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Archive for 21 diciembre 2012

Las hadas se habían dispersado. Tras la exitosa defensa del Bosque de las langostas rojas, Kin y Pipi habían decidido vigilar por un tiempo las fronteras del reino. Estaban seguras que el peligro no había pasado. Alguna de las hadas en dos grupos de dos y turnándose entre el día y la noche se desplegarían por la muralla de árboles. Estas hadas debían estar atentas a cualquier cosa extraña que sucediera y por supuesto avisar de la presencia de intrusos fuera cual fuera su naturaleza. Pipi se encargaría del sector norte, el sector por el cual se habían acercado las langostas. Como Guardiana del Reino también ayudaría y coordinaría las acciones del resto de vigilantes del perímetro. Yelde Waiva en reconocimiento a su valiente y pronta reacción ante la amenaza de las langostas fue premiada con uno de los turnos de vigilancia en el otro grupo. Se encargaría del sector más tranquilo, el orientado hacia el este hacia la Meseta Yerma, territorio de humanos y por el cual no esperaban ninguna amenaza. Luci a pesar de los intentos por acompañar a su inseparable amiga fue obligada a permanecer en el segundo anillo no dejando de lado sus clases y con la prohibición expresa de Pipi de salir a buscar a su amiga. Luz sería la compañera de sector de Yelde.

Durante las próximas semanas las dos se turnarían en sus tareas. Tras conversar sobre sus obligaciones y pensar que hacer en caso de avistar alguna cosa decidieron que Luz durante la primera semana haría las guardias nocturnas, mientras que Yelde las diurnas. Cuando el sol se pusiera y los pájaros dejaran de cantar Luz acudiría en busca de Yelde para que ésta pudiera retirarse a su casita y descansar. Al amanecer, cuando el sol comenzara a brillar y los pajarillos dieran la bienvenida al nuevo día, sería Yelde quien relevaría a la otra. Serían días en los que los juegos y diversiones se reducirían al mínimo pero a Yelde no le importaba pues consideraba la misión asignada algo muy interesante e importante ya que demostraba que las hadas adultas ya le consideraban preparada en todos los sentidos. Lo único que apenaba a la pequeñita sería el tiempo que estaría alejada de Luci; pero ellas ya habían hablado como resolver este contratiempo. La pequeña luminosa dormiría con ella de modo que tendrían tiempo para observar juntas las estrellas y de bañarse en el manantial por las mañanas, después de desayunar y antes que Yelde partiera a relevar a Luz. Kin también decidió vigilar de cerca las acciones de los babosos verdes del tercer anillo estableciendo un grupo de vigías formado por Tanane y Pétalo que estaría comandado por ella misma controlando todo aquello que saliera de las negras zarzas.

El primer día de vigilancia de Yelde fue algo más que aburrido: soporífero. Un día tremendamente tranquilo e insoportable. Aprovechó  para entretenerse charlando con todo tipo de animalillos voladores. Practicó también alguno de sus conjuros optimizando la energía que necesitaba para lanzarlos: vista de halcón, velocidad de águila, escudo protector…A la noche Luz llegó y la relevó y sin nada importante que contar cambiaron sus puestos. En su casita se encontraba Luci, quien le esperaba con una sorpresa. No sólo le había preparado una cena con las más ricas frutas que podía encontrar en el Bosque sino que el hadita había invitado a un compañero: Ganda el loro gris les acompañaría esa noche. La pequeña había pensado que Ganda podría hacerle compañía durante las largas horas de vigilancia que le esperaban a Yelde durante los próximos días. Con sus historietas y bromas seguro que el hada estaría entretenida hasta la llegada de la noche. Yelde abrazó a su amiguita. -Como te quiero Luci; siempre piensas en mí-, y comenzó a brillar suavemente demostrándole a su pequeñita amiga la alegría que sentía. Luci le devolvió el abrazo y haciendo honor a su apodo brilló intensamente, -Yelde te quiero mucho; no sabes lo solita que me he sentido hoy, por eso no quiero que tú te sientas sola mañana allá en el anillo de árboles-.

-¡Bueno, bueno! Ya está bien de sentimentalismos; me habéis traído a cenar, ¿no?. ¿Dónde están las pipas que me habías prometido pequeña luciérnaga con patas?-, graznó Ganda en el idioma de los humanos interrumpiendo el emotivo momento. Las dos hadas que habían percibido los pensamientos del loro, rieron y se sonrojaron. Los tres se sentaron y Luci hizo de anfitriona sirviendo la comida que más gustaba a uno y otra. Finalmente se retiraron a dormir. Yelde debía descansar para no dormirse durante su guardia.

C&C

Crísil escuchaba todavía atrás suyo los gritos de rabia e ira que proferían los bárbaros a sus espaldas. También dentro de su cabeza resonaba el grito agónico de Lonzo. Una sensación de desasosiego le invadió. Los recuerdos de su amigo se sucedían en su mente uno tras otro: su infancia; su primera cacería juntos; sus rencillas y peleas; sus duelos. Todo eso ya era pasado; después de ese día todo eso iría desapareciendo sepultado por nuevos recuerdos, por nuevas alegrías y tristezas y cuando fue consciente de eso las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas. Esas serían las únicas lágrimas que vertería por su amigo porque los guerreros no podían darse el respiro de mostrar sus sentimientos en público, de expresar lo que sentían, de mostrar debilidad; de llorar. Menos aún podía hacerlo un príncipe, era él quien debía reconfortar a los desolados, animar a los confusos y guiar en la derrota y  la victoria a los valientes. Se agarró fuerte a la crin de su caballo y apretó sus piernas contra el cuerpo del animal. Los bárbaros no tenían ensillados los caballos lo cual ahora que necesitaba ir lo más rápido posible hacía difícil, cuando no doloroso, galopar a todo lo que su montura herida podía. El caballo, no estaba seguro si era el de Jonan o Ramos, resoplaba. En su hocico las fosas nasales parecían cráteres; se abrían buscando hasta la última gota de aire con el oxígeno del cual alimentar los potentes músculos que en esos momentos debían lanzarlo hacia adelante, aumentando con cada zancada la distancia entre ellos y sus perseguidores.

Si Crísil hubiera tenido ojos en la nuca podría haber observado como dos engendros de la naturaleza les perseguían a no demasiada distancia. Los mastines, con sus babeantes fauces abiertas, corrían con sus cortas patas en busca de su presa. Su amo les había permitido desarrollar su mejor habilidad, cazar y eso es lo que harían.

Los mastines eran animales pesados que no se caracterizaban por su velocidad, velocidad que quedaba todavía más en entredicho si la comparamos con la de un vigoroso corcel de guerra. Aún así, su resistencia rozaba lo sobrenatural y sus facultades para rastrear presas no tenía comparación en el mundo animal. Los mastines podían perseguir una presa durante varios días, a su paso, sin desfallecer y sin que fueran capaces de engañarles o darles esquinazo. Cuando su presa se cansara, se descuidara y detuviera su huida ellos estarían allí.

A pesar de montar un potente caballo Crísil tenía una desventaja, su corcel estaba herido. El animal no sólo luchaba por alejarse de los mastines sino también por que las fuerzas no le abandonaran. La herida que tenía en la pata izquierda sangraba sin parar y poco a poco, en una especie de goteo interminable de energía, su vida se escapaba irremediablemente. Crísil notaba el sufrimiento del animal, le arengaba con gritos de ánimo y palabras cariñosas –¡Vamos pequeño!, tu puedes. ¡Vuela como el aire, no te preocupes, yo sé que lo conseguirás!-. Se agarraba fuerte y no quería mirar atrás. Ahora su única preocupación era alejarse lo más posible del campamento  arrastrando tras de sí a sus enemigos para de esta forma alejarlos de sus compañeros.

