera vez que veían el cielo azul extenderse hasta donde sus ojitos les permitían ver. Las dos se quedaron boquiabiertas, asombradas de lo extenso que era el cielo. Yelde comprendió en ese momento que el mundo era grande, muy grande y que ella sólo conocía una pequeña parte del mismo. Vio como en el suelo, muchos metros por debajo de donde se encontraban,  habían unas ciénagas con un aspecto muy poco agradable. Habían troncos de árboles caídos y muchos árboles muertos. De algunas zonas de las ciénagas salían vapores. Que feo era todo aquello. En seguida  centro su atención en el más allá. Hacia el norte la vegetación era escasa y la tierra era llana. Muy lejos hacia el sur se observaban unas sombras que montañas debían ser. Y atrás, detrás de ellas, podía ver el  frondoso mar de hojas que formaban el primer anillo. En el Este, también a cierta distancia, otras montañas cortaban el monótono y llano paisaje. El sol tenía un color rojizo y parecía que poco a poco iba enterrándose en la lejanía, como si la tierra se lo fuera tragando. El cielo se llenaba de la tonalidad del sol mostrando unos colores preciosos. Ella creía que el cielo era azul o gris cuando llovía, o como mucho negro cuando la luna brillaba en lo alto. Pero nunca llegó a pensar que el cielo pudiera tener esos colores rojizos y anaranjados que presentaba en esos momentos. Las dos hadas se sentaron de golpe abrumadas por tanta belleza. Miraron a su alrededor para ver muchos pájaros, grandes y pequeños, de todos los colores y formas que se encontraban hablando unos con otros preparándose para descansar, pues poco a poco el sol se iba escondiendo lentamente y con él la luz se hacía más tenue. La noche llegaba y las aves se preparaban para dormir. No se preocuparon, disfrutarían de la puesta de sol y más tarde irían a la parte baja del Bosque para jugar. Cuando se cansaran recogerían algunas ramas y hojas y se harían unas camitas en las copas de los árboles para dormir bajo las estrellas. Una vez contemplada la belleza del atardecer no querían perderse lo que seguro sería el espectáculo del amanecer.

Los primeros rayos de sol golpearon el rostro de las pequeñas intrusas. Yelde se desperezó moviendo las piernecitas y restregando las manos sobre los ojos. Se incorporó para comprobar que no estaban solas. En la oscuridad habían construido sus camas al lado de un grupo de pájaros. Yelde empujó con ternura a la pequeña Luci para que despertara y pudiera disfrutar del amanecer. Las dos se miraron con una sonrisa en la cara. Su aventura había sido un acierto; el primer anillo les deparaba nuevas experiencias que no podían desaprovechar. El sol brillaba con fuerza y provocaba una agradable sensación en sus cuerpecitos. Ya no había rastro de la noche ni de las estrellas. Pudieron comprobar que muchos de los pájaros que el día anterior se encontraban en los árboles cercanos habían desaparecido. Aún así quedaban muchos por los alrededores. Las dos se levantaron y acercaron a sus vecinos. Eran pájaros azules; sus plumas brillaban con el reflejo del sol, que continuaba ascendiendo por el horizonte. Tenían picos cortos y unas patitas alargadas y finitas. Sus ojos eran amarillos o naranjas. Parecían simpáticos y no se molestaron ante la presencia de las dos sílfides. Algunos descansaban y otros observaban el horizonte.

Luci le pidió a Yelde que les preguntara de donde venían. El hada del viento se acercó a uno de ellos y lo hizo:

-Hola, soy Yelde, vivo en este Bosque, ¿dónde vives tú?-. El pájaro movió la cabeza rápidamente como si quisiera deshacerse de un molesto sonido. Giró y comenzó a observar al ser que tenía enfrente. El hada repitió la pregunta quedando de nuevo sin contestación.

-No deben ser muy inteligentes Luci. Creo que no me comprenden-, Luci miró a Yelde y en su rostro se vio una mueca de decepción.

-¿Cómo que no somos inteligentes, mosca gigante?- retumbó una chillona voz dentro de la mente de Yelde Waiva. El pájaro le había contestado. La excitación se hizo manifiesta en la sílfide, -¡Me ha contestado Luci!; ¡me ha contestado!-. La pequeña Luci comenzó a brillar y saltó de alegría. -Perdona pájaro, creía que al no ser de por aquí no me entendías. ¿Cómo te llamas? Yo soy Yelde Waiva y ella es Luci-, respondió el hada del viento al pájaro.

