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Archive for the ‘La novela’ Category

Los aventureros cabalgaban veloces recortando con cada zancada de sus caballos el espacio que los separaba a ellos, -los perseguidores-, de los otros, -los perseguidos y captores de sus compañeros-, y al mismo tiempo se acercaban cada vez más a la Meseta Yerma que realzaba su perfil contra el horizonte. La lluvia de la noche anterior había hecho que el surco dejado por las ruedas de un carromato fuera fácilmente rastreable por un experto cazador como Lonzo. El sol se encontraba a medio camino de su recorrido, marcando el mediodía, cuando los jinetes pasaron a una decena de metros de un pequeño macizo rocoso típico de la zona. Lonzo pidió que se acercaran al mismo. Se apeó de su montura y pidió que esperaran ya que tenía que buscar una herramienta que le ayudaría durante la liberación de sus amigos. Se encaramó a las primeras rocas desapareciendo de la vista mientras abría una bolsa. Estos se miraron arqueando las cejas y descabalgaron para aprovechar y dejar descansar a las monturas. El descanso se alargó por media hora. Lonzo apareció con una sonrisa de oreja a oreja: -Demos caza a esos perros-.

Los tres amigos volaron de nuevo durante horas. No volvieron a descansar hasta que la noche hizo acto de presencia. Tenían pensado continuar durante la noche pero era necesario parar al menos una hora para que los caballos pudieran recuperar fuerzas. Estaban los tres sentados discutiendo sobre que hacer cuando alcanzaran a sus amigos cuando los repentinos fogonazos de los relámpagos de una tormenta atrajo su atención. La oscuridad de la noche se abría paso, pero a poco más de una jornada de viaje hacia el oeste los relámpagos iluminaban el firmamento. De la misma forma repentina que comenzó la tormenta, transcurridos varios minutos, desapareció dejando paso a una silenciosa y oscura noche. Minutos después los tres amigos cabalgaban de nuevo en dirección a la Meseta Yerma.

A unas cuantas horas de viaje los bárbaros habían acampado; al amanecer continuarían viaje y al final del día llegarían a su campamento. Desde allí, tras dos jornadas más, podrían descansar en su hogar, donde la cerveza y el codillo los esperarían. Los bárbaros dormían al raso con sacos y mantas. Omar lo hacía en el centro del campamento, cerca del calor de la gran hoguera y alrededor de la cual se distribuía el campamento. El resto de bárbaros se acostaba lo más cerca posible de la hoguera respetando la antigüedad en el grupo. El carromato se encontraba marcando uno de los límites del campamento, mientras que en el extremo opuesto los caballos se encontraban todos juntos. Los mastines dormían encadenados un poco más lejos, pues el olor a comida, hombres y caballos, amigos y no amigos los alteraban y hacían que continuamente estuvieran despertando a los demás. La prepotencia de los bárbaros y la seguridad que les daba encontrarse cerca de su territorio hacía que no establecieran ningún orden de vigía y que nadie actuara de centinela.

Tras varias horas de viaje en la oscuridad los jinetes divisaron a unos kilómetros de distancia un resplandor. Una hoguera sin lugar a dudas. Disminuyeron el paso y por fin sintieron un pequeño alivio. Sus amigos debían encontrarse allí; el amanecer traería no sólo luz sino también libertad. Decidieron comer algo para recuperar fuerzas. Quedaban pocas horas de oscuridad y debían aprovecharlas para sacar ventaja de la situación y sorprender a sus enemigos.

Se acercaron un poco más, a varios centenares de metros se detuvieron. Tomaron varias decisiones básicas para su plan y entonces decidieron esperar hasta que las primeras luces del amanecer les permitieran ver la situación de sus enemigos y amigos. Lonzo, “el Gato”, se deslizaría en la oscuridad lentamente hasta llegar cerca del campamento. Él daría la señal para que sus dos compañeros entraran en el campamento generando confusión y desconcierto entre sus enemigos. Lonzo debía encargarse de liberar a sus compañeros y dispersar a los caballos de los bárbaros para que así no pudieran perseguirles inmediatamente. Agarró su escudo y armas además de la bolsa con el misterioso contenido y comenzó a avanzar en cuclillas hacia el campamento. Elthrai y Crísil hicieron sentarse a los dos caballos tapándose luego todos con las mantas camuflándose para cuando la luz comenzara a hacer acto de presencia.

Durante más de una hora Lonzo se arrastró sigilosamente, acercándose muy lentamente al campamento enemigo. Era ya capaz de divisar un carromato con rejas y un conjunto de caballos una decena de metros más allá. Avanzó unos metros pudiendo ya reconocer una serie de bultos en el suelo que evidentemente eran bárbaros durmiendo. También dentro de la jaula, distinguió a tres personas que no debían ser otros que sus compañeros. Se detuvo y puso las manos en su boca para formar una especie de trompeta y entonces emitió una especie de graznido imitando el de algún pájaro. Unos metros más allá Jonan, que se revolvía entre pesadillas dentro de su prisión, escuchó el familiar graznido de un pájaro típico de la Planicie; pájaro que sabía con seguridad no se prodigaba por estos lares. Como pudo reprodujo el sonido, para poco después recibir contestación. No tenía dudas, sus compañeros estaban cerca, habían venido a rescatarles. Golpeó con las piernas a sus compañeros y cuando estos despertaron les informó que sus amigos estaban allí, en algún lugar cerca de ellos. Debían estar preparados.

Lonzo avanzó y avanzó, arrastrándose pues cualquier ruido o movimiento en falso podía dar al traste con su plan. Al final llegó a situarse detrás del carromato y entonces volvió a silbar. Los tres cautivos se movieron sorprendidos pues el sonido, muy leve, venía justo de uno de los laterales del carromato.

-Lonzo, ¿estás ahí?-, susurró Ramos. Éste se acercó todo lo que le permitieron las ataduras para verlo de refilón con la cara y manos llenas de barro, recostando su espalda contra el carromato. Lonzo levantó los ojos y sonrió.

-Tenemos los pies atados y las manos también están atadas a la jaula por el otro lado-.

-Acerca las piernas al borde, cortaré las cuerdas de vuestros pies, avisa a los demás-. Disimuladamente los cautivos fueron estirando sus piernas para acercarlas a las rejas, donde su amigo  suavemente cortaba las ataduras. Tras dejar libres sus pies, deslizó un cuchillo dentro de la jaula.

-Haced lo que podáis con esto. Los demás llegarán con las primeras luces del alba. Cuando me veáis entrar en acción haced todo el ruido que podáis para avisar a Crísil y Elthrai-.

Dicho esto Lonzo se deslizó en las sombras para volver a desaparecer. La luz del amanecer apareció, indicando el comienzo de un nuevo día y el final de una ya pasada noche. Lonzo se deslizaba hacia la zona de los caballos cuando de repente un cambio de aire hizo que uno de los mastines detectara su olor. El mastín abrió un ojo y sintió que un intruso, nueva comida, estaba en el campamento. Despertó y comenzó a ladrar, despertando a su hermano que se unió al primero. Los ladridos de despertaron a alguno de los bárbaros, Omar enfadado agarró un trozo de madera de la hoguera y lo arrojó a los mastines vociferando insultos y amenazas contra sus dos mascotas. Éstos desaprobados por su amo se volvieron a acostar con resignación esperando el momento en que se les permitiera alimentarse.

Lonzo se había detenido congelado por el miedo y la rabia al escuchar los ladridos; no había contado con que los bárbaros tuvieran perros o similares en el campamento. Estuvo quieto hasta comprobar que todo volvía a la calma. Se encontraba a unos cinco metros de los caballos. Se tumbó en el suelo y acercó el saco hacia si. Sólo cabía esperar, la suerte estaba echada.

Crísil y Elthrai comenzaron a ser capaces de vislumbrar el campamento con claridad. Fue entonces cuando Elthrai agarró su carcaj y arco deslizándose fuera de la manta que le cubría para acercarse hacia posiciones de tiro óptimas. Crísil esperaba su momento. Cabalgaría sobre el caballo de Batas mientras que Pantera, mucho más recio ycapaz de portar a dos jinetes, cabalgaría libre para ayudar a evacuar a algunos de sus compañeros.

Lonzo se decidió. Abrió la bolsa y la lanzó cerca de los caballos. Agarró su espada y se ajustó el escudo al antebrazo. Los minutos pasaban y entonces sucedió lo que esperaba. La señal tuvo lugar. Una serpiente de cascabel se deslizó fuera de la bolsa. La repentina presencia de los caballos la puso en alerta haciendo que comenzara a hacer sonar su cascabel amenazando a los cuadrúpedos. Los caballos se encabritaron y entraron en frenesí coceando y revolviéndose por liberarse de las ataduras.

Lonzo se levantó abalanzándose sobre un bárbaro que dormía a escasos metros suyos. No despertaría. Los bárbaros comenzaron a despertarse aturdidos y desconcertados por el alboroto provocado por los caballos y los gritos de sus compañeros heridos. Omar se desperezó, -¡A las armas incautos!, ¡nos atacan malditos!; ¡vagos rufianes!-, gritó desenfundando su gran espada. Dos bárbaros se dirigían corriendo dispuestos a atacar a Lonzo. Una flecha impactaba en uno de ellos lanzándolo al suelo e igualando la contienda entre Lonzo y el otro. Elthrai a una buena distancia de seguridad disparaba su arco contra aquellos bárbaros que amenazaban con acercarse a su amigo. Tan pronto disparaba, sacaba una nueva flecha del carcaj y buscaba un nuevo objetivo.

Los cautivos cuando se dieron cuenta que la acción había comenzado empezaron a gritar y dar patadas a la puerta del jaulón. Crísil también interpretó que su momento había llegado. Ordenó levantarse a los dos caballos y cabalgó blandiendo a Luna en dirección al campamento. Lo que allí sucedió desde ese momento sería difícilmente descriptible. Las flechas silbaban, asustando a los bárbaros y neutralizando a aquellos valientes que osaban levantarse. Crísil irrumpió en el campamento lanzando estocadas a diestro y siniestro, aprovechando la superioridad que le confería ir montado. Se abrió paso hasta la jaula donde sus amigos habían conseguido reventar los goznes de la puerta y se retorcían intentando liberarse de las ataduras que todavía no habían conseguido cortar. Crísil cortó desde su caballo las últimas ataduras que los mantenía apresados, lanzó al suelo un saco con las armas de sus amigos y descabalgó para interponerse entre ellos y los bárbaros, que ya repuestos de la sorpresa inicial, se reagrupaban dispuestos a combatir a sus enemigos. -Dos de vosotros subid a Pantera y salid de aquí, hacia el sur se encuentra Elthrai; Batas monta tu corcel y hazte con nuestros caballos para salir de aquí, ¡yo te cubriré!-.

Sin mediar palabra se abalanzó sobre los dos bárbaros permitiendo así que tanto Jonan y Ramos como Batas montaran en los caballos. Lonzo se enfrentaba al otro bárbaro; llevaba la iniciativa y con varias fintas consiguió superar su defensa acabando con el de dos estocadas en el pecho. Sin tiempo de recobrar la compostura escuchó un ruido detrás de él. Instintivamente giró levantando el escudo para notar como el fuerte golpe de un espadón lo hacía añicos. Las astillas hirieron su rostro y su brazo izquierdo quedo dolorido. Omar miraba fijamente con su único ojo a Lonzo y levantando su brazo se preparó para lanzar otro golpe. Lonzo saltó hacia atrás desenvainando otra de sus espadas. El bárbaro tuerto, de una zancada, volvió a acercarse a él, lanzando un nuevo ataque. Lonzo necesitaba bloquear con sus dos espadas las fuertes estocadas de Omar siéndole imposible contraatacar. Todavía aturdido retrocedió para tomar aire.