Toda la acción sucedió en pocos minutos. Lonzo atacó. Crísil partió hacia el campamento y él, como habían acordado comenzó a lanzar flechas a los bárbaros que amenazaban a sus compañeros. Luego las flechas se acabaron. Elthrai tras colgar el arco en su espalda se levantó y preparó sus armas. Se sentía impotente pero el plan era ese. No tenía sentido acudir al campamento. Rescatarían a sus amigos y huirían de allí. Desde la lejanía observó como Crísil llegaba a la altura del carromato y como sus amigos eran puestos en libertad instantes después. Ramos y Jonan llegaron a su altura montados en Pantera; se saludaron y rieron de alegría sin desmontar ni relajarse. El peligro todavía no había terminado como atestiguaban los gritos y el entrechocar de armas que se oían en el campamento.

Minutos después Batas cabalgaba hacia ellos. Crísil y Lonzo seguían en el campamento. Tan pronto como la distancia que les separaba disminuyó pudieron observar que las cosas no iban tan bien como hubieran deseado. Batas tenía el brazo derecho atravesado por una lanza y sangraba abundantemente. Se encontraba en un estado de semiinconsciencia. Apunto estuvo de caer cuando su caballo se detuvo al lado de ellos.

-Corramos hacia nuestro reino compañeros, Crísil nos ha ordenado que regresemos a la Planicie con los arbustos. No miréis atrás pues nadie más vendrá-, fue capaz de articular entre gemidos de dolor. No hubo tiempo para curas ni preguntas, mucho menos para felicitaciones o lamentaciones. Elthrai montó a la grupa del caballo; rompió con sus manos parte del mango de la lanza y agarró a Batas por la cintura para evitar que cayera. Los jinetes ordenaron a sus monturas continuar camino dirigiéndose hacia las Montañas de la Separación. Elthrai miró atrás y allá lejos pudo observar como un jinete salía huyendo perseguido por dos mastines. Giró de nuevo y apremió a su montura a avanzar. En su espalda colgaban dos sacos llenos de arbustos que debían llegar como fuera al castillo. Los dos caballos galopaban al máximo que les permitían sus fuertes patas cargadas con el peso de dos jinetes cada uno. Alejándose del peligro, poniendo distancia entre ellos y la Meseta Yerma, el Reino de los Bárbaros Negros.

Omar estaba de pie junto al guerrero muerto, tenía los brazos en jarra y su espada se encontraba ya enfundada. Escupió al suelo y maldijo el día en que decidió atacar a esos exploradores. Apotecarios creyó que eran en su día. La mueca que apareció en su cara reflejaba que era bien consciente del error que había cometido. Levantó la mirada justo para ver como el jinete desaparecía en la lejanía. Atrás sus dos mastines lo perseguían a unas cuantas decenas de metros. No escaparía tal vez hoy no, pero mañana sus cazadores darían con él. Giró y miró a su alrededor. Había perdido tres hombres más y alguno de los que estaban todavía en pie habían resultado heridos. Sus caballos dispersos por la pradera. Un desastre completo, sólo así se podía definir su última cacería de humanos.

Deseaba perseguir a los otros aventureros pero sabía que en el caso que finalmente les dieran alcance la contienda estaría demasiado igualada como para volver a arriesgarse. En cambio ese solitario y valiente guerrero, al cual no se le podría sacar gran partido comercial, si sería un buen bálsamo para sanar las heridas de su honor y orgullo. Profundas heridas que el joven le había causado. Prenderlo y someterlo a la venganza de sus hombres serviría para restablecer su moral y la confianza en él, su líder. Omar agarró su capa y tapó su desnudo torso para protegerse del frío de la mañana. Giró sobre sus talones y se dirigió hacia el centro del campamento, -¡Vamos malandrines, montad a los heridos en el carromato!. ¡Tú!, Cunan; recupera los caballos!-,  vociferó. Cunan llevaría a los heridos en el carromato al campamento, mientras que él y dos de sus hombres cabalgarían en pos del guerrero y los mastines. Pasó el rato y una vez ya habían recuperado los caballos  ordenó montar al otro bárbaro. Agarró el cuerno y sopló con fuerza. Sus hombres respondieron con un grito de guerra , en sus ojos vio odio, ira y ganas de venganza. La cacería había vuelto a comenzar.

C&C

Habían pasado un par de horas desde el enfrentamiento en el campamento bárbaro. Crísil había reducido el ritmo de su caballo tan pronto comprobó que nadie les seguía. Aunque le hubiera gustado detenerse para comprobar el estado de la pata del caballo sabía que no podía, por lo que se tuvo que contentar con verter parte del agua de la cantimplora sobre la herida del animal. El amanecer había concluido y el sol brillaba, aunque sin fuerza, en el cielo. Faltarían unas horas para el mediodía. Continuaría trotando hasta ese momento y entonces descansaría.

Pasaron las horas y finalmente Crísil decidió descansar. Se encontraba cerca de una de tantas agrupaciones rocosas que se encontraban aquí y allá en la zona de la meseta. Sería un buen punto desde el que comprobar si le seguían o si sus perseguidores habían desistido de darle caza. Desmontó y se dirigió hacia las rocas. Unos metros después el caballo se detuvo para recostarse en el suelo. El guerrero se acercó a él. Le acarició el lomo y pasó a comprobar el estado de la pierna. Tenía muy mala pinta. La herida era bastante grande y no había parado de sangrar en ningún momento. La rápida huida no había favorecido en nada. El animal había luchado hasta el final de sus fuerzas, sacando energías de donde no tenía. En cuanto Crísil desmontó percibió que el peligro había pasado y entonces dejó de luchar. El joven agarró una de sus cantimploras y le dio de beber al caballo. Se sentó junto a él comprendiendo que la aventura para su compañero había terminado. La naturaleza y la resistencia del animal decidirían la suerte que correría.

Desde ese momento debería seguir su viaje solo, ¿pero hacia dónde?. Debería esperar a la noche para intentar orientarse a través de las estrellas. Buscaría una de esas estrellas brillantes que nunca cambiaban de posición para intentar retomar el camino de vuelta. La herida de la espalda le dolía, cada minuto que pasaba era más y más consciente del peso de la cota de malla. A partir de ahora, que debería continuar a pie, su peso sería insoportable por lo que se desprendió de ella. Rebuscó entre sus pertenencias y decidió conservar únicamente su espada Luna, su cuchillo, la cantimplora que le quedaba llena, una bolsa con pan de viaje, una manta y la mochila. Por supuesto conservaría puestas sus raídas y sucias ropas pero dejaría atrás todo lo demás. Bebió, descansó y buceó en un mar de pensamientos y reflexiones durante varios minutos tras lo cual se levantó, y después de acariciar con cariño la frente del caballo, se dirigió a las rocas. Ascendió hasta lo más alto y desde allí miró en la dirección que había venido.

En un principio se alegró al no divisar jinetes en la lejanía pero luego muy, muy lejos observó dos puntos negros que viajaban en su dirección. Mastines o similares pensó. Saltó de roca en roca y comenzó a trotar en dirección a alguna parte. No tenía un plan. No tenía ideas; sólo podía correr e intentar alejarse lo máximo de sus perseguidores. Allá en el horizonte divisaba lo que en su día Batas le dijo que debía ser un bosque o selva. Si era capaz de llegar hasta allí encontraría alimentos, agua y cobijo.

Pasaron las horas y el día se nubló. Crísil perdió la noción del tiempo que llevaba caminando. Miraba atrás de forma nerviosa cada poco tiempo, temiendo divisar a sus perseguidores, sin detenerse; sin bajar el ritmo. Un viento helado comenzó a castigarle haciéndole resguardarse con la manta, debido a que sus ropas no eran barrera suficiente para tal frío. La noche llegó y con ella la necesidad de detenerse. No tenía fuego así que paró en medio de la nada y se dejó caer sobre la hierba. Comió, bebió y de nuevo sus amigos, su hermana vinieron a su cabeza…y otra vez lloró. No podía dormir; no debía dormirse. Pero al final el cansancio pudo con él y de forma imperceptible el sueño nubló sus sentidos y cerró sus ojos.