-Yo soy Koki, y ellos son mis compañeros de viaje. Venimos del otro lado de las montañas y creo que nos quedaremos por aquí una temporada. ¿a vosotras os gustan los mosquitos esos tan grandes que hay aquí?-.

Yelde explicó a Luci lo que acababa de decirle y está comenzó a reír de nuevo, ¡que divertido era para ella el juego!. -No; nosotras no comemos bichos, nos gusta la fruta. ¿Y por qué habéis venido hasta el Bosque?. ¿Dónde están las montañas de las que hablas?-.

-Están allá en el sur; a dos días de aquí volando a buen ritmo-,  respondió Koki mientras señalaba con el pico. -Hace dos noches el Bosquecito donde vivíamos fue invadido por una avalancha de insectos malos. Nosotros normalmente nos los comemos, pero en este caso eran ellos los que se lo comían todo: otros pájaros, pequeños animales que no volaban e incluso hojas y ramas. Tuvimos que salir huyendo. Pasamos mucho miedo-. Yelde comentaba con Luci todo lo que le decía Koki. Las dos estaban absortas con las revelaciones que les hacía el pajarillo y no quitaban sus ojos de él.

-Cuanto miedo debisteis pasar ¿verdad?. No os preocupéis. Aquí os protegeremos; nuestra reina es muy poderosa, tranquilos-, respondió Yelde. Luci asentía con seguridad para reafirmar las palabras de su compañera.

-Pasamos mucho, algunos de nuestros amigos no consiguieron llegar hasta aquí. Pero bueno, parece que estaremos bien; tenemos comidita y además, si dices que estaremos protegidos me quedo más tranquilo- . Un mosquito de las ciénagas pasó rápidamente por encima de sus cabezas. Koki lo vio y emprendió el vuelo tras el insecto, dejando a las dos hadas disfrutando del paisaje.

Pasaron las horas, las dos amigas fueron desplazándose de unas copas de los árboles a otras, e incluso descendieron al suelo para salir del cobijo que les proporcionaban los árboles para adentrarse en las marismas. La esencia allí era muy débil. Todo era tétrico; un paraje tan triste que se les hacía difícil aceptar que algo tan feo e inerte estuviera tan cerca del Bosque un sitio lleno de vida y alegría. Tras comprobar que la ciénaga no era un lugar en el que podrían encontrar algún tipo de diversión, decidieron subir de nuevo a las copas de los árboles para ver que veían o que pájaros encontraban allí. Esta vez no hubo pájaros, así que se tumbaron en el follaje con los brazos y piernas extendidas simplemente a observar el sol, las tonalidades que se proyectaban sobre el cielo y las nubes pasar arrastradas por el viento. Decidieron jugar a adivinar que pensaba la otra sobre la forma de las nubes. Un arbusto, un lagarto. Siempre acertaba Yelde claro está, pues a través de la esencia le leía los pensamientos a la pequeñita Luci que todavía no era capaz de protegerse de la intrusión ajena. Las horas pasaron y entre risa y risa el día continuó su avance. Cansada ya de tanto juego Yelde propuso que regresaran. Seguirían sus juegos con Kin. Es más, a pesar de la reprimenda que les daría le contarían su aventura y le preguntarían cosas sobre el mundo que se extendía más allá de los límites de la muralla de árboles.

Se incorporaron las dos con el pelo y ropitas llenas de hojas y ramitas. El sol que incidía en esos momentos sobre sus rostros las dejó por un momento cegadas. Poco a poco comenzaron a acostumbrarse al brillo de la luz y entonces comenzaron a distinguir algo en la lejanía.

-Mira eso Luci, ¿qué es?-, preguntó con curiosidad el hada del viento. -No se, ¿una nube negra?-, contestó la más pequeña de las dos sílfides. -¿Hay nubes negras en el mundo del más allá?. No tengo ni idea.

Las dos hadas estaban absortas intentando resolver que era aquella cosa. Una masa negra tan grande como algunas de las nubes que le rodeaban, pero que se encontraba a mucha menos altura y se movía en su dirección a mayor velocidad que las nubes blancas. En ese momento Koki, el pájaro azul, se posó cerca de donde se encontraban. -¡Corred!, ¡corred!, los malos están aquí. ¡Los malos nos han seguido!. Si nos quedamos no habrá salvación para nosotros-, dicho esto Koki emprendió el vuelo hacia el este. Al igual que él, muchos otros pájaros salían de todas las copas de los árboles. Los graznidos, gritos y nerviosos silbidos crearon un ambiente ensordecedor. Cientos de pájaros se elevaban por los aires y volaban en la dirección contraria a la nube negra. Yelde Waiva estaba paralizada; notaba el miedo en todos esos animalitos y no llegaba a comprender que podía ser aquello que les atemorizara tanto.