La lucha continúo. Ramos y Jonan abandonaron la zona del conflicto mientras Batas la bordeaba para alcanzar dos de los caballos que se habían alejado unos metros escapando de la serpiente. Crísil seguía luchando. Batas se apresuró a auxiliar a Lonzo. A lo lejos veía como un gran bárbaro le hacía retroceder a base de imponentes mandobles. Omar golpeó una vez más con fuerza. Lonzó lo bloqueó cruzando sus espadas pero esta vez su brazo izquierdo no aguantó el envite. El espadón rompió el hueso del hombro y lo hizo caer entre gritos de dolor. Omar levantó sobre su cabeza el espadón buscando partirlo por la mitad. El lento gesto del bárbaro permitió a Lonzo reptar de forma torpe con su inerte brazo hacia atrás esquivando por poco el golpe. El ataque fallido levantó una nube de polvo al golpear la tierra., Omar disfrutaba con aquello. Lonzo jadeaba e intentaba ponerse en pie cuando el bárbaro fue capaz de superar la débil defensa de éste y de una potente estocada lo tiró al suelo hiriéndole en el torso. Batas gritó extendiendo la mano como si de ese modo pudiera agarrar el arma y detener lo que se avecinaba…

Todo le daba vueltas, escuchó gritar a Batas, una sombra en movimiento lejos de él; vio como una sombra se cernía sobre él, intentó levantar nuevamente su espada pero cuando notó el golpe su brazo cedió. El tuerto bárbaro agarrando con las dos manos la empuñadura de su espadón blandió con furia el arma arrancando la espada de la mano de Lonzo para terminar incrustándose en su clavícula seccionándole la yugular. La sangre salpicó la cara de Omar que con los ojos inyectados en sangre mostraba su dentadura abriendo ampliamente la boca.

El grito de Batas alertó a Crísil, que desconcertado por la muerte de su amigo, fue herido en el brazo y a punto estuvo de ser también abatido. Retrocedió asustado, consciente que no podía desconcentrarse. Se repuso al dolor y gritando de rabia se lanzó contra sus enemigos. Batas conteniendo las nauseas se dirigió hacia Crísil, por su compañero caído poco podía hacer cuando observó como Omar se dirigía hacia donde se encontraban atados los dos mastines. Batas sabía que debía apresurarse, galopó con los dos caballos hacia Crísil. Le gritó e indicó que debía montar. Arremetió contra los bárbaros que lo presionaban dándole a éste un respiro para que pudiera montar. La llegada de un tercer bárbaro hizo retroceder a Batas, quien se vio superado por dos enemigos que lo flanqueaban. El tercer bárbaro, liberado de la amenaza de Batas, lanzó una estocada contra Crísil que impactó contra su espalda. Si no hubiera llevado su cota de malla, ahora mismo en la Planicie odas a su muerte se estarían recitando, pero ese no era el caso y a pesar que la cota de malla se rajó bajo la impresionante estocada sólo una pequeña herida produjo la afilada hoja. Crísil se defendió de los nuevos ataques al mismo tiempo que Batas hacía retroceder a los otros. Omar no se había decidido a soltar todavía a los mastines, pues sus hombres se hubieran visto también amenazados. En cambio, agarró una de sus recias lanzas apuntó y lanzó el arma arrojadiza contra el jinete que amenazaba a sus dos hombres. La lanza se desvío ligeramente atravesando el hombro del caballero haciéndole gritar de dolor.

Batas notó un dolor impresionante; su brazo cayó inerte y su mano soltó la espada que blandía. Una larga lanza le atravesaba el hombro derecho, casi tirándolo del caballo. Maldijo y lloró de dolor.  -Reúnete con los otros, regresad a La Planicie con los arbustos, yo entretendré a estos mal nacidos!-, jadeó Crísil mientras luchaba contra los tres bárbaros que les atacaban. Batas, cuyo futuro era incierto, dio media vuelta alejándose de allí mirando entre tinieblas como Crísil se batía a la desesperada contra tres enemigos. Omar se acercó unos metros; portaba otra lanza en la mano. Apuntó a aquel caballero de pelo largo y mirada firme. Admiraba a ese desconocido; disfrutaría acabando con tan magnífico oponente. Crísil lanzó dos estocadas defensivas para alejar a dos de sus oponentes. Colocó el caballo entre él y los anteriores, que trastabillaron y cayeron al suelo, para luego centrar sus acometidas contra el tercero. Lanzaba estocadas cuando observó como el jefe de los bárbaros le arrojaba una lanza. Se agarró al cuello de su caballo y se deslizó por el cuerpo del animal. La lanza rozó su hombro rasgando la cota de malla y perdiéndose más allá de su objetivo. En esa posición lanzó dos estocadas al bárbaro al mismo tiempo que embestía con el caballo al guerrero que se mantenía en pie. El bárbaro paró la primera estocada pero el golpe que le dio el corcel le hizo perder la postura defensiva con lo que le fue imposible bloquear el segundo ataque. Cayó al suelo para no levantarse nunca más.

Los otros dos bárbaros se lanzaron de nuevo contra Crísil a quien medio caído del caballo le era muy difícil luchar. Comenzó a retroceder para al final dar vuelta e iniciar la huida. Omar observó como el jinete esquivaba con habilidad su lanza y como después de abatir a otro de sus hombres comenzaba a rehuir el conflicto para alejarse. Agarró las cadenas de los mastines y los liberó de sus cadenas. Los dos monstruos se abalanzaron hacia el enemigo que huía. Corrió después con una lanza intentando alcanzar a su enemigo que se alejaba a caballo siendo perseguido por los mastines. La lanza voló en su dirección y al final, a pesar de no alcanzar al guerrero, rozó en los cuartos traseros de su montura que comenzó a sangrar considerablemente.

Omar se acercó a sus esbirros,

-Atended a los heridos inútiles, hemos dejado escapar a sus compañeros pero a su líder lo capturaremos o por lo menos nos haremos con los restos que dejen los mastines-. Y dicho esto se acercó a la serpiente de cascabel cortando su cabeza con la gran espada.

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El invierno en el Bosque no es una época triste ni fría. Más bien es una época cálida y llena de felicidad ya que el año como lo conocen los humanos termina, y esto no significa otra cosa que un nuevo ciclo comienza. Las hadas y demás habitantes del Bosque consideran el fin del año como un momento mágico, en el que los astros y las estrellas se conjuran para verter una gran cantidad de energía positiva sobre su pequeño reino. La noche de fin de año todas las hadas acuden a los lagos del segundo anillo, como el Lago Rojo, su favorito. En ellos, cuando la luna, el sol y decenas de astros repartidos por el basto universo se encuentran alineados de tal forma que todas las energías mágicas se concentran sobre el Bosque, las hadas se introducen en el agua, agachándose para sumergir su cuerpo en ella. Al hacer esto revitalizan su esencia con las energía que desprenden los reflejos de las estrellas en el agua. La energía de las estrellas es pura, como las hadas,  y cuando entran en contacto con ella todas las haditas se ponen a brillar intensamente haciendo que el Bosque se ilumine. Los gnomos, centauros y animales que viven el Bosque se colocan en las orillas de los lagos disfrutando del espectáculo. Nadie hace ningún ruido pues lo que observan es tan maravilloso que quedan turbados con tanta belleza y paz. No es extraño entonces que las semanas anteriores a tan señalado día estén cargadas de emoción y felicidad.

Las hadas del Bosque se han reunido convocadas por Kin para hablar de los preparativos de la fiesta de fin de año, ya que antes de que tenga lugar el momento de “La caída de las estrellas”, como las hadas lo llaman, no pararán de bailar y disfrutar junto al resto de habitantes del Bosque. A la reunión también ha acudido Yoni como representante de los gnomos y Rufu, que correrá la voz sobre la fiesta por todo el reino.

Kin ha traído varias bolsitas con los polvos de hada para entregárselo a Yoni. Ese polvillo casi inapreciable que recubre las alas de las hadas y que tan codiciado es por los magos, alquimistas y por supuesto gnomos del mundo; aunque estos últimos los utilizan con fines mucho menos maquiavélicos y arcanos que los primeros. Yoni repartirá el preciado ingrediente para su brebaje favorito entre los gnomos y éstos a cambio tejerán las nuevas ropitas para el nuevo año que las hadas deseen.

La reunión se celebraba en el interior del tronco hueco de uno de los árboles más grandes del reino. La luz entraba por agujeros laterales del tronco, y varias luciérnagas proporcionaban un poco más de luz a aquello que para las hadas era su salón de reuniones. En el fondo del mismo se encontraban unas escaleritas que llevaban a un trono. En él,  Kin se encontraba sentada con una corona de flores. De pie a su derecha Pipi observaba a sus compañeras que revoloteaban y charlaban entre ellas. En uno de los lados observó que se encontraban Luz, Yelde y Luci. Al parecer Luz estaba haciéndoles alguna broma pues las dos pequeñas reían a carcajadas. Yelde con su desarrollada percepción notó como era observada, giró su cabecita hacia Pipi y la saludó con una enorme sonrisa en su rostro. Pipi le devolvió la sonrisa y le guiñó un ojo. Rufu y Yoni se encontraban en la entrada del tronco pues su tamaño hacia complicado que estuvieran cómodos dentro del árbol.

Kin se levantó del trono y pidió la atención de las hadas. Se hizo el silencio en la sala y todas miraron con atención a su reina. La reunión transcurrió de forma normal, como todos los años desde hacia cientos de ellos. Kin llamaba a cada hada para que recogiera una bolsita de polvo y la entregara a Yoni informándole al mismo tiempo sobre la ropa que quería le confeccionaran para el año entrante. Más tarde se explicaba a Rufu donde tendría lugar la fiesta de todos los habitantes del Bosque y que día concreto, pues sólo Kin con su poder mágico podía sentir exactamente cuando se produciría “La caída de las estrellas”. A continuación las hadas discutían sobre que bailes y juegos realizarían. Pero esta vez, cuando todas las asistentes a la reunión creían que podrían abandonar el salón y dedicarse a revolotear, charlar y jugar con sus compañeras, Kin pidió un poco más de atención.

La voz de Kin sonó potente y firme en el hueco tronco. Todas las hadas percibieron una Kin más poderosa que nunca, más grande, más bella, más brillante. Kin comenzó a relatar los acontecimientos relacionados con el Rastreador. Contó como la joven Yelde se introdujo en el tercer anillo. Momento en el cual se desparramaron sentimientos encontrados entre las allí presentes: aprobación, admiración, reproche, miedo…Yelde agachó la cabeza y no quiso mirar sintiéndose avergonzada. Continuó Kin con la historia del templo y el encuentro con el Rastreador; para concluir con un aviso y consejo a sus compañeras.

-Os pido que no tengáis miedo. El miedo nos impide brillar y nuestro brillo es la esencia de nuestro reino. Simplemente estad atentas; cualquier cosa que percibáis, escuchéis u observéis comentádmela a mi o a Pipi. No debemos ser temerosas, ni temerarias, simplemente cuidadosas. Ahora disfrutad de la amistad, la libertad y la belleza que nos rodea amigas-, y dicho esto gesticuló con las manos haciendo que miles de luces de colores llenaran el salón de reuniones. Las hadas quedaron maravilladas y como hechizadas por Kin y sus fuegos de artificio comenzaron a brillar, volando por doquier. Poco a poco fueron abandonando la sala. Luz se marchó y dejó a Luci y Yelde con Pipi y Kin que se habían unido a ellas.

-No debes avergonzarte de nada Yelde-, comentó Kin a la joven. -Desobedeciste una de las normas impuestas en el Bosque, pero si lo hiciste fue porque debía ser así. Las consecuencias de tu desobediencia sólo pueden ser consideradas como positivas, pues no hay nada más peligroso que la ignorancia y el desconocimiento de lo que merodea a nuestro alrededor. Gracias a tu curiosidad sabemos que no podemos tomarnos a la ligera el aviso que Ging nos dejó-.

Yelde levantó la mirada para encontrar los ojos cálidos de Kin. Se abrazó a ella y comenzó a brillar ligeramente. Luci, que observaba a una prudente distancia se acercó, abarcó el cuerpecillo de ambas con sus brazos fundiéndose en un abrazo con ellas y brilló con más fuerza.

