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Archive for 2 enero 2013

Yelde se había interesado muchísimo por las historias de Ganda sobre los humanos. Tenía mucha curiosidad por aquellos seres que parecían disfrutar tanto con el mal ajeno y la dominación de otros. Le costaba creer que los humanos disfrutaran apresando a otras criaturas para mostrarlas a sus semejantes. Parecía que no entendían los conceptos de libertad y mucho menos el de respeto, sobre todo hacia la naturaleza. Por lo que parecía quemaban bosques, arrasaban pastos, cazaban y mataban animales a su antojo y placer. Peor aún, era muy común entre ellos pegarse, herirse e incluso matarse. ¿Qué tipo de ser albergaría en su interior tanta ira y agresividad hacia sus semejantes?. Yelde no podía comprender. Parecía que la raza humana sólo albergara sentimientos de crueldad, egoísmo, avaricia y codicia. Le parecía extraño que siendo una raza superior a la mayoría de seres, pues parecía que tenían gran inteligencia a pesar de sus destructivos e incomprensibles actos, no se preocuparan por el bienestar del entorno que les rodeaba. A la postre dependían del entorno para subsistir. Era necesario el equilibrio entre ellos y la naturaleza. Pero de todo eso lo que menos sentido tenía para ella era el comportamiento que exhibían hacia otros de su misma especie. No les respetaban y mucho menos ayudaban. Parecía que el egoísmo y la incomprensión hacia sus semejantes estaban tan arraigados en sus corazones como la solidaridad y la bondad en el de las hadas.

Aprovechando lo que le contaba Ganda, Yelde Waiva le pedía que expresara en el lenguaje de los humanos alguna de las cosas y palabras que el transmitía a su compañera mentalmente. Así, hacia el mediodía ya conocía bastantes palabras; aprendía rápido la pequeña. Estando los dos ensimismados en su conversación un sonido hizo girar la cabeza de Yelde; -Mmuuuuuuuuuuuu!-. Poco a poco fue perdiendo intensidad hasta que sólo los sonidos de los pájaros que revoloteaban por el Bosque fueron perceptibles. Yelde estaba inmóvil. Se levantó como aletargada con el vestido lleno de hojas. Sus marrones ojos miraban el horizonte sin apreciar nada. Ganda se percató de que ya no estaba recibiendo atención, giró y con su andar torpe se colocó a la altura de su compañera.

-Parece un cuerno de los humanos, que casualidad-,  transmitió el loro. Yelde miró hacia abajo observando al loro que le miraba con sus ojos amarillos. -¿Humanos?; nunca pensé que fueran a llegar tan cerca del Bosque-, pensó el hada para si. -Vamos Ganda, veamos quien ha hecho sonar esa cosa llamada cuerno-, comentó al loro mientras le preguntaba telepáticamente que era un cuerno. Levantó el vuelo y se dirigió hacia una zona de su sector que le parecía más cercana al origen del sonido.

Percibía la esencia. Allí estaban a unos cientos de metros fuera del Bosque, en la ciénaga. Se posó en el último árbol del anillo. El corazón le latía con intensidad debido al entusiasmo, la intriga y la curiosidad. Saltó entre el follaje y flotó hasta la punta de la rama más alejada. Lanzó el conjuro de agudeza visual. Su boca se abrió asombrada por lo que vio. Tres humanos se encontraban apeados de sus caballos. Los identificó al instante como tales gracias a que sus amigas se los habían descrito en innumerables ocasiones. Se encontraban en los límites de las ciénagas avanzando hacia su interior como si estuvieran buscando algo. La pequeña descendió hasta el tronco del árbol y luego voló dando un rodeo para colocarse a unos metros de los humanos en su lateral. Se concentró en ellos para explorar su esencia y todo lo malo que contaban de ellos se confirmó, en ella sólo atisbo oscuridad y frío. Observó en silencio, escondida detrás de un tronco caído. A una decena de metros los hombres miraban por todos los rincones. Escuchaba intentando comprender que decían, pero nada pudo captar. Las lecciones de Ganda sólo le sirvieron para entender algo como “escapado”. Uno de ellos parecía estar muy enfadado. Podía apreciar el inmenso tamaño de sus cuerpos. Debían ser cinco o seis veces más altos que ella; no quería imaginarse como serían los Gigantes de las Montañas. Se quedó agazapada, estaba muy quieta ya que el solo hecho de pensar en que esos malignos seres pudieran agarrarle entre sus sucias y grandes manos le helaba la sangre, casi tanto como el pensar en los babosos verdes. Durante varios minutos los hombres rebuscaron entre las zarzas, troncos caídos y charcas que les rodeaban. Se detuvieron delante de una negra laguna y tras golpear con las ramas varias veces el agua se dieron la vuelta para salir de allí. Yelde les siguió pero no se atrevió a ir más allá del resguardo de un gran tronco que encontró y a través de un orificio que lo atravesaba observó como los hombres y sus monturas se iban alejando, dejando atrás los límites de las ciénagas. El más grande de ellos ordenó a los otros montar y lanzando una mirada que dejó inmóvil al hada, pues parecía que la dirigía contra ella, dio media vuelta y comenzó a alejarse.