-Luci, quedate aquí. No te asustes; voy a regresar en breve. Vamos a averiguar que es eso que viene hacia aquí, y no; no creo que existan nubes negras-, dijo con seguridad a la pequeña que se encontraba inmóvil y asustada por tanto alboroto y movimiento. Yelde se elevó en el aire y voló hacia aquella cosa. Mientras volaba se concentró y lanzó un hechizo para potenciar su visión. Una decena de metros más allá su vista era como la de un halcón. La compacta y densa nube negra comenzó a ganar detalle cuanto más se acercaba la nube a ella y ella a la nube. La nube era un enjambre de rojas y grandes langostas. No eran como los saltamontes con los que se entretenía en el Bosque a veces. Eran dos o tres veces más grandes; sus cuerpos eran rojos como la sangre y sus mandíbulas desproporcionadamente grandes. Ver aquello le asustó de verdad. Notó cientos de miles de ojos posados sobre ella y lo que le produjo más temor, alrededor del inmenso enjambre había una esencia maligna, una oscura sombra que envolvía aquellos insectos y que los guiaba hacia el Bosque. Yelde dio media vuelta y voló en dirección a Luci. El enjambre tardaría todavía un tiempo en llegar hasta los primeros árboles. Para aquel entonces ellas dos se encontrarían bien dentro del primer anillo, y por lo tanto, seguras.

Las dos hadas volaban a todo lo que daban sus alas por en medio de los árboles. Yelde intentaba entablar contacto telepático con Kin o cualquiera de las otras hadas. Les pedía auxilio; les pedía que acudieran donde se encontraban ellas.  De repente Luz, una de las hadas entabló comunicación con Yelde. -¿Qué pasa pequeña?, ¿por qué estás tan asustada?-.

-¡Vienen hacia aquí Luz, los insectos rojos vienen hacia aquí a comerse todo!. Tenemos que avisar a Kin; tenemos que proteger el Bosque-, contestó Yelde. El hada del viento notó como Luz buceaba en su mente y obtenía información sobre lo que había vivido minutos antes. Se dejó llevar, permitió que el hada adulta comprendiera. -Acude al lago Rojo Yelde. Nos encontraremos allí, buscaré a Kin-,  ordenó autoritariamente Luz.

Minutos después todas las hadas del Bosque se encontraban allí. Kin y Luz mostraban en su rostro preocupación, mientras el resto de ellas estaban sorprendidas, curiosas por saber que había provocado tan urgente reunión. Las dos pequeñas estaban sentadas al lado de Luz, todavía resoplando por el esfuerzo y el susto que se habían llevado. Kin se elevó y se suspendió en el aire a la vista de todas las demás comenzando hablar en un tono autoritario y serio que indicaba que algo importante sucedía.

-Hermanas, amigas y compañeras; os he mandado reunir para informaros del gran peligro que se cierne sobre nuestro reino y sobre nosotras-, comenzó diciendo. Era una conversación silenciosa, totalmente telepática donde no se pronunciaban sonidos. Sólo el cambio en las tonalidades e intensidades de los brillos de las alas de las sílfides daban fe de que esas palabras provocaban algún tipo de reacción en las allí presentes.

-Desde más allá de las Colinas De La Arena viene un mal que tiene como objetivo nuestro querido Bosque. En unas horas estará aquí y con su llegada la profecía de mi hermana Ging parece comenzar a cumplirse-. El nombre Ging causó gran asombro entre todas las hadas. Kin contó como antes de desaparecer Ging le reveló una profecía, una visión sobre desgracias, dolor y destrucción de su reino. Al escuchar esto todas las hadas dejaron de brillar. Pero allí se encontraba una luz en medio de tanta oscuridad y no era otra que la de la reina de las Hadas: Kin la hermosa protectora del Bosque que seguía con su relato. Pasó a recitar la profecía para luego continuar con la parte de la historia concerniente al encuentro entre Yelde y Ging. Finalmente terminó explicando como la historia del Rastreador, que días antes les había revelado, podía tener relación con todo aquello.