La vida en el Bosque siguió su curso. Las palabras de Kin sonaban en las cabezas de las hadas pero no les entristecían, pues no era ese su fin. En una de las clases de conocimientos animales, en la que participaban Luci y Yelde, escucharon a un par de hadas comentar que unos días atrás Luz había sabido de mano de una mariposa gigante que varios grupos de humanos habían sido vistos cerca de las Montañas de la Separación. Yelde quedó fascinada, pues en su corta edad nunca había visto a ninguno. Y lo poco que sabía de ellos era a través de las historias que en alguna ocasión algún hada adulta o Bamba le habían contado. En seguida le vino a la cabeza una forma de echar una mano y obtener información que podría ser de utilidad para Kin y las demás. Lo comentó con la pequeña Luci y ésta no hizo más que animarle a llevar a cabo lo que consideraban su plan.

Tras la clase, Yelde y Luci se fueron a jugar y divertirse por el Bosque. Querían ir a buscar a Ganda para charlar con él y practicar un poco su habilidad de comunicación con las aves. Para que su plan tuviera éxito esta habilidad sería fundamental. Al día siguiente explorarían una nueva zona: el primer anillo. Yelde estaba segura que allí encontraría muchos pájaros que venían de fuera del Bosque con los que podría conversar y preguntarles sobre las tierras que se extendían más allá de los límites de su hogar. Hasta ahora nunca se había interesado demasiado por lo que había más allá del primer anillo, pero pensar en los pájaros que volaban lejos de allí le hizo plantearse cosas sobre como sería el mundo fuera del cerco de los gigantes árboles: los colores de los pájaros, los animales que vivirían fuera de los límites de su hogar. ¿Sería cierto que las estrellas brillaban allá lejos del mismo modo que aquí?. Como era de suponer a Luci la idea le pareció muy excitante. Le encantaba explorar y toda actividad que implicara estar con el hada del viento siempre le resultaba divertida. Se acostarían pronto, pensando que al día siguiente tenían que aprovechar la luz diurna pues en la noche los pájaros descansaban y no era de buen gusto despertarles para hacerles participes de sus juegos.

Las dos haditas se dirigieron al norte de las colinas del manantial. Dejaron atrás el segundo anillo y comenzaron a adentrarse en el primero. En él, cuando levantaban las cabecitas para mirar hacia arriba, no podía apreciarse el brillo del sol, y el suelo estaba cubierto por poca vegetación dado que los altos árboles no dejaban, con su espeso follaje, que los rayos de luz llegarán a la tierra. Pronto ambas se decepcionaron un poco. No habían demasiados pájaros y éstos parecía que nunca habían salido más allá de los grandes árboles. Yelde intentó en vano comunicarse con un erizo, pero este poco caso le hizo; sobre todo después que la pequeña Luci le agarrará con su manita del hocico. Yelde entonces decidió que se acercarían al límite del Bosque a pesar de que quedaban pocas horas de luz. Allí seguro que encontraban a alguien con quien conversar y sino al menos verían lo que rodeaba su hogar. Volaron entre los gigantes troncos hasta que la penumbra comenzó a desaparecer y la luz empezó a iluminar la base de los troncos. Escuchaban en la copa de los árboles un alboroto de pájaros que les hizo sonreír. Las ramas de los árboles estaban llena de silbidos, graznidos y todo tipo de sonidos emitidos por aves. La mayoría totalmente desconocidos para ellas. Por fin lo habían conseguido; sus rostros reflejaron una felicidad absoluta. Las dos batieron con fuerza sus alitas para ascender alto; bien alto hasta llegar a la copa de los árboles. Se posaron en una de las ramas y allí, un poco escalando y otro poco volando, entre risas y juegos llegaron a lo más alto.

Lo primero que vieron fue el horizonte. Era la primera vez que veían el cielo azul extenderse hasta donde sus ojitos les permitían ver. Las dos se quedaron boquiabiertas, asombradas de lo extenso que era el cielo. Yelde comprendió en ese momento que el mundo era grande, muy grande y que ella sólo conocía una pequeña parte del mismo. Vio como en el suelo, muchos metros por debajo de donde se encontraban,  habían unas ciénagas con un aspecto muy poco agradable. Habían troncos de árboles caídos y muchos árboles muertos. De algunas zonas de las ciénagas salían vapores. Que feo era todo aquello. En seguida  centro su atención en el más allá. Hacia el norte la vegetación era escasa y la tierra era llana. Muy lejos hacia el sur se observaban unas sombras que montañas debían ser. Y atrás, detrás de ellas, podía ver el  frondoso mar de hojas que formaban el primer anillo. En el Este, también a cierta distancia, otras montañas cortaban el monótono y llano paisaje. El sol tenía un color rojizo y parecía que poco a poco iba enterrándose en la lejanía, como si la tierra se lo fuera tragando. El cielo se llenaba de la tonalidad del sol mostrando unos colores preciosos. Ella creía que el cielo era azul o gris cuando llovía, o como mucho negro cuando la luna brillaba en lo alto. Pero nunca llegó a pensar que el cielo pudiera tener esos colores rojizos y anaranjados que presentaba en esos momentos. Las dos hadas se sentaron de golpe abrumadas por tanta belleza. Miraron a su alrededor para ver muchos pájaros, grandes y pequeños, de todos los colores y formas que se encontraban hablando unos con otros preparándose para descansar, pues poco a poco el sol se iba escondiendo lentamente y con él la luz se hacía más tenue. La noche llegaba y las aves se preparaban para dormir. No se preocuparon, disfrutarían de la puesta de sol y más tarde irían a la parte baja del Bosque para jugar. Cuando se cansaran recogerían algunas ramas y hojas y se harían unas camitas en las copas de los árboles para dormir bajo las estrellas. Una vez contemplada la belleza del atardecer no querían perderse lo que seguro sería el espectáculo del amanecer.

Los primeros rayos de sol golpearon el rostro de las pequeñas intrusas. Yelde se desperezó moviendo las piernecitas y restregando las manos sobre los ojos. Se incorporó para comprobar que no estaban solas. En la oscuridad habían construido sus camas al lado de un grupo de pájaros. Yelde empujó con ternura a la pequeña Luci para que despertara y pudiera disfrutar del amanecer. Las dos se miraron con una sonrisa en la cara. Su aventura había sido un acierto; el primer anillo les deparaba nuevas experiencias que no podían desaprovechar. El sol brillaba con fuerza y provocaba una agradable sensación en sus cuerpecitos. Ya no había rastro de la noche ni de las estrellas. Pudieron comprobar que muchos de los pájaros que el día anterior se encontraban en los árboles cercanos habían desaparecido. Aún así quedaban muchos por los alrededores. Las dos se levantaron y acercaron a sus vecinos. Eran pájaros azules; sus plumas brillaban con el reflejo del sol, que continuaba ascendiendo por el horizonte. Tenían picos cortos y unas patitas alargadas y finitas. Sus ojos eran amarillos o naranjas. Parecían simpáticos y no se molestaron ante la presencia de las dos sílfides. Algunos descansaban y otros observaban el horizonte.

Luci le pidió a Yelde que les preguntara de donde venían. El hada del viento se acercó a uno de ellos y lo hizo:

-Hola, soy Yelde, vivo en este Bosque, ¿dónde vives tú?-. El pájaro movió la cabeza rápidamente como si quisiera deshacerse de un molesto sonido. Giró y comenzó a observar al ser que tenía enfrente. El hada repitió la pregunta quedando de nuevo sin contestación.

-No deben ser muy inteligentes Luci. Creo que no me comprenden-, Luci miró a Yelde y en su rostro se vio una mueca de decepción.

-¿Cómo que no somos inteligentes, mosca gigante?- retumbó una chillona voz dentro de la mente de Yelde Waiva. El pájaro le había contestado. La excitación se hizo manifiesta en la sílfide, -¡Me ha contestado Luci!; ¡me ha contestado!-. La pequeña Luci comenzó a brillar y saltó de alegría. -Perdona pájaro, creía que al no ser de por aquí no me entendías. ¿Cómo te llamas? Yo soy Yelde Waiva y ella es Luci-, respondió el hada del viento al pájaro.

-Yo soy Koki, y ellos son mis compañeros de viaje. Venimos del otro lado de las montañas y creo que nos quedaremos por aquí una temporada. ¿a vosotras os gustan los mosquitos esos tan grandes que hay aquí?-.

Yelde explicó a Luci lo que acababa de decirle y está comenzó a reír de nuevo, ¡que divertido era para ella el juego!. -No; nosotras no comemos bichos, nos gusta la fruta. ¿Y por qué habéis venido hasta el Bosque?. ¿Dónde están las montañas de las que hablas?-.

-Están allá en el sur; a dos días de aquí volando a buen ritmo-,  respondió Koki mientras señalaba con el pico. -Hace dos noches el Bosquecito donde vivíamos fue invadido por una avalancha de insectos malos. Nosotros normalmente nos los comemos, pero en este caso eran ellos los que se lo comían todo: otros pájaros, pequeños animales que no volaban e incluso hojas y ramas. Tuvimos que salir huyendo. Pasamos mucho miedo-. Yelde comentaba con Luci todo lo que le decía Koki. Las dos estaban absortas con las revelaciones que les hacía el pajarillo y no quitaban sus ojos de él.

-Cuanto miedo debisteis pasar ¿verdad?. No os preocupéis. Aquí os protegeremos; nuestra reina es muy poderosa, tranquilos-, respondió Yelde. Luci asentía con seguridad para reafirmar las palabras de su compañera.

-Pasamos mucho, algunos de nuestros amigos no consiguieron llegar hasta aquí. Pero bueno, parece que estaremos bien; tenemos comidita y además, si dices que estaremos protegidos me quedo más tranquilo- . Un mosquito de las ciénagas pasó rápidamente por encima de sus cabezas. Koki lo vio y emprendió el vuelo tras el insecto, dejando a las dos hadas disfrutando del paisaje.

Pasaron las horas, las dos amigas fueron desplazándose de unas copas de los árboles a otras, e incluso descendieron al suelo para salir del cobijo que les proporcionaban los árboles para adentrarse en las marismas. La esencia allí era muy débil. Todo era tétrico; un paraje tan triste que se les hacía difícil aceptar que algo tan feo e inerte estuviera tan cerca del Bosque un sitio lleno de vida y alegría. Tras comprobar que la ciénaga no era un lugar en el que podrían encontrar algún tipo de diversión, decidieron subir de nuevo a las copas de los árboles para ver que veían o que pájaros encontraban allí. Esta vez no hubo pájaros, así que se tumbaron en el follaje con los brazos y piernas extendidas simplemente a observar el sol, las tonalidades que se proyectaban sobre el cielo y las nubes pasar arrastradas por el viento. Decidieron jugar a adivinar que pensaba la otra sobre la forma de las nubes. Un arbusto, un lagarto. Siempre acertaba Yelde claro está, pues a través de la esencia le leía los pensamientos a la pequeñita Luci que todavía no era capaz de protegerse de la intrusión ajena. Las horas pasaron y entre risa y risa el día continuó su avance. Cansada ya de tanto juego Yelde propuso que regresaran. Seguirían sus juegos con Kin. Es más, a pesar de la reprimenda que les daría le contarían su aventura y le preguntarían cosas sobre el mundo que se extendía más allá de los límites de la muralla de árboles.

Se incorporaron las dos con el pelo y ropitas llenas de hojas y ramitas. El sol que incidía en esos momentos sobre sus rostros las dejó por un momento cegadas. Poco a poco comenzaron a acostumbrarse al brillo de la luz y entonces comenzaron a distinguir algo en la lejanía.

-Mira eso Luci, ¿qué es?-, preguntó con curiosidad el hada del viento. -No se, ¿una nube negra?-, contestó la más pequeña de las dos sílfides. -¿Hay nubes negras en el mundo del más allá?. No tengo ni idea.

Las dos hadas estaban absortas intentando resolver que era aquella cosa. Una masa negra tan grande como algunas de las nubes que le rodeaban, pero que se encontraba a mucha menos altura y se movía en su dirección a mayor velocidad que las nubes blancas. En ese momento Koki, el pájaro azul, se posó cerca de donde se encontraban. -¡Corred!, ¡corred!, los malos están aquí. ¡Los malos nos han seguido!. Si nos quedamos no habrá salvación para nosotros-, dicho esto Koki emprendió el vuelo hacia el este. Al igual que él, muchos otros pájaros salían de todas las copas de los árboles. Los graznidos, gritos y nerviosos silbidos crearon un ambiente ensordecedor. Cientos de pájaros se elevaban por los aires y volaban en la dirección contraria a la nube negra. Yelde Waiva estaba paralizada; notaba el miedo en todos esos animalitos y no llegaba a comprender que podía ser aquello que les atemorizara tanto.