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La luz del sol se coló por la entrada de la casita de Yelde. Luci como era norma se despertó antes y enseguida se apresuró a llamar a Yelde, una dormilona sin parangón. Las dos haditas comieron algo de fruta y volaron hacia el manantial. La fría agua terminó por desperezarles y prepararles para un nuevo día. Yelde se despidió de Luci y voló hacia el primer anillo no sin antes pasar por el refugio de Ganda. Hoy sería un día mucho más divertido gracias a su compañía. Llegó puntual al primer anillo y allí buscó telepáticamente a su amiga Luz. En pocos segundos ya había entablado conversación con ella y tras una conversación en la que el hada adulta le explicó que no había visto ni percibido nada, lo cual eran buenas noticias, se despidió y partió a descansar. Yelde se sentó y comenzó a hacer preguntas a Ganda sobre su pasado en el circo humano preguntándole sobre la apariencia de los humanos, sus costumbres e idioma. Ganda se despachaba a gusto contra los semejantes de sus antiguos carceleros,  utilizando frases y expresiones que hacían partirse de risa a la hadita. A pesar de estar conversando con Ganda, Yelde no dejaba de sondear los alrededores buscando fuentes de esencia. Oteaba también los límites del Bosque mientras el loro, sin importarle la falta de atención de su interlocutora, seguía dándole al pico con una verborrea graciosa. De tanto en tanto volaban hacia otra zona de árboles para de esta forma alcanzar con sus hechizos y su mirada otras zonas del sector. Pasaron así las primeras horas de la mañana sin acontecimientos que lograran sobresaltar o ni siquiera llamar la atención de la curiosa hadita.

C&C

Crísil despertó congelado. Todo estaba oscuro y no sabía que hora era las nubes cubrían la luna, si es que la había, y el silencio reinaba en toda la llanura. Se mantuvo despierto y poco a poco percibió algo de claridad. Una vez tuvo claro hacia donde tenía que dirigirse se levantó y continúo su avance en penumbras. Las nubes se abrieron y el sol comenzó a levantar vuelo. Le llamó la atención observar algunos pájaros que volaban en el cielo ya que hasta entonces no había visto aves ni otro tipo de vida animal. Asoció tal hecho a la cercanía del bosque, pues no podía encontrarse ya a más de unas cuantas horas de viaje. Siguió su avance sin dejar de mirar atrás. A mediodía había dado cuenta ya del agua de su cantimplora. Maldijo y lanzó al suelo el recipiente pateándolo con rabia. Continúo. Podía apreciar ya la masa verde a la que se dirigía. Era enorme. Con desilusión llegó a la conclusión de que estaba mucho más lejos de lo que creía pues debía ser tal el tamaño de los árboles que le habían hecho errar en las distancias.

Caminó y caminó y en una de esas ocasiones en las que giraba el cuello para observar que había a sus espaldas se detuvo en seco. Giró totalmente y posó su mano sobre la empuñadura de la espada. Con la otra mano agarró la mochila y la tiró al suelo. Se despojó de la manta y avanzó varios pasos. Después se sentó y espero mirando al frente. Permaneció sentado impasible, tranquilo, relajándose mientras que en el horizonte, claramente distinguibles, los dos mastines se acercaban a buen ritmo hacia él. No había podido desprenderse de ellos y ahora no le quedaba otra que luchar por su vida.

Los mastines llegaron a su altura, Crísil los esperaba con Luna en una mano y la manta enrollada en el otro brazo a modo de escudo. Como animales salvajes que eran se lanzaron al mismo tiempo contra él. Se revolvió asestando una estocada al cuello de uno de ellos, que encontró la resistencia del collar protector. La lucha se alargó durante minutos. Varias veces hirió el valiente guerrero a cada una de las bestias y otras tantas lo hirieron a él. Tras más de media hora de lucha consiguió acabar con la vida de uno de ellos enterrando a Luna en las entrañas del animal. La espada quedó atrapada y se vio indefenso.

La imagen que ofrecía el guerrero era más que grotesca. El pelo le caía por su barbuda y sucia cara en la que un par de cortes se extendían por sus mejillas. Sus ropas estaban totalmente rasgadas y los trozos que todavía conservaba estaban manchados de sangre. Sus pantalones no eran otra cosa que un manojo de harapos pero allí estaba él, todavía vivo, con el brazo derecho envuelto en la manta levantándolo para protegerse del inminente ataque, con la mirada fija y un rictus de concentración que indicaba toda la determinación y fe que tenía en salir victorioso. En frente, el mastín se movía de forma nerviosa de lado a lado acechando, buscando un síntoma de debilidad. Su asqueroso pelaje presentaba numerosas heridas y el dolor que le habían infligido lo hacía más temeroso; mucho más cauto que cuando se lanzó por primera vez sobre su presa. Crísil se agachó ligeramente y miró al suelo, sin dejar de mirar de reojo a la bestia. La bestia guiada por sus instintos de cazador creyó atisbar una oportunidad de acabar con su presa; un enemigo desarmado que se encogía por el miedo y el dolor. Tensó los músculos y dando un tremendo rugido saltó hacia delante. El guerrero observó el movimiento del mastín y justo cuando estaba apunto de caer sobre él levantó el brazo enrollado en la manta para protegerse de las fauces del animal al mismo tiempo que se dejaba caer sobre su espalda. El mastín mordió con fuerza el brazo del guerrero. Aún estando protegido por la tela que recubría su brazo, la tremenda fuerza del animal y los bruscos movimientos de éste desgarraron y dejaron muy maltrecha la extremidad. Las patas delanteras se habían posado a los lados de la cabeza del guerrero permitiendo al mastín desarrollar toda la fuerza con su potente mandíbula. Lo estaba pasando muy mal, haciendo toda la fuerza que podía para contrarrestar los movimientos del animal y evitar que este arrancara de cuajo su brazo. Con su otra mano agarró el cuchillo que tenía sujeto en la parte de atrás del cinto y con todas las fuerzas que le quedaban hundió el arma en el pecho de la bestia. El mastín sintió el dolor, soltó su presa e intentó escapar de la mortal punzada pero entonces  Crísil, con su destrozado brazo, agarró el collar del animal mientras que con el otro seguía clavando más y más el cuchillo. La bestia rugió de dolor y se retorció una y otra vez hasta que al final cayó encima de su verdugo. Crísil desfalleció agotado y herido y en las sombras anduvo vagando durante un tiempo indeterminado. De nuevo los sueños se apoderaron de su subconsciente.

Primero los ojos luminosos hicieron acto de presencia y luego su hermana Vasa, lloró y lloró pidiéndole que no le abandonara. Sus llantos de desesperación le despertaron. Encima de él yacía el cuerpo inerte del mastín. Lo empujó a un lado y se incorporó. Su brazo derecho estaba desgarrado, su hombro no estaba mucho mejor y no podía moverlo. Recuperó su espada y las cosas que había dejado a un lado antes del enfrentamiento. Giró y comenzó a caminar a todo lo que le permitían sus fuerzas. El sabía que detrás de los perros vendrían sus amos.

El bosque estaba ahí a menos de una hora. Veía ya los altos árboles y como algunos pájaros volaban hacia sus copas. Corrió tropezando y trastabillando presa del miedo, del pánico de  saberse perseguido, de saberse herido y débil. Escuchó el cuerno, ese cuerno que resonó en la noche en que los bárbaros apresaron a sus amigos. Miró atrás y allí estaban. Tres jinetes se dirigían hacia él al galope. Le darían caza en pocos minutos. Tiró la mochila al suelo y comenzó a correr con todas las fuerzas que le quedaban; no quería mirar atrás. Poco podría hacer contra varios jinetes armados. Un olor a putrefacción comenzó a hacerse presente en su olfato. Enfrente de él, muy por delante de los verdes y grandes Bosques, un paraje desolador cobraba realidad. Árboles muertos, zarzales, ramas caídas y algún que otro arbusto comenzaron a llenar el paraje. Corría y corría, y cuando ya comenzaba a escuchar el ruido de las patas de los animales sobre el duro suelo, y los gritos de sus jinetes eran claramente perceptibles, notó como el suelo debajo de él se ablandaba. Tropezó con un tronco caído cayendo de bruces en un estanque de aguas sucias y malolientes. Se levantó maldiciendo con los ojos abiertos como platos y los pulmones ardiéndole del esfuerzo. Miró atrás y vio que los jinetes estaban a pocos metros ya. Siguió corriendo pero enseguida volvió a tropezar y esta vez se hundió en una laguna de cieno y barro. Sus manos buscaron donde asirse y al final encontraron un tronco. Se aferró a ella y sacó su cabeza. Escupió toda la porquería que tenía en la boca. El cieno le llegaba hasta el cuello, su brazo sano asía un tronco de un árbol caído sobre una laguna de varios metros de diámetro. A unos metros de allí en la orilla observó a Omar y a otro bárbaro con las armas desenfundadas oteando e intentando averiguar donde estaba. Omar gritaba a sus esbirros señalando algunos puntos de la laguna. Crísil se percató que iban a mirar en su dirección y entonces decidió hundirse de nuevo en la fangosa laguna. Mantuvo la respiración todo lo que pudo, los minutos le parecieron horas y cuando no pudo más volvió a salir a la superficie. La sucia agua le caía por la cara impidiéndole ver con claridad y a unos cuantos metros de distancia vio entre los árboles alejarse a uno de los bárbaros. Los bárbaros se habían ido sin encontrarlo.