-Esa es la historia. Parece ser que algo quiere destruir nuestro reino, pero yo os aseguro que no lo permitiré. ¡Defendamos nuestro hogar de la oscura sombra que se dirige hacia nosotras!-. Y dicho esto ordenó a unas y otras lo que debían hacer. Las hadas desaparecieron volando en diferentes direcciones. Luz, Kin y Yelde se dirigieron hacia el primer anillo para observar de nuevo aquel enorme enjambre de langostas que no eran otra cosa sino una oscura sombra.

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Todavía era de noche, quedaban unas horas para el alba. Jonan, el encargado del último turno de guardia, se encontraba sentado en las rocas. Un par de metros abajo, veía como dormía su hermano y resto de compañeros. No había escuchado nada hasta ahora, excepto el relinchar de alguno de los caballos que se encontraban unos metros alejados del campamento y ver poco se podía ver, pues sólo la luna proporcionaba un poco de luz entre tanta oscuridad. Decidió descender y apagar la hoguera para evitar que con las primeras luces del día el humo delatara su posición. Descendió poco a poco para no despertar a sus compañeros y una vez en el centro del campamento lanzó un poco de agua de su cantimplora para acabar con las llamas. Dio media vuelta y comenzó a trepar de nuevo por las rocas. Llegó a la cima y mientras se colocaba correctamente la vaina de la espada en el cinto y arreglaba sus ropas escuchó un ruido de piedrecillas por el otro lado de las rocas. Se acercó; miró para ese lado y se quedó bien quieto, escuchando, intentando percibir algún movimiento o ruido. Dio dos pasos de forma muy sigilosa hacia el borde de las rocas. Se detuvo y escuchó. De repente notó una fuerte presión en el cuello. Instintivamente se llevó las manos a él, para encontrar una cuerda o algo que le asfixiaba. Notó unas fuertes manos y un cuerpo grande detrás de él. Poco a poco notaba como se quedaba sin aire. Sus pies no encontraban un buen punto de apoyo donde asentarse para hacer fuerza. Los brazos de su atacante parecían vigas de hierro pues sus manos no eran capaces de hacerle soltar su presa: su cuello. Desesperado y sin tiempo para actuar, balanceó su cuerpo y utilizó el último aliento que le quedaba para impulsarse al vacío y arrastrar tras él a su enemigo. Esperaba así que en el mejor de los casos su oponente lo liberara. Los dos individuos rodaron por la ladera rocosa, perdiéndose en la oscuridad.

Abajo en el campamento Crísil abrió un ojo. Desde muy pequeño había tenido un sueño muy ligero. Él estaba convencido que fue desde que aquella cucaracha decidió subir una noche de verano por su pierna cuando era un crío, despertando en medio de una pesadilla. Aunque su madre lo negaba pues decía que ya desde pequeño, cuando dormía con ella y ésta se daba la vuelta, él siempre abría los ojos para ver que pasaba. Había creído escuchar algo, no podía concretar el qué. Observó y pudo apreciar a sus compañeros dormidos. Lonzo, como era normal en él, roncaba de una forma más parecida a la de un cerdo que a la de un hombre. La hoguera estaba apagada, aunque todavía veía algunas ascuas encendidas. Esta vez sí lo escuchó claramente, unas piedrecillas rodaban ladera abajo del otro lado de las rocas. Se incorporó muy lentamente y desenvainó a Luna, su espada. Se acercó a Elthrai y tapándole la boca le zarandeo suavemente. Éste se despertó sobresaltado. Miró para todos los lados, tranquilizándose cuando sus ojos toparon con los del joven guerrero. Crísil le siseó al oído, -He oído algo, despierta a los demás con cuidado-. Elthrai comenzó a erguirse. Crísil miraba hacia arriba, intentando localizar a Jonan, que debía estar allá arriba en algún lugar de la negrura circundante.