-Luci, quedate aquí. No te asustes; voy a regresar en breve. Vamos a averiguar que es eso que viene hacia aquí, y no; no creo que existan nubes negras-, dijo con seguridad a la pequeña que se encontraba inmóvil y asustada por tanto alboroto y movimiento. Yelde se elevó en el aire y voló hacia aquella cosa. Mientras volaba se concentró y lanzó un hechizo para potenciar su visión. Una decena de metros más allá su vista era como la de un halcón. La compacta y densa nube negra comenzó a ganar detalle cuanto más se acercaba la nube a ella y ella a la nube. La nube era un enjambre de rojas y grandes langostas. No eran como los saltamontes con los que se entretenía en el Bosque a veces. Eran dos o tres veces más grandes; sus cuerpos eran rojos como la sangre y sus mandíbulas desproporcionadamente grandes. Ver aquello le asustó de verdad. Notó cientos de miles de ojos posados sobre ella y lo que le produjo más temor, alrededor del inmenso enjambre había una esencia maligna, una oscura sombra que envolvía aquellos insectos y que los guiaba hacia el Bosque. Yelde dio media vuelta y voló en dirección a Luci. El enjambre tardaría todavía un tiempo en llegar hasta los primeros árboles. Para aquel entonces ellas dos se encontrarían bien dentro del primer anillo, y por lo tanto, seguras.

Las dos hadas volaban a todo lo que daban sus alas por en medio de los árboles. Yelde intentaba entablar contacto telepático con Kin o cualquiera de las otras hadas. Les pedía auxilio; les pedía que acudieran donde se encontraban ellas.  De repente Luz, una de las hadas entabló comunicación con Yelde. -¿Qué pasa pequeña?, ¿por qué estás tan asustada?-.

-¡Vienen hacia aquí Luz, los insectos rojos vienen hacia aquí a comerse todo!. Tenemos que avisar a Kin; tenemos que proteger el Bosque-, contestó Yelde. El hada del viento notó como Luz buceaba en su mente y obtenía información sobre lo que había vivido minutos antes. Se dejó llevar, permitió que el hada adulta comprendiera. -Acude al lago Rojo Yelde. Nos encontraremos allí, buscaré a Kin-,  ordenó autoritariamente Luz.

Minutos después todas las hadas del Bosque se encontraban allí. Kin y Luz mostraban en su rostro preocupación, mientras el resto de ellas estaban sorprendidas, curiosas por saber que había provocado tan urgente reunión. Las dos pequeñas estaban sentadas al lado de Luz, todavía resoplando por el esfuerzo y el susto que se habían llevado. Kin se elevó y se suspendió en el aire a la vista de todas las demás comenzando hablar en un tono autoritario y serio que indicaba que algo importante sucedía.

-Hermanas, amigas y compañeras; os he mandado reunir para informaros del gran peligro que se cierne sobre nuestro reino y sobre nosotras-, comenzó diciendo. Era una conversación silenciosa, totalmente telepática donde no se pronunciaban sonidos. Sólo el cambio en las tonalidades e intensidades de los brillos de las alas de las sílfides daban fe de que esas palabras provocaban algún tipo de reacción en las allí presentes.

-Desde más allá de las Colinas De La Arena viene un mal que tiene como objetivo nuestro querido Bosque. En unas horas estará aquí y con su llegada la profecía de mi hermana Ging parece comenzar a cumplirse-. El nombre Ging causó gran asombro entre todas las hadas. Kin contó como antes de desaparecer Ging le reveló una profecía, una visión sobre desgracias, dolor y destrucción de su reino. Al escuchar esto todas las hadas dejaron de brillar. Pero allí se encontraba una luz en medio de tanta oscuridad y no era otra que la de la reina de las Hadas: Kin la hermosa protectora del Bosque que seguía con su relato. Pasó a recitar la profecía para luego continuar con la parte de la historia concerniente al encuentro entre Yelde y Ging. Finalmente terminó explicando como la historia del Rastreador, que días antes les había revelado, podía tener relación con todo aquello.

-Esa es la historia. Parece ser que algo quiere destruir nuestro reino, pero yo os aseguro que no lo permitiré. ¡Defendamos nuestro hogar de la oscura sombra que se dirige hacia nosotras!-. Y dicho esto ordenó a unas y otras lo que debían hacer. Las hadas desaparecieron volando en diferentes direcciones. Luz, Kin y Yelde se dirigieron hacia el primer anillo para observar de nuevo aquel enorme enjambre de langostas que no eran otra cosa sino una oscura sombra.

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Todavía era de noche, quedaban unas horas para el alba. Jonan, el encargado del último turno de guardia, se encontraba sentado en las rocas. Un par de metros abajo, veía como dormía su hermano y resto de compañeros. No había escuchado nada hasta ahora, excepto el relinchar de alguno de los caballos que se encontraban unos metros alejados del campamento y ver poco se podía ver, pues sólo la luna proporcionaba un poco de luz entre tanta oscuridad. Decidió descender y apagar la hoguera para evitar que con las primeras luces del día el humo delatara su posición. Descendió poco a poco para no despertar a sus compañeros y una vez en el centro del campamento lanzó un poco de agua de su cantimplora para acabar con las llamas. Dio media vuelta y comenzó a trepar de nuevo por las rocas. Llegó a la cima y mientras se colocaba correctamente la vaina de la espada en el cinto y arreglaba sus ropas escuchó un ruido de piedrecillas por el otro lado de las rocas. Se acercó; miró para ese lado y se quedó bien quieto, escuchando, intentando percibir algún movimiento o ruido. Dio dos pasos de forma muy sigilosa hacia el borde de las rocas. Se detuvo y escuchó. De repente notó una fuerte presión en el cuello. Instintivamente se llevó las manos a él, para encontrar una cuerda o algo que le asfixiaba. Notó unas fuertes manos y un cuerpo grande detrás de él. Poco a poco notaba como se quedaba sin aire. Sus pies no encontraban un buen punto de apoyo donde asentarse para hacer fuerza. Los brazos de su atacante parecían vigas de hierro pues sus manos no eran capaces de hacerle soltar su presa: su cuello. Desesperado y sin tiempo para actuar, balanceó su cuerpo y utilizó el último aliento que le quedaba para impulsarse al vacío y arrastrar tras él a su enemigo. Esperaba así que en el mejor de los casos su oponente lo liberara. Los dos individuos rodaron por la ladera rocosa, perdiéndose en la oscuridad.

Abajo en el campamento Crísil abrió un ojo. Desde muy pequeño había tenido un sueño muy ligero. Él estaba convencido que fue desde que aquella cucaracha decidió subir una noche de verano por su pierna cuando era un crío, despertando en medio de una pesadilla. Aunque su madre lo negaba pues decía que ya desde pequeño, cuando dormía con ella y ésta se daba la vuelta, él siempre abría los ojos para ver que pasaba. Había creído escuchar algo, no podía concretar el qué. Observó y pudo apreciar a sus compañeros dormidos. Lonzo, como era normal en él, roncaba de una forma más parecida a la de un cerdo que a la de un hombre. La hoguera estaba apagada, aunque todavía veía algunas ascuas encendidas. Esta vez sí lo escuchó claramente, unas piedrecillas rodaban ladera abajo del otro lado de las rocas. Se incorporó muy lentamente y desenvainó a Luna, su espada. Se acercó a Elthrai y tapándole la boca le zarandeo suavemente. Éste se despertó sobresaltado. Miró para todos los lados, tranquilizándose cuando sus ojos toparon con los del joven guerrero. Crísil le siseó al oído, -He oído algo, despierta a los demás con cuidado-. Elthrai comenzó a erguirse. Crísil miraba hacia arriba, intentando localizar a Jonan, que debía estar allá arriba en algún lugar de la negrura circundante.

Entonces una figura apareció en lo alto. La luz de la luna hizo que en la oscuridad se dibujara una silueta. A partir de ese momento los hechos sucedieron uno tras otro atropelladamente. A esa silueta, una silueta humana que no era la de Jonan, se le unió una segunda. Crísil gritó entonces -¡Nos atacan, despertad!-. Elthrai desenvainó su espada y giró el cuello justo a tiempo para vislumbrar como varias figuras arrojaban redes sobre ellos. Instintivamente levantó su espada con fuerza en una maniobra defensiva a la vez que con su pierna empujaba a Lonzo, a quien justo había despertado y todavía se encontraba en cuclillas desperezándose. Lonzo entre la oscuridad, la pesadez de sus pensamientos y los gritos no sabía muy bien donde se encontraba. Su situación no mejoró demasiado pues la patada de Elthrai lo envío de bruces contra los sacos que se apilaban un par de metros más allá del centro del campamento, dejándolo aturdido y con un fuerte dolor de nariz. El resto de aventureros se encontraban todavía medio dormidos cuando despertaron de repente y asustados por el grito de Crísil. No tuvieron tiempo de levantarse, Batas quedó postrado enredado en un par de redes, mientras que Ramos que se estaba incorporando quedó cegado y enganchado de torso para arriba por otra red. Tropezaba como un pollo sin cabeza intentando deshacerse de la red cuando una de las figuras saltó sobre él desde la cima de las rocas y con los puños cerrados golpeó sobre su cuello dejándolo inconsciente. Crísil se abalanzó sobre la gran figura, que le sacaba no menos de medio cuerpo; cuando por el rabillo del ojo vio como otra figura saltaba sobre él. Tuvo tiempo de saltar a un lado esquivando lo que hubiera sido una estocada mortal. Por uno de los lados del campamento vio llegar un par más de enemigos. Las cosas se tornaban difíciles. No sabía nada de sus compañeros con la excepción de Elthrai y Batas. Al primero lo escuchaba batirse a pocos metros de él contra un oponente; los improperios que profería indicaban que no estaba saliendo del todo mal parado en su enfrentamiento personal. Al segundo creía verlo revolcarse por detrás de las dos figuras que lo amenazaban y se acercaban.

Crísil lanzaba estocadas defensivas a diestro y siniestro manteniendo alejados a los dos enemigos que lo cercaban e intentaban rodear. Entre gritos llamaba a Elthrai, para poco a poco acercarse y permanecer espalda con espalda y de esta forma defenderse mejor. Las chispas saltaban cuando las hojas de los aventureros chocaban con los sables y alfanjes de sus enemigos. Crísil asombrado observó como unas figuras arrastraban lo que debían ser los cuerpos de Batas y Ramos,-¡Se los llevan Elthrai, se los llevan, tenemos que abrirnos paso!- y dicho esto comenzó a lanzar estocadas buscando una brecha defensiva. Un grito de dolor rasgo la oscuridad, seguido por otro de satisfacción indicando que Elthrai había acabado con su contrincante. Al instante se encontraba hombro con hombro peleando junto a Crísil.

Mientras tanto, a pocos metros de donde tenía lugar toda la acción, Lonzo se levantaba por fin del suelo, cuando observó como un par de caballos se alejaban guiados por un jinete. -¡Alto rufián!-, gritó al ladrón mientras desenvainaba su espada. Avanzó hacia el resto de caballos cuando dos hombres muy grandes se interpusieron en su camino. La oscuridad reinante impedía que apreciara nada más sobre su aspecto físico a excepción de su tamaño y del tamaño de las grandes hachas que blandían. Se lanzaron contra él. El primero levantó el hacha por encima de su cabeza, como si su intención fuera partirlo por la mitad como a un viejo tronco, mientras que el otro aprovechando el gran alcance de su hacha la blandió de atrás adelante con los brazos extendidos intentando alcanzarlo. Se agachó rapidísimamente esquivando la estocada del segundo. Salto hacia adelante rodando por los suelos y antes que el guerrero que tenía el hacha por encima de la cabeza tuviera tiempo de reaccionar y defenderse, le asesto una estocada mortal en el costado. Lonzo giró sobre sí mismo justo a tiempo para parar un potente golpe del guerrero que todavía quedaba en pie. El impacto de la pesada hacha sobre su espada hizo mella en ella y pequeños trozos de metal salieron disparados. Lonzo cayó al suelo; el guerrero levantó de nuevo su hacha y lanzó otra estocada. El espadachín giró sobre si mismo para esquivar el nuevo hachazo, que al no encontrar su objetivo, se clavó en el suelo unos centímetros. Lonzo sacó de su bota un cuchillo y extendiendo el brazo lo clavó en el pie del guerrero que forcejeaba para sacar su hacha clavada en la tierra. El guerrero pegó un fino chillido pero lejos de saltar a la pata coja como Lonzo esperaba, empleó toda su rabia para sacar el hacha y volver a atacar a Lonzo. Éste ya erguido le esperaba para continuar con su duelo particular mientras que el ladrón montado volvía para llevarse otros dos caballos.