Con las pocas fuerzas, sin soltarse del tronco, se deslizó hacia la orilla contraria. Salió de la laguna y comenzó a gatear hacia los árboles que se encontraban unos cientos de metros más allá. Fue dando tumbos de un tronco a otro. Gateó e incluso se arrastró entre barro, ramas y cieno. Numerosas espinas se clavaron en su cuerpo y muchas otras rasgaron su sucia piel. Chapoteó entre ciénagas y a punto estuvo en un par de ocasiones de morir ahogado en una especie de arenas movedizas. Al lado de eso las molestias ocasionadas por las decenas de picotazos de mosquitos y el ser elegido como huésped de varias sanguijuelas era una mera anécdota. Pero al final, sacando fuerzas de flaqueza, visualizando el final de su aventura y pensando en sus amigos, en Maha, en Vasa, en todas aquellas personas a las que quería y que seguro estaban deseando que regresara, salió de todas las trampas que las ciénagas le pusieron.

Temblaba de frío; su brazo derecho estaba completamente inerte pegado a su pecho y la herida infectada de la espalda le castigaba con pinchazos de dolor con cada movimiento. Se apoyó en el tronco de uno de los gigantes árboles que lo rodeaban. Se dejó caer deslizando su espalda por la dura corteza. Cerró los ojos y entonces gritó, gritó como hacia horas deseaba hacer. Liberó toda su frustración, pena, miedo y soledad pero también gritó de alegría, de satisfacción. Había llegado al bosque, había escapado de sus perseguidores y aunque se encontraba muy mal, todavía tenía esperanzas de regresar a casa. Se tumbó, se acurrucó como un bebé y disfrutó de la extraña calidez que reinaba en aquel lugar. A pesar de ser invierno allí parecía que la temperatura fuera mayor. Poco a poco fue entrando en calor dejó de temblar y por fin, después de mucho tiempo, se lanzó voluntariamente y sin miedo a las sombras del sueño.

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Los aventureros cabalgaban veloces recortando con cada zancada de sus caballos el espacio que los separaba a ellos, -los perseguidores-, de los otros, -los perseguidos y captores de sus compañeros-, y al mismo tiempo se acercaban cada vez más a la Meseta Yerma que realzaba su perfil contra el horizonte. La lluvia de la noche anterior había hecho que el surco dejado por las ruedas de un carromato fuera fácilmente rastreable por un experto cazador como Lonzo. El sol se encontraba a medio camino de su recorrido, marcando el mediodía, cuando los jinetes pasaron a una decena de metros de un pequeño macizo rocoso típico de la zona. Lonzo pidió que se acercaran al mismo. Se apeó de su montura y pidió que esperaran ya que tenía que buscar una herramienta que le ayudaría durante la liberación de sus amigos. Se encaramó a las primeras rocas desapareciendo de la vista mientras abría una bolsa. Estos se miraron arqueando las cejas y descabalgaron para aprovechar y dejar descansar a las monturas. El descanso se alargó por media hora. Lonzo apareció con una sonrisa de oreja a oreja: -Demos caza a esos perros-.

Los tres amigos volaron de nuevo durante horas. No volvieron a descansar hasta que la noche hizo acto de presencia. Tenían pensado continuar durante la noche pero era necesario parar al menos una hora para que los caballos pudieran recuperar fuerzas. Estaban los tres sentados discutiendo sobre que hacer cuando alcanzaran a sus amigos cuando los repentinos fogonazos de los relámpagos de una tormenta atrajo su atención. La oscuridad de la noche se abría paso, pero a poco más de una jornada de viaje hacia el oeste los relámpagos iluminaban el firmamento. De la misma forma repentina que comenzó la tormenta, transcurridos varios minutos, desapareció dejando paso a una silenciosa y oscura noche. Minutos después los tres amigos cabalgaban de nuevo en dirección a la Meseta Yerma.

A unas cuantas horas de viaje los bárbaros habían acampado; al amanecer continuarían viaje y al final del día llegarían a su campamento. Desde allí, tras dos jornadas más, podrían descansar en su hogar, donde la cerveza y el codillo los esperarían. Los bárbaros dormían al raso con sacos y mantas. Omar lo hacía en el centro del campamento, cerca del calor de la gran hoguera y alrededor de la cual se distribuía el campamento. El resto de bárbaros se acostaba lo más cerca posible de la hoguera respetando la antigüedad en el grupo. El carromato se encontraba marcando uno de los límites del campamento, mientras que en el extremo opuesto los caballos se encontraban todos juntos. Los mastines dormían encadenados un poco más lejos, pues el olor a comida, hombres y caballos, amigos y no amigos los alteraban y hacían que continuamente estuvieran despertando a los demás. La prepotencia de los bárbaros y la seguridad que les daba encontrarse cerca de su territorio hacía que no establecieran ningún orden de vigía y que nadie actuara de centinela.

Tras varias horas de viaje en la oscuridad los jinetes divisaron a unos kilómetros de distancia un resplandor. Una hoguera sin lugar a dudas. Disminuyeron el paso y por fin sintieron un pequeño alivio. Sus amigos debían encontrarse allí; el amanecer traería no sólo luz sino también libertad. Decidieron comer algo para recuperar fuerzas. Quedaban pocas horas de oscuridad y debían aprovecharlas para sacar ventaja de la situación y sorprender a sus enemigos.

Se acercaron un poco más, a varios centenares de metros se detuvieron. Tomaron varias decisiones básicas para su plan y entonces decidieron esperar hasta que las primeras luces del amanecer les permitieran ver la situación de sus enemigos y amigos. Lonzo, “el Gato”, se deslizaría en la oscuridad lentamente hasta llegar cerca del campamento. Él daría la señal para que sus dos compañeros entraran en el campamento generando confusión y desconcierto entre sus enemigos. Lonzo debía encargarse de liberar a sus compañeros y dispersar a los caballos de los bárbaros para que así no pudieran perseguirles inmediatamente. Agarró su escudo y armas además de la bolsa con el misterioso contenido y comenzó a avanzar en cuclillas hacia el campamento. Elthrai y Crísil hicieron sentarse a los dos caballos tapándose luego todos con las mantas camuflándose para cuando la luz comenzara a hacer acto de presencia.

Durante más de una hora Lonzo se arrastró sigilosamente, acercándose muy lentamente al campamento enemigo. Era ya capaz de divisar un carromato con rejas y un conjunto de caballos una decena de metros más allá. Avanzó unos metros pudiendo ya reconocer una serie de bultos en el suelo que evidentemente eran bárbaros durmiendo. También dentro de la jaula, distinguió a tres personas que no debían ser otros que sus compañeros. Se detuvo y puso las manos en su boca para formar una especie de trompeta y entonces emitió una especie de graznido imitando el de algún pájaro. Unos metros más allá Jonan, que se revolvía entre pesadillas dentro de su prisión, escuchó el familiar graznido de un pájaro típico de la Planicie; pájaro que sabía con seguridad no se prodigaba por estos lares. Como pudo reprodujo el sonido, para poco después recibir contestación. No tenía dudas, sus compañeros estaban cerca, habían venido a rescatarles. Golpeó con las piernas a sus compañeros y cuando estos despertaron les informó que sus amigos estaban allí, en algún lugar cerca de ellos. Debían estar preparados.