Entonces una figura apareció en lo alto. La luz de la luna hizo que en la oscuridad se dibujara una silueta. A partir de ese momento los hechos sucedieron uno tras otro atropelladamente. A esa silueta, una silueta humana que no era la de Jonan, se le unió una segunda. Crísil gritó entonces -¡Nos atacan, despertad!-. Elthrai desenvainó su espada y giró el cuello justo a tiempo para vislumbrar como varias figuras arrojaban redes sobre ellos. Instintivamente levantó su espada con fuerza en una maniobra defensiva a la vez que con su pierna empujaba a Lonzo, a quien justo había despertado y todavía se encontraba en cuclillas desperezándose. Lonzo entre la oscuridad, la pesadez de sus pensamientos y los gritos no sabía muy bien donde se encontraba. Su situación no mejoró demasiado pues la patada de Elthrai lo envío de bruces contra los sacos que se apilaban un par de metros más allá del centro del campamento, dejándolo aturdido y con un fuerte dolor de nariz. El resto de aventureros se encontraban todavía medio dormidos cuando despertaron de repente y asustados por el grito de Crísil. No tuvieron tiempo de levantarse, Batas quedó postrado enredado en un par de redes, mientras que Ramos que se estaba incorporando quedó cegado y enganchado de torso para arriba por otra red. Tropezaba como un pollo sin cabeza intentando deshacerse de la red cuando una de las figuras saltó sobre él desde la cima de las rocas y con los puños cerrados golpeó sobre su cuello dejándolo inconsciente. Crísil se abalanzó sobre la gran figura, que le sacaba no menos de medio cuerpo; cuando por el rabillo del ojo vio como otra figura saltaba sobre él. Tuvo tiempo de saltar a un lado esquivando lo que hubiera sido una estocada mortal. Por uno de los lados del campamento vio llegar un par más de enemigos. Las cosas se tornaban difíciles. No sabía nada de sus compañeros con la excepción de Elthrai y Batas. Al primero lo escuchaba batirse a pocos metros de él contra un oponente; los improperios que profería indicaban que no estaba saliendo del todo mal parado en su enfrentamiento personal. Al segundo creía verlo revolcarse por detrás de las dos figuras que lo amenazaban y se acercaban.

Crísil lanzaba estocadas defensivas a diestro y siniestro manteniendo alejados a los dos enemigos que lo cercaban e intentaban rodear. Entre gritos llamaba a Elthrai, para poco a poco acercarse y permanecer espalda con espalda y de esta forma defenderse mejor. Las chispas saltaban cuando las hojas de los aventureros chocaban con los sables y alfanjes de sus enemigos. Crísil asombrado observó como unas figuras arrastraban lo que debían ser los cuerpos de Batas y Ramos,-¡Se los llevan Elthrai, se los llevan, tenemos que abrirnos paso!- y dicho esto comenzó a lanzar estocadas buscando una brecha defensiva. Un grito de dolor rasgo la oscuridad, seguido por otro de satisfacción indicando que Elthrai había acabado con su contrincante. Al instante se encontraba hombro con hombro peleando junto a Crísil.

Mientras tanto, a pocos metros de donde tenía lugar toda la acción, Lonzo se levantaba por fin del suelo, cuando observó como un par de caballos se alejaban guiados por un jinete. -¡Alto rufián!-, gritó al ladrón mientras desenvainaba su espada. Avanzó hacia el resto de caballos cuando dos hombres muy grandes se interpusieron en su camino. La oscuridad reinante impedía que apreciara nada más sobre su aspecto físico a excepción de su tamaño y del tamaño de las grandes hachas que blandían. Se lanzaron contra él. El primero levantó el hacha por encima de su cabeza, como si su intención fuera partirlo por la mitad como a un viejo tronco, mientras que el otro aprovechando el gran alcance de su hacha la blandió de atrás adelante con los brazos extendidos intentando alcanzarlo. Se agachó rapidísimamente esquivando la estocada del segundo. Salto hacia adelante rodando por los suelos y antes que el guerrero que tenía el hacha por encima de la cabeza tuviera tiempo de reaccionar y defenderse, le asesto una estocada mortal en el costado. Lonzo giró sobre sí mismo justo a tiempo para parar un potente golpe del guerrero que todavía quedaba en pie. El impacto de la pesada hacha sobre su espada hizo mella en ella y pequeños trozos de metal salieron disparados. Lonzo cayó al suelo; el guerrero levantó de nuevo su hacha y lanzó otra estocada. El espadachín giró sobre si mismo para esquivar el nuevo hachazo, que al no encontrar su objetivo, se clavó en el suelo unos centímetros. Lonzo sacó de su bota un cuchillo y extendiendo el brazo lo clavó en el pie del guerrero que forcejeaba para sacar su hacha clavada en la tierra. El guerrero pegó un fino chillido pero lejos de saltar a la pata coja como Lonzo esperaba, empleó toda su rabia para sacar el hacha y volver a atacar a Lonzo. Éste ya erguido le esperaba para continuar con su duelo particular mientras que el ladrón montado volvía para llevarse otros dos caballos.