Crísil y Elthrai combatían con la intención de detener a los hombres que se llevaban a sus amigos. Sus dos oponentes sin embargo tenían como única intención acabar con su vida, y así lo atestiguaba el feo corte que Crísil tenía en el brazo derecho. Crísil sin dejar de lanzar y parar estocadas comenzó a silbar todo lo fuerte que la situación le permitía. Los silbidos llenaron el silencio de la noche. Nada cambió, todos siguieron batiéndose sin tregua. Crísil ya no observaba a nadie detrás de sus dos enemigos, se habían llevado a sus compañeros. Al instante un bufido y un relincho sonaron potentes detrás de los enemigos. Éstos viendo comprometida su retaguardia se pusieron nerviosos y no supieron reaccionar. Uno de ellos se distrajo lo suficiente permitiendo a Crísil, después de una finta, lanzar un corte al pecho del enemigo que lo dejó fuera de combate mientras que el segundo fue arrollado por una mole negra que venía desde atrás en carrera. Pantera había escuchado la llamada de Crísil y había acudido en su ayuda. De repente las nubes cubrieron la luna y todo quedó en la más absoluta oscuridad. Sólo se escuchaban los gemidos de los dos guerreros que habían estado combatiendo contra Crísil y Elthrai.

Lonzo y su enemigo se perdieron de vista cuando la nube extinguió la única fuente de luz que había dejándoles completamente a ciegas. Sigilosamente se movió en círculos, rodeando la hipotética posición de su enemigo. Se detuvo y escucho atento. A unos metros creía escuchar los jadeos del fatigado guerrero. A pesar de su fuerza y corpulencia, blandir ese gran hacha era una tarea que requería de un gran esfuerzo, sobre todo si estabas herido. El guerrero se encontraba quieto, girando sobre si mismo con una ligera cojera intentando averiguar por donde atacaría su rápido y esquivo oponente. El grave sonido de un cuerno sonó más allá de las rocas, haciéndose más y más agudo hasta que desapareció. El guerrero reconoció la llamada al instante. Omar, el líder del grupo llamaba a la retirada. El sudor le caía por la frente, en el estado que tenía el pie no estaba seguro de poder alcanzar el otro lado de las rocas y reunirse con sus compañeros. Decidió que se haría con el último caballo; se movió en su dirección y entonces notó una punzada en la barriga. Inmediatamente soltó su hacha y agarró con sus dos manos aquello que le había atravesado. Cayó hacia atrás dándose cuenta que su aventura había terminado, lejos de los suyos, lejos de sus amigos, solo y en silencio.

Lonzo escuchó como el guerrero arrastraba su pie un metro a su derecha, calculó la posición y con un rápido movimiento se lanzó hacia adelante con el brazo extendido como si todo él fuera una lanza. Su espada se clavó en algo y de súbito notó como le arrancaban la espada de las manos. Instantes después escuchó como algo pesado caía al suelo. Durante unos minutos permaneció tenso, desarmado, esperando un nuevo ataque, pero nada ocurrió. Entonces se relajó y comenzó a llamar a gritos a Crísil. Después del extraño ruido, todo quedó en silencio. Nada se oía, nada se movía. Pantera apretaba su cabezota contra el cuello de Crísil, ajeno a todo el drama que se había vivido. Crísil y Elthrai escucharon como Lonzo les llamaba en la oscuridad, sin bajar la guardia y cubriendo sus espaldas se acercaron primero al campamento para recoger una antorcha. La encendieron y se dirigieron al punto del que provenían los gritos. Allí lo encontraron arrodillado, sucio y empapado de sudor. -Acabé con ellos, aunque nos robaron los caballos- dijo al tiempo que se levantaba mostrando una amplia sonrisa. Sonrisa que quedó truncada al ver la cara de preocupación de sus amigos.

Crísil contó a Lonzo lo que había pasado y regresaron al campamento. Allí yacían los cuerpos de sus enemigos. Se trataba de seres humanos. Eran de complexión musculosa y muy altos. Su piel estaba recubierta de tatuajes, algunos llevaban la cabeza rapada y otros presentaban una larga melena. Calzaban botas y pantalones cortos fabricados con pieles y no cubrían su musculoso torso con vestimenta alguna. Sus orejas y cejas estaban adornadas con pendientes de oro y plata. Sus fuertes brazos estaban adornados con brazaletes y pulseras de grandes eslabones. De sus compañeros no había ni rastro. Observaron unos surcos en la tierra como si los hubieran arrastrado. Pero poco más podían vislumbrar entre tanta oscuridad. Decidieron esperar las pocas horas que quedaban para el alba y entonces decidirían que hacer. Parecía que su aventura no iba a tener un final feliz.

 

 

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Yelde volaba con premura. Tenía claro a donde se dirigía y qué debía hacer. Avisaría a Kin, esta vez sus travesuras le habían llevado a descubrir cosas que no podían permanecer ocultas. Yelde voló hasta el árbol donde Kin tenía su casa. Ascendió hasta la copa del mismo y se posó en el rellano que daba acceso a la casita.

-¿Kin?- preguntó con una vocecita entrecortada. Al no obtener respuesta, su intuición se vio confirmada. No estaba en casa. Yelde dio unos pasitos y se introdujo en la morada de la reina de las hadas. Se sentó en el suelo y cruzó sus piernecitas. Cerró los ojos y comenzó a concentrarse en Kin. Le llamaba, le buscaba por el Bosque, intentaba localizar su esencia para entablar comunicación con ella y decirle: -¡Corre!, ¡ven!, ¡te necesito!-. Pasaron los minutos y al rato una brisa hizo mover los largos cabellos de la pequeña hada. Ésta se giró para encontrarse, allí frente a ella y rodeada de un aura de luz, a la reina de las Hadas.

-¿Qué ocurre mi pequeña Yelde?. Te noto turbada, preocupada. Noto miedo en ti-, preguntó Kin transmitiendo toda la tranquilidad que un ser de su carisma era capaz. Yelde se levantó y corrió a abrazarse a ella. Temblorosa comenzó a relatar todo lo que había sucedido. El turbio despertar, el hallazgo de la ardilla, su excursión por el tercer anillo, el descubrimiento del misterioso templo y finalmente el tenebroso encuentro con aquel extraño ser. Kin permaneció callada durante todo su relato. Apoyaba su barbilla en la cabecita de la pequeña hada. Acariciaba sus cabellos y al mismo tiempo que escuchaba, utilizaba sus poderes para sondear los recuerdos y así visualizar todo lo que el hadita relataba. Peor que preocupada quedó la reina de las hadas tras conocer todo lo que tenía que decirle Yelde Waiva. Su rostro no reflejaba sino una gran preocupación.

-Yelde vamos; vas a tener que llevarme a ese templo, Pipi nos acompañará-. Yelde vio como en ese momento el alegre hada a la que todos conocían como Pipi se posaba en la entrada de la casa de Kin. Las dos se miraron y Yelde pudo fugazmente percibir como Kin le explicaba a Pipi la situación. Kin se dirigió a uno de los laterales de la casa. Abrió uno de los baúles y agarró lo que parecía ser una ramita un poco torcida de unos diez centímetros de longitud. Yelde sonrió y asintió para sí. Era una varita mágica.

Las varitas mágicas son objetos que tienen forma alargada. Pueden tener la forma de varas, palos, ramas o similares, no demasiado grandes y lo importante de ellas es que en su interior contienen cierto poder mágico. Los lanzadores de conjuros utilizan la energía de sus varitas para potenciar o facilitar el lanzamiento de hechizos. La energía de las varitas es limitada, razón por la cual sólo deben usarse cuando es realmente necesario.

-Vamos pequeña, guíanos al tercer anillo-. Dicho esto, las tres emprendieron el vuelo. Las tres hadas volaron raudas y veloces en dirección al centro del Bosque. Su objetivo era acceder al tercer anillo. Recorrerían el sendero que Yelde conocía para llegar al mismísimo centro del Bosque. Se internaron en los molestos zarzales protegidas por escudos mágicos que Kin había creado para ellas. Al poco tiempo llegaron a la desierta y tétrica planicie. Yelde señaló el fondo del cráter, donde todavía se encontraban las blancas ruinas. El hada del viento estaba tranquila, no había sido un sueño o una alucinación todo lo sucedido al amanecer. El templo estaba allí.

Kin cerró los ojos y sondeó los alrededores buscando algún tipo de presencia. Nada que pareciera peligroso se encontraba por allí. Ni siquiera al concentrar su esencia en las ruinas y su interior pudo percibir nada. Las tres bajaron hasta las ruinas. Kin pasó suavemente sus manos sobre la superficie de las rocas, observando con detenimiento cada detalle, como intentando conseguir que le hablaran. -¿Dices que viste introducirse algo por la abertura?-, preguntó Pipi mirando fijamente a Yelde. Ésta simplemente asintió con un ligero movimiento de cuello. La pequeña miraba con los ojos muy abiertos lo que hacían las dos hadas adultas.

-Voy a entrar-, dijo Pipi. En ese mismo instante, los ojos del hada se tornaron amarillos y resplandecieron como pequeñas llamas. Su cabello rojo se erizó y comenzó a moverse como si el viento los arrastrara en todas direcciones. Un aura roja, como si un pequeño sol se encontrara justo detrás de ella, la envolvía. Extendió las manos y de sus palmas brotaron dos pequeñas llamas de un rojo fuego que permanecieron crepitando en ellas. Yelde quedó impresionada; la esencia que desprendía Pipi era increíble. Normalmente parecía tan tranquila que nunca hubiera imaginado tal demostración de poder por su parte. Lo que no sabía Yelde Waiva es que tras ese rostro pecoso y juvenil se hallaba la Guardiana del Bosque, el hada guerrera. Ella podía ser sin lugar a dudas el hada más poderosa, después de Kin, del Bosque. Además, a diferencia de las demás sílfides que rehusaban la violencia y evitaban el conflicto, ella no tenía demasiados miramientos en enfrentarse a quien tuviera malas intenciones. Ella era la defensora de los débiles, la protectora del reino del Bosque y emplearía la fuerza siempre que lo considerara necesario, para proteger la tranquilidad de los seres que se encontraban bajo su protección.

Pipi caminó con firmeza hacia la entrada de la gruta. Se disponía a introducirse dentro de ella cuando Kin le detuvo. -Alto Pipi, espera, me quedaré fuera pero no quiero que entres sin protección-. La pequeña figura de Kin relucía con luz propia. Sus transparentes alas se encontraban plegadas. Apuntó con su varita a Pipi y en ese momento sus ojos azules se tornaron transparentes. El siempre pálido cuerpecito del hada se tornó brillante y un haz de luz salió desde la varita para impactar en la llameante Pipi. Yelde cerró los ojos cuando el cuerpo de Kin comenzó a brillar intensamente. Segundos después, cuando los abrió de nuevo, tuvo tiempo de ver como Pipi rodeada por una brillante luz se introducía en la gruta. Kin permanecía quieta a pocos metros de la entrada. Mantenía la varita en alto; se encontraba en tensión; preparada para cualquier cosa. Yelde permanecía detrás de ella, inquieta; expectante; observando con detenimiento todo lo que acontecía.