Lonzo avanzó y avanzó, arrastrándose pues cualquier ruido o movimiento en falso podía dar al traste con su plan. Al final llegó a situarse detrás del carromato y entonces volvió a silbar. Los tres cautivos se movieron sorprendidos pues el sonido, muy leve, venía justo de uno de los laterales del carromato.

-Lonzo, ¿estás ahí?-, susurró Ramos. Éste se acercó todo lo que le permitieron las ataduras para verlo de refilón con la cara y manos llenas de barro, recostando su espalda contra el carromato. Lonzo levantó los ojos y sonrió.

-Tenemos los pies atados y las manos también están atadas a la jaula por el otro lado-.

-Acerca las piernas al borde, cortaré las cuerdas de vuestros pies, avisa a los demás-. Disimuladamente los cautivos fueron estirando sus piernas para acercarlas a las rejas, donde su amigo  suavemente cortaba las ataduras. Tras dejar libres sus pies, deslizó un cuchillo dentro de la jaula.

-Haced lo que podáis con esto. Los demás llegarán con las primeras luces del alba. Cuando me veáis entrar en acción haced todo el ruido que podáis para avisar a Crísil y Elthrai-.

Dicho esto Lonzo se deslizó en las sombras para volver a desaparecer. La luz del amanecer apareció, indicando el comienzo de un nuevo día y el final de una ya pasada noche. Lonzo se deslizaba hacia la zona de los caballos cuando de repente un cambio de aire hizo que uno de los mastines detectara su olor. El mastín abrió un ojo y sintió que un intruso, nueva comida, estaba en el campamento. Despertó y comenzó a ladrar, despertando a su hermano que se unió al primero. Los ladridos de despertaron a alguno de los bárbaros, Omar enfadado agarró un trozo de madera de la hoguera y lo arrojó a los mastines vociferando insultos y amenazas contra sus dos mascotas. Éstos desaprobados por su amo se volvieron a acostar con resignación esperando el momento en que se les permitiera alimentarse.

Lonzo se había detenido congelado por el miedo y la rabia al escuchar los ladridos; no había contado con que los bárbaros tuvieran perros o similares en el campamento. Estuvo quieto hasta comprobar que todo volvía a la calma. Se encontraba a unos cinco metros de los caballos. Se tumbó en el suelo y acercó el saco hacia si. Sólo cabía esperar, la suerte estaba echada.

Crísil y Elthrai comenzaron a ser capaces de vislumbrar el campamento con claridad. Fue entonces cuando Elthrai agarró su carcaj y arco deslizándose fuera de la manta que le cubría para acercarse hacia posiciones de tiro óptimas. Crísil esperaba su momento. Cabalgaría sobre el caballo de Batas mientras que Pantera, mucho más recio ycapaz de portar a dos jinetes, cabalgaría libre para ayudar a evacuar a algunos de sus compañeros.

Lonzo se decidió. Abrió la bolsa y la lanzó cerca de los caballos. Agarró su espada y se ajustó el escudo al antebrazo. Los minutos pasaban y entonces sucedió lo que esperaba. La señal tuvo lugar. Una serpiente de cascabel se deslizó fuera de la bolsa. La repentina presencia de los caballos la puso en alerta haciendo que comenzara a hacer sonar su cascabel amenazando a los cuadrúpedos. Los caballos se encabritaron y entraron en frenesí coceando y revolviéndose por liberarse de las ataduras.

Lonzo se levantó abalanzándose sobre un bárbaro que dormía a escasos metros suyos. No despertaría. Los bárbaros comenzaron a despertarse aturdidos y desconcertados por el alboroto provocado por los caballos y los gritos de sus compañeros heridos. Omar se desperezó, -¡A las armas incautos!, ¡nos atacan malditos!; ¡vagos rufianes!-, gritó desenfundando su gran espada. Dos bárbaros se dirigían corriendo dispuestos a atacar a Lonzo. Una flecha impactaba en uno de ellos lanzándolo al suelo e igualando la contienda entre Lonzo y el otro. Elthrai a una buena distancia de seguridad disparaba su arco contra aquellos bárbaros que amenazaban con acercarse a su amigo. Tan pronto disparaba, sacaba una nueva flecha del carcaj y buscaba un nuevo objetivo.

Los cautivos cuando se dieron cuenta que la acción había comenzado empezaron a gritar y dar patadas a la puerta del jaulón. Crísil también interpretó que su momento había llegado. Ordenó levantarse a los dos caballos y cabalgó blandiendo a Luna en dirección al campamento. Lo que allí sucedió desde ese momento sería difícilmente descriptible. Las flechas silbaban, asustando a los bárbaros y neutralizando a aquellos valientes que osaban levantarse. Crísil irrumpió en el campamento lanzando estocadas a diestro y siniestro, aprovechando la superioridad que le confería ir montado. Se abrió paso hasta la jaula donde sus amigos habían conseguido reventar los goznes de la puerta y se retorcían intentando liberarse de las ataduras que todavía no habían conseguido cortar. Crísil cortó desde su caballo las últimas ataduras que los mantenía apresados, lanzó al suelo un saco con las armas de sus amigos y descabalgó para interponerse entre ellos y los bárbaros, que ya repuestos de la sorpresa inicial, se reagrupaban dispuestos a combatir a sus enemigos. -Dos de vosotros subid a Pantera y salid de aquí, hacia el sur se encuentra Elthrai; Batas monta tu corcel y hazte con nuestros caballos para salir de aquí, ¡yo te cubriré!-.

Sin mediar palabra se abalanzó sobre los dos bárbaros permitiendo así que tanto Jonan y Ramos como Batas montaran en los caballos. Lonzo se enfrentaba al otro bárbaro; llevaba la iniciativa y con varias fintas consiguió superar su defensa acabando con el de dos estocadas en el pecho. Sin tiempo de recobrar la compostura escuchó un ruido detrás de él. Instintivamente giró levantando el escudo para notar como el fuerte golpe de un espadón lo hacía añicos. Las astillas hirieron su rostro y su brazo izquierdo quedo dolorido. Omar miraba fijamente con su único ojo a Lonzo y levantando su brazo se preparó para lanzar otro golpe. Lonzo saltó hacia atrás desenvainando otra de sus espadas. El bárbaro tuerto, de una zancada, volvió a acercarse a él, lanzando un nuevo ataque. Lonzo necesitaba bloquear con sus dos espadas las fuertes estocadas de Omar siéndole imposible contraatacar. Todavía aturdido retrocedió para tomar aire.

La lucha continúo. Ramos y Jonan abandonaron la zona del conflicto mientras Batas la bordeaba para alcanzar dos de los caballos que se habían alejado unos metros escapando de la serpiente. Crísil seguía luchando. Batas se apresuró a auxiliar a Lonzo. A lo lejos veía como un gran bárbaro le hacía retroceder a base de imponentes mandobles. Omar golpeó una vez más con fuerza. Lonzó lo bloqueó cruzando sus espadas pero esta vez su brazo izquierdo no aguantó el envite. El espadón rompió el hueso del hombro y lo hizo caer entre gritos de dolor. Omar levantó sobre su cabeza el espadón buscando partirlo por la mitad. El lento gesto del bárbaro permitió a Lonzo reptar de forma torpe con su inerte brazo hacia atrás esquivando por poco el golpe. El ataque fallido levantó una nube de polvo al golpear la tierra., Omar disfrutaba con aquello. Lonzo jadeaba e intentaba ponerse en pie cuando el bárbaro fue capaz de superar la débil defensa de éste y de una potente estocada lo tiró al suelo hiriéndole en el torso. Batas gritó extendiendo la mano como si de ese modo pudiera agarrar el arma y detener lo que se avecinaba…

Todo le daba vueltas, escuchó gritar a Batas, una sombra en movimiento lejos de él; vio como una sombra se cernía sobre él, intentó levantar nuevamente su espada pero cuando notó el golpe su brazo cedió. El tuerto bárbaro agarrando con las dos manos la empuñadura de su espadón blandió con furia el arma arrancando la espada de la mano de Lonzo para terminar incrustándose en su clavícula seccionándole la yugular. La sangre salpicó la cara de Omar que con los ojos inyectados en sangre mostraba su dentadura abriendo ampliamente la boca.