Estaba impresionada: Tres humanos a tan pocos metros de ella. Siempre creyó que su maldad era exagerada pero aquellos hombres, y en especial el gigantón calvo, no albergaban en su corazón ningún sentimiento de bondad ni compasión. Se acurrucó en el árbol apoyando el mentón en sus rodillas agarrando éstas con sus bracitos. La sucia mirada de aquel hombre había dejado un terrible frío en todo su cuerpo. Ojalá nunca más tuviera que encontrarse con uno de esos seres.

Paso un tiempo indeterminado en el que el hadita se sumió en reflexiones que giraban en torno a la bondad y maldad de los seres, en la naturaleza de las cosas, en el bien y el mal. Había llegado a la conclusión que había seres que eran buenos por naturaleza, como las mariposas, los colibríes, las ninfas y las plantas. Está mal decirlo pero entre todos los seres buenos las hadas eran las guardianas de la bondad. Ellas se esforzaban para que todos los seres que las rodeaban mantuvieran su bienestar y fueran felices. Todo lo que hacían generaba felicidad. En el otro lado se encontraban los seres malos por naturaleza: los babosos verdes y los humanos eran los ejemplos más claros de éstos. Había animales que tendían al mal, como las serpientes; pero básicamente el comportamiento de estos seres oscuros estaba regido por la sabia y omnipresente Naturaleza que movía sus hilos para mantener el equilibrio entre todos los habitantes de la tierra.

Un grito robó el protagonismo dejado por el silencio que hasta instantes antes reinaba en el lugar. Yelde se levantó de un salto golpeándose  con el tronco; masculló rascándose la dolorida cabecita y salió de allí. Miró hacia todos los lados, ya que estaba segura que el sonido había sido humano. Se elevó por los aires hasta llegar a la copa de los árboles para encontrarse a Ganda, que se arreglaba las plumas de forma distraída.

-¿Has oído eso Ganda?-, preguntó al viejo loro. -Sí claro. Alguien ha gritado allá abajo, creía que habrías chamuscado el trasero de alguno de los humanos-. Torció su cuello de nuevo para alcanzar con su pico unas plumas que creía no estaban suficientemente limpias. Yelde voló suavemente hacia el bosque. El grito venía desde algún lugar cercano dentro de los límites marcados por los árboles. ¿Podría haber llegado hasta ahí algún humano?. No había escuchado historia alguna sobre nadie que hubiera sido capaz de traspasar las mortales ciénagas, y además no haber sido detectado por ninguna hada. Ella se suponía que debería haberse dado cuenta. No entendía nada, pero poco le importaba. Iba a averiguar que es lo que estaba pasando.

Voló entre los troncos concentrándose en detectar fuentes de esencia, y al poco rato la identificó. Se quedó petrificada en el aire. Suspendida en el vacío analizaba la información que llegaba a su perceptiva y sensible mente. Unos metros más allá, justo detrás de esos dos grandes troncos que tenía delante, había un ser humano. La esencia que detectaba era mínima; justificación para que no hubiera sido capaz de detectarla con anterioridad. Voló hasta uno de los troncos para tomar tierra. Se apoyó en él y asomo la cabecita. En un árbol cercano,  que se encontraba justo delante de ella, había un hombre recostado. Estaba tirado en el suelo con las piernas estiradas, los brazos caídos a los lados y la cabeza ladeada hacia su izquierda. El pelo largo le cubría el rostro, se cubría con unos trozos de tela pero parte de su torso y las extremidades estaban al descubierto y desde la distancia a la que se encontraba apreciaba dos características principales en su cuerpo: La suciedad que se encontraba en todos los rincones y las numerosas heridas y rasguños que tenía. Lo estudió detenidamente; había algo en aquel humano que lo diferenciaba de los otros que había observado. No desprendía prácticamente energía pero la que desprendía no era negra ni oscura. Le resultaba raro comprender porque a través de aquel ser no fluía la esencia. Nunca había visto algo parecido. Un mosquito emitía la misma energía y en un cervatillo se percibía mucha más. Pero no, definitivamente este ser no era malo por naturaleza. Bien era la excepción que confirmaba la regla, bien era la muestra que tiraba por tierra sus anteriores conclusiones.