Crísil y Elthrai combatían con la intención de detener a los hombres que se llevaban a sus amigos. Sus dos oponentes sin embargo tenían como única intención acabar con su vida, y así lo atestiguaba el feo corte que Crísil tenía en el brazo derecho. Crísil sin dejar de lanzar y parar estocadas comenzó a silbar todo lo fuerte que la situación le permitía. Los silbidos llenaron el silencio de la noche. Nada cambió, todos siguieron batiéndose sin tregua. Crísil ya no observaba a nadie detrás de sus dos enemigos, se habían llevado a sus compañeros. Al instante un bufido y un relincho sonaron potentes detrás de los enemigos. Éstos viendo comprometida su retaguardia se pusieron nerviosos y no supieron reaccionar. Uno de ellos se distrajo lo suficiente permitiendo a Crísil, después de una finta, lanzar un corte al pecho del enemigo que lo dejó fuera de combate mientras que el segundo fue arrollado por una mole negra que venía desde atrás en carrera. Pantera había escuchado la llamada de Crísil y había acudido en su ayuda. De repente las nubes cubrieron la luna y todo quedó en la más absoluta oscuridad. Sólo se escuchaban los gemidos de los dos guerreros que habían estado combatiendo contra Crísil y Elthrai.

Lonzo y su enemigo se perdieron de vista cuando la nube extinguió la única fuente de luz que había dejándoles completamente a ciegas. Sigilosamente se movió en círculos, rodeando la hipotética posición de su enemigo. Se detuvo y escucho atento. A unos metros creía escuchar los jadeos del fatigado guerrero. A pesar de su fuerza y corpulencia, blandir ese gran hacha era una tarea que requería de un gran esfuerzo, sobre todo si estabas herido. El guerrero se encontraba quieto, girando sobre si mismo con una ligera cojera intentando averiguar por donde atacaría su rápido y esquivo oponente. El grave sonido de un cuerno sonó más allá de las rocas, haciéndose más y más agudo hasta que desapareció. El guerrero reconoció la llamada al instante. Omar, el líder del grupo llamaba a la retirada. El sudor le caía por la frente, en el estado que tenía el pie no estaba seguro de poder alcanzar el otro lado de las rocas y reunirse con sus compañeros. Decidió que se haría con el último caballo; se movió en su dirección y entonces notó una punzada en la barriga. Inmediatamente soltó su hacha y agarró con sus dos manos aquello que le había atravesado. Cayó hacia atrás dándose cuenta que su aventura había terminado, lejos de los suyos, lejos de sus amigos, solo y en silencio.

Lonzo escuchó como el guerrero arrastraba su pie un metro a su derecha, calculó la posición y con un rápido movimiento se lanzó hacia adelante con el brazo extendido como si todo él fuera una lanza. Su espada se clavó en algo y de súbito notó como le arrancaban la espada de las manos. Instantes después escuchó como algo pesado caía al suelo. Durante unos minutos permaneció tenso, desarmado, esperando un nuevo ataque, pero nada ocurrió. Entonces se relajó y comenzó a llamar a gritos a Crísil. Después del extraño ruido, todo quedó en silencio. Nada se oía, nada se movía. Pantera apretaba su cabezota contra el cuello de Crísil, ajeno a todo el drama que se había vivido. Crísil y Elthrai escucharon como Lonzo les llamaba en la oscuridad, sin bajar la guardia y cubriendo sus espaldas se acercaron primero al campamento para recoger una antorcha. La encendieron y se dirigieron al punto del que provenían los gritos. Allí lo encontraron arrodillado, sucio y empapado de sudor. -Acabé con ellos, aunque nos robaron los caballos- dijo al tiempo que se levantaba mostrando una amplia sonrisa. Sonrisa que quedó truncada al ver la cara de preocupación de sus amigos.

Crísil contó a Lonzo lo que había pasado y regresaron al campamento. Allí yacían los cuerpos de sus enemigos. Se trataba de seres humanos. Eran de complexión musculosa y muy altos. Su piel estaba recubierta de tatuajes, algunos llevaban la cabeza rapada y otros presentaban una larga melena. Calzaban botas y pantalones cortos fabricados con pieles y no cubrían su musculoso torso con vestimenta alguna. Sus orejas y cejas estaban adornadas con pendientes de oro y plata. Sus fuertes brazos estaban adornados con brazaletes y pulseras de grandes eslabones. De sus compañeros no había ni rastro. Observaron unos surcos en la tierra como si los hubieran arrastrado. Pero poco más podían vislumbrar entre tanta oscuridad. Decidieron esperar las pocas horas que quedaban para el alba y entonces decidirían que hacer. Parecía que su aventura no iba a tener un final feliz.

 

 

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