El grito de Batas alertó a Crísil, que desconcertado por la muerte de su amigo, fue herido en el brazo y a punto estuvo de ser también abatido. Retrocedió asustado, consciente que no podía desconcentrarse. Se repuso al dolor y gritando de rabia se lanzó contra sus enemigos. Batas conteniendo las nauseas se dirigió hacia Crísil, por su compañero caído poco podía hacer cuando observó como Omar se dirigía hacia donde se encontraban atados los dos mastines. Batas sabía que debía apresurarse, galopó con los dos caballos hacia Crísil. Le gritó e indicó que debía montar. Arremetió contra los bárbaros que lo presionaban dándole a éste un respiro para que pudiera montar. La llegada de un tercer bárbaro hizo retroceder a Batas, quien se vio superado por dos enemigos que lo flanqueaban. El tercer bárbaro, liberado de la amenaza de Batas, lanzó una estocada contra Crísil que impactó contra su espalda. Si no hubiera llevado su cota de malla, ahora mismo en la Planicie odas a su muerte se estarían recitando, pero ese no era el caso y a pesar que la cota de malla se rajó bajo la impresionante estocada sólo una pequeña herida produjo la afilada hoja. Crísil se defendió de los nuevos ataques al mismo tiempo que Batas hacía retroceder a los otros. Omar no se había decidido a soltar todavía a los mastines, pues sus hombres se hubieran visto también amenazados. En cambio, agarró una de sus recias lanzas apuntó y lanzó el arma arrojadiza contra el jinete que amenazaba a sus dos hombres. La lanza se desvío ligeramente atravesando el hombro del caballero haciéndole gritar de dolor.

Batas notó un dolor impresionante; su brazo cayó inerte y su mano soltó la espada que blandía. Una larga lanza le atravesaba el hombro derecho, casi tirándolo del caballo. Maldijo y lloró de dolor.  -Reúnete con los otros, regresad a La Planicie con los arbustos, yo entretendré a estos mal nacidos!-, jadeó Crísil mientras luchaba contra los tres bárbaros que les atacaban. Batas, cuyo futuro era incierto, dio media vuelta alejándose de allí mirando entre tinieblas como Crísil se batía a la desesperada contra tres enemigos. Omar se acercó unos metros; portaba otra lanza en la mano. Apuntó a aquel caballero de pelo largo y mirada firme. Admiraba a ese desconocido; disfrutaría acabando con tan magnífico oponente. Crísil lanzó dos estocadas defensivas para alejar a dos de sus oponentes. Colocó el caballo entre él y los anteriores, que trastabillaron y cayeron al suelo, para luego centrar sus acometidas contra el tercero. Lanzaba estocadas cuando observó como el jefe de los bárbaros le arrojaba una lanza. Se agarró al cuello de su caballo y se deslizó por el cuerpo del animal. La lanza rozó su hombro rasgando la cota de malla y perdiéndose más allá de su objetivo. En esa posición lanzó dos estocadas al bárbaro al mismo tiempo que embestía con el caballo al guerrero que se mantenía en pie. El bárbaro paró la primera estocada pero el golpe que le dio el corcel le hizo perder la postura defensiva con lo que le fue imposible bloquear el segundo ataque. Cayó al suelo para no levantarse nunca más.

Los otros dos bárbaros se lanzaron de nuevo contra Crísil a quien medio caído del caballo le era muy difícil luchar. Comenzó a retroceder para al final dar vuelta e iniciar la huida. Omar observó como el jinete esquivaba con habilidad su lanza y como después de abatir a otro de sus hombres comenzaba a rehuir el conflicto para alejarse. Agarró las cadenas de los mastines y los liberó de sus cadenas. Los dos monstruos se abalanzaron hacia el enemigo que huía. Corrió después con una lanza intentando alcanzar a su enemigo que se alejaba a caballo siendo perseguido por los mastines. La lanza voló en su dirección y al final, a pesar de no alcanzar al guerrero, rozó en los cuartos traseros de su montura que comenzó a sangrar considerablemente.

Omar se acercó a sus esbirros,

-Atended a los heridos inútiles, hemos dejado escapar a sus compañeros pero a su líder lo capturaremos o por lo menos nos haremos con los restos que dejen los mastines-. Y dicho esto se acercó a la serpiente de cascabel cortando su cabeza con la gran espada.

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Me complace con gran ilusión informaros que Fran de Córdoba se ha sumado al proyecto de la novela en su recta final.

Con su experiencia y capacidad artística vamos a llevar la novela a un nivel superior ilustrando el proyecto.

Aunque mantendremos las aportaciones de Ikaki y Kawak podemos decir que el peso de la ilustración será soportado por el arte del compañero Fran.

Aquí os dejo su página web para que podáis consultar su obra:

http://www.francordobaart.com/

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Frío, miedo y soledad. Esos sentimientos desfilaban por la mente de Crísil que deambulaba como mareado sin saber a ciencia cierta donde estaba. Miraba hacia el firmamento en busca de la reconfortante luz de las estrellas, pero sólo encontraba oscuridad. Miraba a uno y otro lado, buscando a sus compañeros, pero de nuevo sólo la oscuridad le abrazaba. De repente, de todas partes y ninguna; decenas de brazos, cientos de dedos le agarraban. Huesudos dedos con sucias uñas le cubrían el rostro. Tiraban de él, llevándolo a una oscuridad húmeda; se hundía en un agua tan oscura como la noche en que se encontraba. Intentaba gritar pero no podía, la humedad encogía su garganta y el agua llenaba su boca. Entre la infinidad de manos que le cubrían el rostro pudo apreciar una pequeña luz. La luz fue acercándose, haciéndose más intensa. De repente la luz desapareció; enfrente de él vio dos ojos que le miraban con atención. El brillo de los mismos hacían difícil mirarlos fijamente y entonces un fogonazo le cegó.

Crísil despertó boqueando como un pez que se ahoga en la playa; estaba boca arriba y movía sus extremidades como un escarabajo del revés. La lluvia que caía depositaba gotas de agua en su boca abierta. Miró a su alrededor y todo eran sombras. No debían haber pasado muchas horas; la oscuridad de la noche todavía era intensa y la luna seguía cubierta por las nubes, nubes de lluvia. A su lado escuchaba como sus amigos dormían entre ronquidos sumidos en sus propios miedos y pesadillas, ajenos a los temores de los demás. Se abrigó con una de sus mantas. Se cubrió con su capucha y se dispuso a dormir nuevamente. Mientras se sumía de nuevo en sus sueños una imagen se le aparecía una y otra vez en su mente: dos ojitos brillantes que dejaban entrever una linda sonrisa.

Después de la oscuridad siempre llega de nuevo la luz. Siempre ha sido así, desde tiempos inmemorables; y con ella la esperanza. El grupo se despertó, los huesos les crujían porque la humedad de la noche se había instalado en ellos, pero no en sus corazones que latían con fuerza ansiosos por iniciar la persecución que se avecinaba.

-¡Vamos compañeros!; galoparemos veloces para alcanzar a los captores de nuestros amigos-, voceó Crísil a la vez que se levantaba. Elthrai y Lonzo se encontraban con cara de sueño sacudiendo sus húmedas mantas. -Elthrai y yo montaremos en Pantera, mientras que tu Lonzo cabalgarás en el caballo de Batas-, comentaba Crísil mientras oteaba el horizonte y observaba como Lonzo buscaba un rastro que les indicara hacia donde dirigirse. -Espero que el llevar a nuestros compañeros les retrase lo suficiente como para que nosotros les demos alcance-. Los tres amigos recogieron el campamento y algunas de las pertenecías de sus compañeros. Montaron en los caballos e iniciaron un veloz galope hacia la Meseta Yerma; hacia allí se dirigían los captores de sus amigos, hacia los dominios de los bárbaros negros.