El hada avanzaba lentamente con los brazos extendidos y las palmas hacia adelante. El escudo mágico que Kin había lanzado sobre ella era tan intenso que actuaba como una linterna iluminando sus pasos. Gracias a esto, el hada pudo observar que las paredes se encontraban decoradas con runas élficas. Extraño le resultó pues ni siquiera ella, una de las hadas que más tiempo llevaban en el Bosque, había visto elfos por aquellos lares. El suelo estaba cubierto de tierra, el templo o lo que fuera aquello había quedado sepultado, o se había hundido convirtiendo en polvo y rocas sueltas lo que debió ser en otro tiempo un suelo de mármol. Las paredes y parte del techo estaban claramente definidas, aunque supuso que la tierra había tapado parte de esa estructura, motivo por el cual no era visible desde el exterior. Caminaba concentrada en percibir algún movimiento o presencia. Sus sentidos no percibían nada: ningún sonido, ningún movimiento en la sombra y su magia no percibía la esencia de ningún ser. Sólo unos metros más allá, al final de lo que parecía ser un pasillo flanqueado por columnas derruidas, presentía que había un objeto con una alta carga mágica.

Avanzó hacia aquel objeto cuando de repente algo le golpeó en el costado, lanzándole contra la pared. El hada quedó incrustada   varios  centímetros en el frío mármol que formaba las paredes del antiguo templo. Si no hubiera sido por el potente escudo mágico que la protegía sus huesos hubieran sufrido graves daños. El aura que rodeaba a la pelirroja hada se atenuó un poco. Pipi estaba aturdida y la cabeza le daba vueltas. De nuevo algo se abalanzó sobre ella. El Rastreador saltó con sus garras abiertas. Clavo las patas a uno y otro lado del cuerpo del hada, situando su horrible cuerpo y sus mortíferas garras en frente del rostro de la mareada hada. El Rastreador chasqueó sus garras seguro de su victoria, contento por el festín que iba a darse en breve. Lanzó sus garras hacia su víctima para succionar toda su energía, acabar con su vida y regocijarse con el fluir de la esencia al recorrer su oscuro cuerpo. Las garras encontraron una resistencia invisible; una fuerza que no le permitía acceder al cuerpecillo del hada. El contacto de las garras con el escudo mágico hicieron que este comenzara a brillar. La activación del escudo generó una serie de estímulos en el organismo de Pipi que hicieron que se recompusiera. El Rastreador comprendió al instante que sucedía y lejos de amilanarse no cejó en su intento de alcanzar su objetivo. Sus garras estaban preparadas para succionar la esencia, no importaba cual fuera su fuente. A medida que el Rastreador chupaba la energía del escudo, el brillo de éste decrecía. Cuando el torrente de energía robada comenzó a llenar el vacío cuerpo del Rastreador, éste comenzó a crecer alimentado por la energía pura que estaba succionando. Pipi comprendió que tenía que actuar rápido, pues su escudo se debilitaba por momentos y el monstruo que le atacaba se agigantaba con el paso de los segundos. En su lugar cualquier otro hada hubiera desfallecido pero ella era un hada guerrera, era la Guardiana del Bosque. El aura del hada comenzó a brillar con fuerza, dos fogonazos surgieron de sus ojos.

-¡Inmundicia de la oscuridad!, ¡cangrejo de las sombras!, ¡Aparta de mi y desaparece!-, gritó al mismo tiempo que empleaba todas sus fuerzas para sacarse de encima a la bestia y lanzarla lejos de ella. El Rastreador se vio sorprendido por la súbita reacción de su presa. Estaba embriagado por la esencia que recorría su cuerpo y había bajado la guardia. Tan pronto se liberó del Rastreador, dos bolas de fuego salieron de las manos de Pipi con dirección a él. No se detuvo a comprobar si impactaban, salió volando en dirección a la salida. Detrás de ella dos explosiones hicieron brotar una columna de fuego.

Kin seguía concentrada con los ojos en blanco y la varita en alto. Percibió la sorpresa del hada, la debilidad, la ira y finalmente su poder. Estaba preparada para actuar. Pipi salió de entre la gruta volando a toda velocidad y nada más vio a Kin gritó: –¡Sella la salida, atrapemos a la bestia en su interior!-. Kin conjuró un hechizo de vibraciones que proyectó contra las piedras del templo. Estas comenzaron a moverse como si un terremoto tuviera lugar bajo ellas. Al instante empezaron a desquebrajarse y poco a poco los cascotes de piedras taparon la entrada al templo. Pipi se encontraba fatigada, yacía en el suelo mareada y más pálida de lo normal. Los pelos le cubrían la cara sucia. Yelde se encontraba a su lado reconfortándola. Kin se acercó hasta ellas, levantó la varita y tocó con la punta la cabeza de Pipi. Al instante su carita recobró la sonrisa y el color, se levantó y se abrazó a Kin.

-¿Lo has visto?, ¿viste lo que me atacó?- preguntó.

-Sí, lo he visto todo amiga. Fuiste muy valiente. Era un Rastreador, un ser mágico enviado por algún hechicero para encontrar algo o a alguien-, contestó Kin con rostro serio. Ella en todo momento había estado conectada con la mente de Pipi a través de la esencia mediante uno de los múltiples hechizos que la poderosa hada conocía.

-¿Acabé con la amenaza?- preguntó esperanzada Pipi. -Puede que sí, no lo se; he sondeado las ruinas en busca de algún rastro de la  criatura pero no he percibido nada. Podría significar que ha muerto, o como sucedió cuando hemos llegado, que se camufla contra nuestra percepción. Lo que está claro; que viva o muerta, la criatura está atrapada y no podrá salir del templo-, contestó Kin.

Las tres hadas emprendieron el vuelo un poco cabizbajas, pues si el Rastreador estaba allí era porque alguien lo había enviado. El que había venido a buscar era un misterio; posiblemente fuera aquel objeto que Pipi percibió en el templo. Parecía evidente que alguien que se había tomado tantas molestias en convocar a un Rastreador del más allá, no daría por perdido lo que andaba buscando. El tiempo, por desgracia, estaban seguras que daría respuestas a las preguntas que se sucedían una tras otra dentro de sus cabezas.

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El grupo de Crísil viajó hacia el sur, siguiendo la Calzada Azul: la vía adoquinada que saliendo desde el Reino de Gornak corría paralela a la costa, atravesando la Planicie hasta llegar al Puente Final, el gran puente que cruzaba el río Cortado y que marcaba el final de las tierras de su Reino. Dos días les llevó llegar hasta la fortaleza que guardaba dicha frontera. No pararon más que para dormir, descansar cómodamente en las literas y hacer acopio de más provisiones y agua. No se encontraban cansados, la noche anterior habían dormido en una granja. Los aldeanos de La Planicie era gente muy agradable y solícita y no dudaron en acoger a un grupo de viajeros que venían del norte. Nadie reparó en la identidad del joven. Así es como quería el grupo que fuera; el anonimato les proporcionaría un poco más de tranquilidad. Partieron bien entrada la mañana; su plan de viaje consistía en seguir el cauce del Río Cortado hasta llegar a las inmediaciones de las Montañas de la Separación e internarse en ellas cuanto fuera necesario hasta encontrar y recolectar la mayor cantidad de frutos que pudieran.

El viaje les llevó un par de días más. Esta vez sí tuvieron que pasar la noche a la intemperie. El frío hizo acto de presencia y la noche se hizo larga. A medida que se acercaran a las Montañas de la Separación sería más necesario hacer uso de los sacos de dormir, las mantas y el calor de las fogatas nocturnas. Poco a poco, los picos de las montañas se hacían más visibles. Las Montañas de la Separación eran unas cordilleras altas, poco abruptas y en las que se conocían varios pasos que las atravesaban y llevaban a las tierras del otro lado. En invierno era difícil que tuvieran picos nevados, pero los chubascos eran frecuentes. Era más común notar su presencia por el viento que soplaba por entre los numerosos cañones y pasos que las recorrían.

Al mediodía se encontraban en las primeras colinas que indicaban la cercanía de un terreno más abrupto. El clima se tornó más áspero y seco, pues el mar ya no tenía influencia sobre esta zona y las precipitaciones eran escasas de este lado de las montañas, pues toda la carga de agua descargaba en las montañas. Sólo el seco viento atravesaba las montañas. Los aventureros siguieron encima de sus monturas, moviéndose al paso entre los arbustos, matorrales bajos y hierba corta que adornaban las colinas. Jonan iba en cabeza del grupo, oteando el horizonte y comprobando el suelo cada cierto tiempo. Seguían un sendero más o menos claro hacia uno de los cañones que se internaban dentro de la cordillera. Buscaba cualquier signo que indicara que alguien había pasado por allí hacía poco. Ahora mismo se encontraban en una zona fronteriza y en ellas, los incursores, bandidos y otros tipos de amenazas no eran extrañas. Poco a poco el sendero fue desapareciendo con cada metro que avanzaban, dejando paso a una senda visible por la escasa hierba que crecía sobre ella. Jonan descabalgó y llamó a Batas para que le ayudara a seguir el buen rastro, pues tras una decena de metros lo había perdido. El grupo se detuvo, el resto de jinetes observaban como los dos hermanos se movían en todas direcciones buscando alguna señal que les indicara hacia donde dirigirse. Al poco tiempo Jonan levantó la mano e indicó al resto que les siguieran. Unos metros más allá habían encontrado un rastro que parecía llevarles de nuevo hacia las cordilleras. El terreno se hizo mucho más abrupto y pedregoso. Todos los jinetes se vieron obligados a descender de sus monturas pues el terreno estaba lleno de piedras y cantos rodados que hacían difícil para los caballos mantener el equilibrio con sus jinetes encima. El ritmo se hizo mucho más lento; los dos exploradores rastreaban el suelo pues, aunque no hubiera sido grave, un despiste les hubiera hecho perder un tiempo precioso. Su idea era acampar esa noche a la entrada del cañón para el día siguiente poder alcanzar el valle interior, lugar donde se suponía encontrarían lo que andaban buscando.

Al atardecer se encontraban a un par de kilómetros de las montañas. Crísil ordenó que se detuvieran y se prepararan para pasar la noche allí. No tenía sentido seguir avanzando sin saber que había más allá, ni que podía esconderse entre las paredes de piedra del cañón. El grupo comenzó a preparar el campamento. Lonzo decidió que iría a buscar algo que cazar; se propuso seriamente comer algo caliente pues estaba ya harto de las raciones de viaje. Jonan y Batas se adelantaron al grupo. Se acercarían bastante a la entrada del cañón para investigar e inspeccionar el terreno; estarían de regreso en unas horas. El sol comenzó a ocultarse y el atardecer dio paso a la noche. Las llamas crepitaban en el centro del pequeño campamento. Todos estaban reunidos. Los dos exploradores habían regresado sin haber detectado ningún tipo de amenaza o complicación. Lonzo había conseguido cazar un par de liebres con su arco. Todos estaban en silencio, saboreando tan delicioso manjar y posiblemente la última comida caliente en unos días. Más allá de donde se encontraban les esperaba un terreno hóstil, donde debían evitar llamar la atención. Tras la cena, los aventureros hicieron grupos de guardia y se dispusieron a descansar, debían estar preparados para lo que pudiera acontecer.

La noche se comió las horas de oscuridad sin incidencias. El humor del grupo era más que perfecto. Batas encabezaba el grupo. Los demás le seguían; todos habían descabalgado. Tras unas hora de caminata tenían enfrente las primeras paredes de roca. La anciana piedra se erigía sobre sus cabezas, impasible al tiempo. Observaban desde fuera el oscuro interior del cañón. Las altas paredes de la montaña hacían que los rayos del sol de la mañana no fueran capaces de alcanzar la tierra. Las penumbras llenaban el paso que debían atravesar. Jonan, Batas y Crísil iniciaron un debate sobre como actuar.

-¿Qué hacemos, Crísil?, creo que es demasiado arriesgado internarnos sin antorchas con esta oscuridad-. Preguntó Batas. -No sé. Con esta oscuridad, una antorcha sería visible desde cientos de metros en el interior. ¿Sabéis a qué tipo de terreno nos enfrentamos?-. -Ni idea, señor-, contestó Jonan, al cual se le veía intranquilo.