Se acercó de puntillas sobre la fresca hierba. Era joven, o eso creía ella, su cara estaba sucia y con pelos. Su cuerpo temblaba; soñaba, como tantas veces había soñado ella. Tenía frío, ese frío que ella tan bien conocía. Llegó a su lado y se paró a escasos centímetros del humano. Su cara estaba agarrotada por el dolor. Su brazo derecho estaba amoratado y en el antebrazo se apreciaban unos feos mordiscos. Y entonces ella hizo algo muy poco responsable. Lo hizo sin pensar. Su cabeza, si le hubiera dado tiempo para ello, le hubiera advertido de lo peligroso que era lo que iba a hacer. Incluso Ganda, en caso de haber estado allí, lo hubiera hecho. Pero ni el uno estaba allí ni tiempo se dio para razonar. Sus instintos, esa intuición que a veces guiaba a Yelde por caminos extraños e incomprensibles, le llevó a extender su mano hasta tocar el brazo derecho del joven. Yelde abrió su mente y dejó fluir su energía por el brazo. Parte de su cálida y pura esencia se transmitió al humano y cuando esto sucedió el joven dejó de tener frío; dejó de temblar y la paz llenó su cuerpo. Yelde a su vez notaba como un escudo, una barrera que le impedía llegar a la esencia del humano. Una esencia que le atraía ya que en ella notaba algo que nunca había sentido.

La barrera, el escudo que se interponía entre ella y la esencia del joven transmitía tristeza, ira, rabia, odio pero por encima de todo, miedo, soledad y cansancio. Yelde se concentró y conjuró un hechizo de curación. La magia fluyó y comenzó a recorrer primero el brazo del guerrero para después poco a poco extenderse por todo su cuerpo. El humano se movió estremecido por un agradable cosquilleo que partía de su extremidad y subía por él hasta llegar a su nuca, y de ahí a su cabeza. La movió y fue a rascarse el antebrazo todavía en sueños, sueños que ahora eran de paz. Yelde se vio sorprendida por el movimiento del herido; retiró la mano y saltó hacia atrás asustada. Gateó rápidamente ocultándose debajo de unos tallos verdes y desde allí observó de nuevo.

El guerrero se acomodó y acurrucó en el suelo, se hizo un ovillo y en su rostro el hadita pudo apreciar una sonrisa. Le resultaba muy gracioso ver a una cosa tan grande acurrucada como un cachorrito y entonces de nuevo pensó que no todos los hombres eran malos por naturaleza. Decidió que era hora de avisar a las demás. Se dirigiría al sector norte y allí informaría a Pipi de todo lo que había sucedido. Ocultó a Ganda lo que había estado haciendo los últimos minutos y le sugirió que regresara al segundo anillo. Ella voló durante un rato hasta dar con Pipi quien se encontraba en esos momentos con una de las hadas encargadas de controlar el sector norte. Le informó de todo. La cara de Pipi fue cambiando de semblante. Primero de sorpresa, luego de alivio y finalmente a un gesto de preocupación y temor.

-Avisemos a Kin y vayamos a indagar quién es el intruso-, dijo Pipi enfadada. -De nuevo te has comportado de forma irresponsable e insensata, veremos qué opina Kin de esto. Tendrías que habernos avisado antes de hacer nada-. Yelde miró fijamente a Pipi, y en sus ojos asomaron unas lagrimillas. Ella no quería enfadar a nadie, ni molestar a ninguna de sus compañeras. Ella sabía, sentía que aquel ser no era malo. Aquel humano no era un peligro para ellas…

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