C&C

Omar encabeza la comitiva en su negro corcel. Un flamante ejemplar de caballo de guerra de la meseta. Al igual que su montura, Omar es un gran ejemplar de los de su especie. Sin pelo alguno en su grandota cabeza, una alargada perilla trenzada negra como el azabache cubre su mentón. En el lado izquierdo una cicatriz adorna su mejilla, llegando hasta su ojo, un ojo ciego, blanco que no ve ni percibe nada. Sus orejas están llenas de pendientes y colgantes. Su cuerpo es grande y muy musculado, con numerosas cicatrices que dejan constancia de las innumerables refriegas en las que ha participado y ha vencido. Sus brazos como mazas están adornados de tatuajes tribales. Un brazalete de oro brilla en su antebrazo derecho, de su cuello cuelga una cadena de importante grosor e incipiente brillo que adorna su desnudo torso. Una gruesa capa cuelga de su espalda que al igual que el resto de sus ropajes, pantalón y botas, parece hecho de la piel de algún tipo de búfalo lanudo. Omar es un Bárbaro Negro, un habitante de La Meseta Yerma, un conquistador de pueblos. Y no se les llama bárbaros negros por el color de su piel, que a diferencia de otros tristes mundos en éste no tiene mayor importancia que el tipo de pelo, sino por la oscuridad y vileza que yace en su interior. Malvados son sus pensamientos y oscuras sus intenciones para cualquiera que esté en ellos. Los bárbaros negros son pueblos que descienden de tribus semi-nómadas. Con el paso de los años han ido creando asentamientos, creando hogares más o menos estables aunque siguen pasando largas temporadas fuera del hogar, haciendo lo único que saben: el mal. Roban y arrasan. El pillaje,      el robo y el secuestro son las actividades principales en su, por norma general, corta y belicosa vida.

Omar se ha especializado en la captura y venta de esclavos. Viaja a los bordes más alejados de la Meseta Yerma, el reino de los Bárbaros, en busca de comerciantes y viajeros descuidados, de villas y pueblos poco fortificados en los que pillar y secuestrar a hombres y mujeres para venderlos más tarde como esclavos de todo tipo en los mercados de Agraman, la capital del reino, una decrépita ciudad fortaleza que señala el mismísimo centro del reino.

A pesar de haberse hecho con tres muy buenos esclavos que servirán a las mil maravillas en las luchas del circo, muy populares entre los bárbaros, se encuentra consternado por las bajas sufridas. En la refriega de la noche anterior ha perdido más hombres que en el último año…a veces resulta más rentable asaltar a comerciantes, que no a aventureros, pues en ocasiones como la noche anterior resultan ser grandes guerreros y le complican las cosas. Pero bueno, los caballos de calidad robados compensarán la pérdida de sus hombres. Reclutará a más en cuanto llegue al poblado, todos esperan con ansia ser reclutados por él para entrar a formar parte de sus cacerías de hombres.

Un tirón en su brazo izquierdo, en el que tiene enganchado una cadena de recio acero, hizo que Omar abandonara sus planes de futuro y volviera a prestar atención al presente. Sus dos mastines de caza, dos inmensos perros tan altos como ponis de rojos ojos y mandíbulas de tiburón, se encontraban nerviosos y tiraban para zafarse y saltar sobre la carreta donde uno de los esclavos se revolvía.

Los mastines de caza eran típicos de La Meseta Yerma. Parientes lejanos de perros y lobos. Los entendidos decían que eran el resultado de un cruce mágico. Su olfato era comparable al de los mastines, su fuerza a la de los pumas, su sed de sangre a la de los demonios más malvados, pero de todo esto lo que más llamaba la atención era el desproporcionado tamaño de su cabeza respecto su cuerpo. Una gran cabeza, como de león, se unía a un esbelto cuerpo recubierto de pelo grueso y sucio. Los bárbaros los criaban desde tiempos muy lejanos, utilizándolos como perros de caza y perseguidores de fugitivos. Protegían su fino cuello con collares de púas para asegurar que ni siquiera un diestro guerrero pudiera eliminarlos con un fuerte golpe.

Batas había despertado. Al igual que sus otros dos compañeros iba dentro del carromato que hacía las funciones de jaula. Sus pies estaban atados y sus muñecas estaban aprisionadas por unas cuerdas gruesas que colgaban del techo de la jaula. El traquetear del carromato, tirado por un par de caballos, terminó por despertarlo y cuando lo hizo tardó poco en ser consciente de su situación. Además, las que reconoció como sus monturas hasta el día anterior, estaban atadas al mismo y trotaban lentamente mirándoles con sus oscuros y grandes ojos  apiadándose de ellos. Delante del carromato siete grandes guerreros montaban otros tantos caballos de guerra. Todos eran fuertes y musculosos, iban adornados con collares, pendientes y cadenas y sus cuerpos lucían a partes iguales tatuajes y cicatrices. Entre ellos destacaba el que parecía ser el jefe. Un imponente hombre tuerto. Vestía una gran capa y de su costado pendía lo que parecía ser un cuerno de guerra. Tiraba con fuerza de una cadena en la que en el extremo opuesto habían dos monstruos de la naturaleza mitad lobos mitad demonios. Las dos bestias rugían a la vez que enseñaban una larga y azul lengua así como unas hileras de grandes y afilados dientes.

En la parte de atrás un par más de guerreros cerraban el grupo. Hablaban un idioma que no podía entender, pero por lo que parecía se burlaban de él y sus compañeros. Tras varios intentos vanos se resignó y se dejó caer contra la jaula. Las carcajadas de sus captores aumentaron de intensidad. Omar gritó a sus mastines y los arrastró hacia él. Dio media vuelta y cediendo la cadena a uno de sus camaradas se acercó hasta la jaula. Golpeó con su guantelete de hierro las rejas para llamar la atención del cautivo despierto. Este se giró con desgana y observó al imponente bárbaro Negro.

-¿Tienes sed?, ¿Hambre?, ¿me entiendes esssscllaaaavoooo?-, dijo en tono jocoso el bárbaro. Batas no entendía nada de lo que el hombre decía. Movió el cuello negando y entonces Omar golpeó con fuerza la reja atemorizándolo. Asustado se retiró hacia atrás tanto como le permitieron sus ataduras. Omar y los suyos estallaron en carcajadas. Quedaba una jornada de viaje para llegar al pequeño campamento donde habían instalado su cuartel general desde el cual lanzaban  ataques a la zona circundante. Desde allí, partirían hacia el poblado.

C&C

Las hadas volaban veloces como un enjambre, todas juntas brillando por la tensión. Se movían de izquierda a derecha esquivando los árboles y ramas. En una hora se encontraban volando por debajo de las copas de los gigantes árboles del primer anillo. Kin extendió el brazo y apuntó hacia arriba para comenzar a ascender rápidamente. Cuando el follaje comenzó a ser más denso se detuvo posándose sobre una gruesa rama llena de hojas. Las otras dos hadas le siguieron. Yelde tomaba aire con fuerza, desde que había volado escapando de las langostas no había parado de volar a todo lo que daban sus pequeñitas alas. Estaba agotada; Kin pasó a su lado para encaramarse a una ramita y comenzar a ascender hacia la selva de hojas que se encontraba justo por encima de sus cabecitas. Justo cuando hacia esto rozó ligeramente con su varita el brazo del hada; una pequeña chispa de luz surgió con el contacto e inmediatamente Yelde notó como su cuerpo se revitalizaba y su agotamiento desaparecía. Yelde giró su cabeza con una sonrisa cómplice pero Kin estaba ya unos centímetros por encima de Luz y ella trepando de ramita en ramita.

Las tres hadas finalmente llegaron a lo alto de los árboles. Con el transcurrir de las horas el otrora brillante sol era ya prácticamente imperceptible en la lejanía. Esta vez los tonos no eran lindos sino oscuros y sucios, pensó para si Yelde. Hacia frío y las nubes habían cubierto el cielo. Pero enseguida las tres centraron su atención en la sombra gigante que se encontraba ya a muy pocos kilómetros. Se movía en zigzag, como distraída, como confusa pero poco a poco iba reduciendo la distancia que la separaba del Bosque. Kin se concentró y  las dos hadas notaron como una chispa de esencia; pues poca era la energía que Kin necesitaba para lanzar un conjuro de agudeza visual, explosionaba en el interior de su reina. Sus ojos se tornaron brillantes y su cara reflejó el asco que le producía. No el ver lo que se acercaba hacia su reino; sino la maligna esencia que lo rodeaba y guiaba hacia él.