-No me gusta nada la situación en la que nos encontramos. ¿Esperamos a ver si una vez el sol se encuentre más alto la visibilidad mejora?-. -Tampoco creo que sea buena idea esperar aquí. Las horas perdidas harán que la noche caiga sobre nosotros antes de llegar al valle y entonces, no tendremos más remedio que encender antorchas.-, respondió Crísil. -Crísil tiene razón; creo que es poco probable que alguien se encuentre en este tramo del cañón. No hemos encontrado rastros en todo el trayecto. Opino que avancemos; encendamos únicamente dos antorchas. Jonan y yo os guiaremos. En el peor de los casos, si alguien nos viera, no podría determinar nuestro número-. -Adelante entonces- dijo Crísil con voz autoritaria mientras indicaba al resto del grupo que avanzara hacia el interior del cañón.

El grupo fue entrando en el cañón; en su oscuridad. La montaña se fue tragando a cada uno de ellos sin contemplación y al poco rato únicamente dos puntitos de luz indicaban que seguían allí. Jonan y Batas caminaban, ahora de pie ahora en cuclillas, buscando posibles pozos, rocas sueltas o cualquier cosa que pudiera suponer un riesgo para la comitiva. Un poco más atrás avanzaban los demás.

La garganta formada entre las dos montañas tenía unos cuarenta metros de ancho, lo cual hacía imposible poder ver la roca que los flanqueaba por ambos lados, ya que el grupo intentaba alejarse de las paredes del cañón para evitar desprendimientos. Preferían perder la referencia que les proporcionaría la montaña, para ganar en seguridad. Si miraban hacia arriba, allá bien lejos en la altura, podían apreciar la luz reinante en el exterior. Aunque no lo pareciera era de día. Las antorchas iluminaban lo suficiente para poder avanzar con cierta seguridad. Avanzaban con firmeza y sin pausa. No sabían cuando darían con el valle y el cielo abierto, y la sola idea de quedarse sin la mínima, pero tranquilizadora, referencia del brillo del sol que pendía sobre sus cabezas les daba mayor entereza para seguir hacia adelante a buen paso.

Algunos kilómetros más allá de donde se encontraba el grupo, unos ojos oteaban la oscuridad. De repente un punto de luz tintineante atrajo su atención. El vigía se encontraba en una posición elevada, escondido entre unas rocas. Desde allá pudo observar como en la lejanía dos puntitos de luz brillaban, indicando la presencia de viajeros. Giró sobre si mismo y comenzó a descender por la roca. Debía apresurarse en deshacer el camino que le llevaría al campamento del valle.

Las horas pasaron una tras otra. Durante ese tiempo el grupo siguió avanzando a paso lento pero y seguridad. El sol dejó de brillar en lo alto del firmamento. Ramos pensaba que se encontraban ya en las primeras horas del anochecer, pues creía distinguir algunas estrellas. Los ojos de los viajeros se habían acostumbrado ya a las penumbras que las antorchas creaban. Al poco tiempo, Ramos observó en lo alto un manto de estrellas sobre un oscuro cielo. No podía ser otra cosa que el cielo abierto. Se adelantó hasta la cabeza del grupo para agarrar a Crísil por el brazo.

-Crísil, creo que hemos dado con el valle, fíjate en el cielo, hay estrellas, hemos encontrado el final del cañón-. Crísil levantó la vista y pudo observar efectivamente como miles de puntos de luz tintineaban allá arriba. Sonrió y señaló al cielo mientras avisaba entre susurros al resto de compañeros. Animados por haber alcanzado lo que se había convertido para ellos en un túnel sin fin, aceleraron la marcha. Al rato sobre sus cabezas se desplegó un rebaño de pequeños puntos que indicaba que habían salido del cañón por completo y se encontraban en campo abierto. Una brisa fresca les recibió golpeándoles la cara. Decidieron acampar y pasar la noche para a la mañana siguiente comenzar las tareas de forrajeo para localizar los preciados frutos. El plan era quedarse en la zona, pero si la búsqueda no era fructífera viajarían más allá del valle para acceder a los territorios que bordeaban la Meseta, zona donde seguro encontrarían los arbustos.

La noche volvió a pasar sin mayores sobresaltos. A pesar del frío ambiente sus corazones se encontraban llenos de calidez, pues la grata compañía que se prodigaban y el saber que buscaban el bien para sus compatriotas, alimentaba el fuego que parecía arder en su interior. La mañana despertó al grupo. Se levantaron con frío, ya que la noche no les había perdonado el no encender fogata alguna. Batas se encontraba en la cima de una pequeña colina. Apoyaba un pie sobre una roca, una mano en la empuñadura de su espada y la otra protegiendo sus ojos del sol. Oteaba el horizonte intentando divisar alguna cosa que llamara su atención. El paisaje que se extendía ante él era un poco monótono. Predominaban los colores arcillosos, pero aquí y allá se divisaban lo que parecían ser plantaciones de trigo que ponían parches amarillos a los tonos rojizos de la roca y al verde pálido de las hierbas y matorrales. Árboles dispersos y matorrales adornaban un paisaje irregular donde las agrupaciones rocosas de poca altura afloraban por doquier. Sin contar estas agrupaciones rocosas, en una de las cuales se encontraba ahora mismo Bata, y al resguardo de la que el grupo había pasado la noche, el terreno era bastante llano y se podía otear la lejanía a muchos kilómetros. A una gran distancia se observaba una elevación del terreno que llenaba todo el horizonte. Una extensa planicie que parecía extenderse por cientos de kilómetros hacia el oeste y que debía encontrarse a unos cuatro o cinco días de viaje. -La Meseta Yerma-, afirmó para sí el explorador. Desde aquella posición, dejando las Montañas de la Separación a su espalda, Batas tenía a la gran Meseta justo enfrente y un poco más cerca, pero también a unos cuantos días de marcha, se veía un punto oscuro, una especie de selva o bosque en dirección suroeste.

El contacto de la mano de Crísil en su cuello sacó a Batas de sus pensamientos y reflexiones. -¿Todo correcto amigo?, -Si, todo correcto Crísil; no he observado nada raro-.

-Vamos allá, pongámonos manos a la obra, nos espera un largo día. ¡Elthrai!; ¡encuéntranos esos arbustos que hemos venido a buscar!-, animó Crísil levantando la voz. Elthrai trepó hasta donde se encontraban los otros dos hombres para después descender como una cabra dando saltos de roca en roca hasta tocar terreno llano.

Después de desatar a los caballos, que pastaban tranquilamente ajenos a la emoción del grupo, todos le siguieron. Pasaron unas horas hasta que por fin, en un macizo rocoso cercano encontraron los primeros arbustos. Había bastantes con lo que se centraron en esa zona. El día se fue consumiendo y poco a poco los primeros sacos se fueron llenando. La llegada de la noche marcó el punto en el que decidieron parar y descansar. Montaron su campamento detrás de unas rocas que les protegerían del frío y ocultarían la hoguera que tenían pensado encender. Ataron a todos los caballos con excepción de Pantera, el caballo de Crísil. Éste gustaba de moverse libremente y trotar a sus anchas hasta que era requerido por su amo, llamada a la que nunca hacía oídos sordos. Por turnos cada uno de ellos haría guardia. Comieron, entre comentarios jocosos y bromas de mejor o peor gusto, sus raciones de viaje, y tras decidir los turnos de guardia se fueron durmiendo poco a poco cansados como estaban de haber trabajado de sol a sol.

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Oscuridad, oscuridad por todos los lados. Frío, el frío que transmite y conserva lo que parecen ser las paredes de una gruta. Las mismas paredes que ahogan todos los sonidos. Silencio, silencio de ultratumba, sólo es perceptible el susurro que produce el viento al rasgar con sus uñas la superficie áspera de la piedra. En la parte superior de la caverna duermen, descansan o lo que sea que hagan, los grandes vampiros. Animales de la noche que beben la sangre de las reses y según dicen que hasta de algún muy desgraciado hombre. La gruta se introduce muchos metros bajo la superficie, como si de un corredor a los sótanos de la tierra se tratara. Allá en el fondo, donde la luz del día nunca ha llegado, se abre una cavidad, una tenue luz tintinea en la oscuridad. Murmullos en una lengua, tan antigua como oscura, resuenan por la antes silenciosa piedra. Un grito, un grito seguido de un estruendo de alas que se baten en retirada convirtiéndose en una ola de colmillos. Chillidos de la noche provocados por el estrepitoso despertar de los grandes murciélagos. El grito se apaga engullido por las rocas, el silencio vuelve a reinar. Nuevos murmullos provenientes de la cavidad subterránea perturban otra vez la calma.

La cavidad forma una sala circular abovedada, con un techo no se sabe cuan alto por encontrarse en penumbras. Está ligeramente iluminada por una serie de antorchas colgadas en las paredes, las llamas de las cuales bailan formando sombras intrigantes sobre el irregular relieve. Tres figuras encapuchadas murmuran salmos con voces roncas. Visten unas túnicas granates atadas por medio de cintos de plata de los que cuelgan patas de gallo, calaveras de cuervo y otros adornos escabrosos. Dos de ellas se encuentran arrodilladas con las manos sobre los muslos, mirando al frente y moviendo el cuerpo en círculos en una especie de trance. El tercero, de pie ante ellos, les da la espalda y recita en un tono más alto mientras mantiene los brazos extendidos, sosteniendo una daga que no refleja la luz de las antorchas por encontrarse empapada en sangre. La túnica arremangada deja ver unos brazos delgados, y con carne flácida, manchados de sangre. Gotas del viscoso líquido resbalan por la afilada hoja para caer, sin llegar a impactar en el suelo pues un altar de reluciente y negra piedra se interpone en su trayectoria descendente. Encima de él, un cuerpo que poco antes gritaba de dolor se encuentra inmóvil. Los brazos extendidos caen a los lados de la piedra tibia por la sangre que empapa su superficie. La cara girada y con un rictus de dolor mira a los dos encapuchados. En su pecho se abre una brecha por la que todavía, varios minutos después de su muerte, sigue fluyendo sangre.

El hombre en pie, con suaves movimientos, deposita la daga sobre el altar. Dirige sus manos hacia la cabeza del muerto y le clava sus largas uñas en la cara al tiempo que comienza a recitar, en voz más alta, un siniestro cántico. Sus dos compañeros repiten frenéticamente y en voz alta las mismas palabras -Assskattta!- -Asssskkkaaatta!-. Con un grito triunfal el hombre gira sobre sí mismo, sosteniendo un ojo en su mano levantada. Los otros dos hombres caen en silencio y agachan su cabeza hasta tocar con su frente el suelo. De una de las bolsas que cuelgan de su cinto, el extraño encapuchado saca una araña peluda y junta ambas manos. Se acerca a sus compañeros; se arrodilla junto a ellos y comienza a recitar una serie de palabras. Sus vidriosos ojos se tornan blancos. Uno de los acólitos saca una daga; extiende su brazo para situar su mano sobre la de su señor y se produce una serie de tajos que hacen caer sangre sobre las manos prietas del Maestro. Los enclenques brazos del anciano tiemblan como soportando una gran presión. Sus murmullos se convierten en gritos. Su cabeza se inclina y sus manos encuentran la frente como punto de apoyo. De repente grita; lleva su cabeza hacia atrás y abre las manos mostrando a sus acólitos lo que en ellas escondía. Sus viperinos ojos, que estaban blancos, recuperan su tonalidad vidriosa. En su mano el ojo del muerto se ha ennegrecido. Lo mira y sonríe en una mueca de satisfacción que deja ver unos pequeños colmillos. Los acólitos miran fijamente la mano del hechicero y de repente perciben un ligero movimiento en el inerte ojo. Como si una serie de gusanos intentaran salir de su interior, la superficie ocular se hace irregular y parece en movimiento. De cada lado del ojo surgen una serie de extremidades arácnidas que se extienden y se posan firmes sobre la mano del brujo. Dos garras surgen debajo del iris conformando una terrible mandíbula. Las patas del ojo arácnido se mueven sincronizadamente haciéndole girar para enfrentar el iris dilatado a la atenta y orgullosa mirada del Maestro.