-Estos malignos seres no vienen por propia voluntad hacia aquí, algo les guía, les ordena que avancen contra nosotros-, comentó Kin. Las dos hadas giraron sus cabecitas para escuchar. -Son como marionetas, un titiritero les ordena hacia donde tienen que dirigirse y que hacer, pero en estos momentos no está prestando atención, o por lo menos toda la que debería prestar alguien que osa amenazar nuestro Reino. Venid aquí, voy a enseñarles a esos insectos que en el Bosque no se entra tan fácilmente-.

Las dos hadas se acercaron a Kin, -Potenciaré vuestra esencia, y así podréis ayudarme a conjurar el hechizo que tengo en mente-. La Reina tocó con su varita la cabecita de las dos hadas, que inmediatamente comenzaron a brillar. A continuación extendió la mano de la varita, comenzó a girar su muñeca describiendo círculos en el aire al mismo tiempo que recitaba en voz alta un conjuro de control del tiempo. Este detalle desconcertó a Luz y Yelde, pues normalmente los hechizos se recitaban mentalmente, más tarde se enterarían que de esta forma el hada ponía más ímpetu, más energía y por tanto más poder en el conjuro lanzado.

A mi las nubes,

a mi el viento,

a mi las aguas que fluyen en la tierra,

a mi las aguas que bebéis los árboles.

A mi las aguas que guardan las nubes,

Agua sube, agua sube a tu madre la nube…

 

-uu uuu uuu uuuuuuuuuu uuuuuuuuuuu- sonaba un imperceptible ulular acompañando los surcos que realizaba Kin en el aire. Después de unos instantes una estela de niebla empezó a girar en espiral como si enganchada a la punta de la varita estuviera. Con cada movimiento de muñeca del hada, el sonido se hacia más intenso y la espiral de niebla crecía. Kin gesticuló con su mano e hizo desaparecer la varita; agarró con cada una de sus manos las de sus dos amigas que la flanqueaban; las apretó fuerte y mentalmente pidió a sus compañeras que se concentraran y dejaran fluir su energía a través de ella. Las tres comenzaron a brillar con intensidad. La espiral de niebla se había convertido en una masa informe que iba creciendo poco a poco y ya había alcanzado el tamaño de un melón. De las hojas de los árboles infinidad de pequeñas motitas brillantes comenzaron a surgir. Era como si el rocío de la noche en lugar de caer del cielo regresara a él. Las brillantes bolitas comenzaron a surgir de todas partes, de las hojas, de las ramas, incluso algunas surgían del barro de las ciénagas y todas ellas se dirigían a la masa de niebla que para entonces ya tenía el tamaño de una pequeña nube. Si alguien hubiera estado observando en aquel instante, a una distancia prudencial, podría haber apreciado una fina capa de luz que se situaba sobre el Bosque. De repente varias hadas llegaron al lado de las que se encontraban concentradas lanzando el hechizo. Eran Pipi, Tanane y Cunivé. En seguida comprendieron y se apresuraron a agarrar las manos de las otras, alargando la cadena. Un aura de intenso brillo envolvió a las seis, al mismo tiempo que el peregrinar de los puntos luminosos hacia la nube mágica se hizo más rápido.

Kin entonces soltó las manos de sus compañeras. Extendió los brazos y acarició la nube con sus manos. Sopló con fuerza empujando a la mágica nube a ascender hacia el cielo. La masa de niebla ascendió relativamente rápido y se perdió entre las demás nubes. En el horizonte las langostas seguían con su avance imperturbable. Todas las hadas miraban como la sombra se acercaba, luego giraban sus cabecitas para observar a Kin como preguntándose qué pasaba. Qué esperaba. Ninguna de ellas emitía pensamiento alguno y todas percibían el sentimiento de calma que emitía Kin. De repente las nubes que decoraban el cielo se tornaron negras y densas. Comenzaron a expandirse cerrando todo hueco por el que pudiera verse el cielo o pasar rayo de luz alguno. Un fuerte viento comenzó a azotar la cara de las hadas haciendo serpentear sus melenas con intensidad. Una fina lluvia se convirtió instantáneamente en una torrencial tormenta y el viento se hizo todavía más fuerte. Las ramas de los árboles crujían y las pequeñas haditas tenían que hacer fuerza para no desequilibrarse.

En la lejanía la negra sombra se veía frenada. El viento se deslizaba entre las langostas intentando deshacer, desmembrar la maligna unidad que las mantenía juntas. Por primera vez las langostas detuvieron su avance, intentando esquivar el viento que todo lo ocupaba. Las hadas sonrieron aún antes de ver la magnitud del poder conjurado por su reina, la cual permanecía seria mirando fijamente el objetivo de su conjuro. Sin previo aviso un inmenso rayo de luz brotó de una gran nube negra impactando directamente sobre las langostas. -¡BRUUUUUUMMMMMM!-, resonó todo el cielo con el gigantesco trueno. Las hadas miraron perplejas a su reina y entonces si la vieron sonreír.

Durante varios minutos, gigantescos relámpagos impactaron una vez tras otra sobre las langostas. Con cada rayo el enjambre de los horrendos rojos se iba achicando, hasta que al final el viento dispersó a las últimas de ellas y no quedó rastro de la maligna sombra en el cielo. La tormenta se convirtió en lluvia, y la lluvia en llovizna. Las nubes desaparecieron poco a poco. Las hadas comprobaron que la oscuridad de la tormenta había sido sustituida por la oscuridad del anochecer y al igual que minutos antes los truenos llenaban el vacío dejado por el silencio, ahora era el cantar de los grillos quien llenaba el ambiente. Todas las pequeñas hadas, menos Pipi que observaba fijamente el más allá, se abrazaron a Kin quien les devolvió el gesto sonriendo y acariciándoles una por una una. Habían ganado la batalla, por lo menos esa noche estarían tranquilas.

-Volverán mi reina, quien estaba detrás de ellas y del Rastreador no se detendrá-, transmitía Pipi a Kin. -No te preocupes mi fiel amiga, estaremos preparadas y en ese momento tú estarás a mi lado-.

C&C

En algún lugar indeterminado del inmenso desierto muy cercano a las colinas de Arena, un chillido de dolor rompe la tranquilidad del campamento. Los dos guerreros que se encuentran fuera de la tienda  sentados en silencio con las piernas cruzadas, observando como las llamas de la hoguera consumen los cascotes de madera, se levantan girando hacia el lugar del cual proceden los gritos y gemidos. Saben que algo no ha ido bien en los planes de su señor. Tras unos segundos  vuelven a sentarse ante la hoguera para pasar el resto de la noche antes de continuar su viaje.

El Maestro Púrpura notó un profundo picor que iba en aumento; la piel le quemaba. Se despertó y gritó de dolor; arañando con las uñas su piel intentando librarse del fuego que abrasaba su cuerpo. Se rascó intentando arrancarse la piel que tanto le quemaba. Su mente estaba colapsada por la única información que le transmitían en esos momentos su enjambre de langostas: dolor. Giró entre jadeos agónicos por el suelo sin poder hacer nada para librarse de esas sensaciones de quemazón, dolor y desconcierto.

En unos instantes todo había desaparecido; el brujo quedó arrodillado con la boca abierta respirando profundamente. No sabía si estaba equivocado y en el gran Bosque quedaban más elfos, o si se trataba de otro tipo de ser mágico quien estaba protegiendo el bosque. Lo que estaba claro es que la guerra había comenzado fuera quien fuera sabía que iba. Cerró sus ojos y se concentró. Allá estaba su Rastreador. Esperando; atento a sus ordenes. – Aliméntate alimaña de la noche; alimentate de toda la luz que encuentres; alimentate de la luz del Bosque y no pares hasta acabar con toda la esencia que allí reside-. Y lejos de allí, en el centro del Bosque el Rastreador despertó…

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