-Busca el báculo, encuentra el báculo de poder- ordena al ojo con una voz siseante mientras señala la salida de la caverna con su huesuda mano. El ojo chasquea las mandíbulas; gira de nuevo sobre sí mismo, e impulsándose sobre sus ocho patas, salta al suelo. De allí no se sabe a donde fue, pues su velocidad y su capacidad para ocultarse en las sombras hacían imposible seguirlo en la penumbra en la que estaba sumida la caverna. Los acólitos posan sus miradas en el rostro de su maestro, ahora descubierto pues la capucha había caído hacia atrás. Es pálido, como si nunca hubiera conocido la luz del día y sobre esa palidez las venas se marcan sobre su fino rostro. Los ojos parecen los de una serpiente, color verde, atravesados por una fina línea vertical negra en el centro. Su cabellera larga y peinada hacia atrás parece estar formada por diminutas escamas. Su presencia emana poder, su sola presencia les reconforta pues saben que sólo hay un ser más poderoso que su maestro, y ese no es otro que Askatta.

El Maestro posa sus impasibles ojos sobre los acólitos. Esgrime una mueca amenazante y con un movimiento brusco y repentino levanta los dos brazos hacia lo alto de la bóveda. -Gasssak!- grita y entonces una corriente de viento recorre la sala. Las antorchas se apagan y de las entrañas del cadáver que se encuentra en el altar surge una nube de langostas rojas que comienzan a volar hacia la salida de la gruta. El fluir de las langostas es constante y tal es su cantidad que forman una masa densa y rojiza que parece no estar en movimiento, pues no se ve su final más allá de los límites de la sala. Miles de estos animales surgieron del cadáver para desaparecer minutos después, sin dejar más rastro que el recuerdo en las mentes de los allí presentes.

C&C

Ha pasado un mes desde que Yelde Waiva tuviera el siniestro encuentro con el Hada Negra. Ahora ese episodio en la vida del hada parece un sueño, una pesadilla o simplemente algo que nunca sucedió y fue producto de su imaginación. Yelde no ha vuelto a comentar nada sobre el tema con Kin. Ha estado feliz, observando las estrellas en la noche, jugando con los pajarillos por la tarde y pasando muchas horas al lado de Luci, el hadita más pequeña del Bosque. Desde su primer encuentro se sienten muy unidas y disfrutan de su mutua compañía. Eran las dos muy traviesas y curiosas haciendo agarrar a Kin más de un enfado por sus excursiones de exploración. Siempre se las ingeniaban para localizar a Rufu y bailar y cantar hasta quedar exhaustas; momento que escogían para retirarse a la casa de Yelde, tirarse en el montón de plumas que tenía ella como cama y pasarse el resto del día, o la noche, haciéndose cosquillas, persiguiéndose y comiendo fruta. Yelde le hacia trucos a Luci, algunos de ellos mágicos, y ésta le demostraba su alegría brillando como solo el hadita luciérnaga sabía hacer.

Las dos acudían a ver regularmente a Kin para recibir, la primera sus clases de magia, y la segunda para continuar con las enseñanzas que todas las pequeñas hadas tenían que recibir. Yelde desde su aventura en el zarzal había experimentado una mejoría notable en sus habilidades mágicas. Su capacidad de concentración era mucho mayor y la energía, su esencia, tenía unos tintes mucho más poderosos, matices que Kin sentía y para quien no pasaban inadvertidos. El día anterior, Kin y Yelde habían estado practicando la comunicación con los pájaros. Las hadas de por sí eran capaces de comprender lo que otros seres quieren transmitir o expresar. Cuanto más complejo es el ser con el que quieren interactuar, la compresión se torna menos exacta, ya que los seres más complejos, como los humanos, presentan unos pensamientos y unas variantes de comportamiento mucho más amplias y enrevesadas. De la misma forma, la comunicación de las hadas hacia los otros seres es mucho más sencilla cuanto menos complejo es el ser. Por eso los pájaros son siempre un buen punto de inicio para desarrollar las habilidades comunicativas de las hadas. No siendo animales complejos tienen un conocimiento del entorno que les rodea, del presente, el pasado y futuro muy superior al de insectos o roedores.

Yelde aprendía rápido. Se le daba muy bien entablar conversaciones con los pajarillos que Kin había convocado para practicar en las clases. Eran Ganda, el loro gris, y Liki, un pequeño gorrión. Ganda era un huraño y soez pájaro, antiguo conocido de Kin y que se divertía de lo lindo haciendo rabiar a las hadas. Era el alumno malo de la clase y no paraba de hacer travesuras. Por el contrario Liki, un gorrión de un color amarillo chillón, era muy bueno y tranquilo y tenía que estar siempre atento a los mordiscos que Ganda le lanzaba entre estridentes risas. La comunicación con estos pájaros era más sencilla ya que estaban acostumbrados a recibir estímulos a través de la esencia de las hadas. Kin, conociéndolos desde hacía mucho tiempo, podía leer a la perfección sus pensamientos, con lo que podía guiar y corregir a sus alumnas en busca de la interpretación correcta. Yelde conversaba con uno y otro indistintamente, aunque el que más gracia le hacia era Ganda, pues no paraba de proferir malas palabras, quejas y reproches en el lenguaje de los humanos que hacían reír a carcajadas a la pequeña. Luci miraba atentamente y se moría de risa viendo como su amiguita saltaba de alegría, reía y le hacía de vez en cuando carantoñas, llevándose por supuesto la suave reprimenda de Kin por distraerse de sus ejercicios. Tanto Luci como Yelde escuchaban atentamente las palabras y frases que Ganda decía. Al parecer, el viejo loro había nacido en cautividad en un circo humano. Allí paso los primeros años de su vida, durante los que aprendió a comunicarse con los hombres, imitando su lenguaje y sonidos, gracias a una gran inteligencia. También aprendió infinidad de trucos que luego interpretaba noche tras noche en las muchas funciones en las que participó. Era conocido como el Loro Príncipe, el príncipe que había sido convertido por una bruja en loro. Pero esto no era más que una estratagema de sus dueños, Ganda era un simple loro; un loro muy inteligente.

La clase había ido muy bien. El resto del día Luci y Yelde lo pasaron juntas, volando por el Bosque y parando a todos los pájaros que encontraban para hablar con ellos. Luci le decía a Yelde las preguntas que quería hacerle al pájaro y esta entablaba la comunicación. Las muy traviesas no pararon en toda la tarde. A la noche, Yelde se encontraba muy cansada; pues utilizar la esencia para comunicarse todavía le costaba un alto grado de concentración y energía, por lo que decidió retirarse a su casa para descansar. Observaría las estrellas y escucharía las noticias que el viento arrastraba.

Yelde comía algo de fruta sentada en la entrada de su cueva. Miraba como las estrellas tintineaban en la oscuridad del firmamento. Poco a poco sus ojitos se fueron cerrando hasta que se sumió en un profundo sueño. Pasaron las horas, la noche dio paso al día y la luz del sol comenzó a abrirse paso por la casa del hadita. Yelde se desperezaba cuando de repente escuchó una voz – La sombra nos encontró, corre al centro del Bosque y escóndelo; corre, no dejes que la profecía nos atrape-. Sobresaltada, todavía media dormida, los ojos entrecerrados y la cabellera de una troglodita, la pequeña hada se levantó de un salto. Miró para todos los lados y no vio a nadie. Cerró los ojos e intentó detectar la esencia de alguien, pero tampoco tuvo éxito. Las palabras habían resonado en su mente con una voz familiar, hace tiempo olvidada. Era la voz del Hada Negra, ahora recordaba. Aquel episodio había permanecido oculto entre sus pensamientos entre el ir y venir del día a día, convirtiéndose en un recuerdo; tal vez en una pesadilla nocturna; en algo que su ser consciente había olvidado. Pero ahora todo le parecía reciente. Veía en su mente claramente todo lo que le había sucedido. El eco de las palabras del Hada Negra rebotaban por su cabeza y entonces reaccionó. Algo pasaba en el Bosque, tenía que averiguar que era lo que había en el tercer anillo.

Salió volando. Como se encontraba. Como una pequeña troglodita voladora se dirigió hacia el centro del Bosque, hacia el zarzal que delimitaba el tercer y prohibido anillo. Cuando veía ya los zarzales que tan bien conocía, vio un animal tirado en el suelo. Descendió y se acercó hasta él. Era una ardilla del Bosque. Parecía muerta, posó sus manitas sobre ella y cerró los ojos. No había rastro de vida en ella. Parecía tan vacía, como si un abismo se encontrara dentro del pequeño cuerpo inerte. En seguida retiró las manos, pues la sensación de vacío amenazaba con marearla y aturdirla. Era raro que una ardilla hubiera llegado hasta allí. Se fijó que tenía una serie de mordiscos en el lateral, pero no había manchas de sangre ni en su pelaje ni en el suelo. Los babosos verdes deberían haber sido los causantes de tal fechoría, aunque era raro que hubieran sido capaces de cazar a una ardilla, ya que eran grandes escaladoras y trepando se ponían a buena distancia de los depredadores.

Aún notando el frío que el contacto con la ardilla había dejado en sus manitas, continúo caminando para internarse en la maraña de espinas y ramas. Se concentró y lanzó un sortilegio de escudo, la experiencia le había enseñado que las espinas del zarzal estaban bien afiladas. Comenzó a volar muy despacio entre las enredaderas. Tras un rato llegó al claro donde había encontrado a Ging tiempo atrás. Estaba tensa, esperaba que Ging se le apareciera o alguien le atacara. Esa zona del Bosque le producía un desasosiego terrible. Se concentró en reforzar su escudo esperando ser sorprendida en cualquier momento. Descendió a tierra y comenzó a seguir el sendero que se internaba entre las empalizadas de espinas. Caminó y caminó; el sendero parecía internarse poco a poco en el centro del zarzal. No había ruidos y todos los intentos que hizo para identificar a cualquier ser no dieron resultado. Avanzó cientos de metros por un pasillo libre de zarzales cada vez más estrecho hasta llegar al final. El estrecho pasillo que formaban las altas zarzas desembocaba en un claro libre de vegetación.

El claro estaba rodeado por las altas zarzas a las que tanta rabia tenía Yelde. No era un lugar llano, sino que un cráter de unos diez metros de profundidad dominaba el terreno. En el cráter no crecía vegetación alguna. Todo era oscura tierra y roca. En el fondo de la depresión, lo que parecía una especie de templo se encontraba prácticamente sepultado. Se apreciaban unas blancas columnas de mármol inclinadas. Un trozo de lo que debió ser el techo sobresalía de la tierra formando una entrada más que estrecha. El contraste entre la blanca piedra de las ruinas y el negro paisaje era más que acentuado. Yelde miraba con incredulidad lo que había descubierto. Jamás pensó en encontrar algo como aquello. De repente, lo que los humanos llaman el sexto sentido y las hadas y otros seres más perceptivos saben interpretar y controlar, llamó la atención de la pequeña. Había sentido la presencia de algo allá abajo. No había sido muy intenso pero lo suficiente como para hacerle girar la cabeza y posar su mirada sobre las ruinas. Todo sucedió muy rápido y cuando el hada miraba hacia la entrada del ruinoso templo, tuvo tiempo de observar como algo se introducía por la grieta. Ese algo era un poco más pequeño que ella y muy rápido. La curiosidad pudo con el hada del viento. Inició un vuelo que le acercaba lentamente hacia las ruinas. Se posó en el techo; tenía la entrada a pocos centímetros -Chsk, chsk; chsk, chsk- un chasquido casi imperceptible llegó hasta los sensible oídos del hadita. Se concentró y entonces lo notó. Noto que algo se escondía en la oscuridad; algo que acechaba, que esperaba con malas intenciones a que la pequeña incauta se introdujera por la grieta. Yelde sentía la esencia maligna de aquella cosa. Su cuerpecito se erizó y recordó la sensación que había sentido al tocar la ardilla. La cosa que se encontraba dentro del templo era la misma que había acabado con la vida del animalito. La esencia de ese ser era oscura, muy oscura. No denotaba más sentimiento que el de la pura esencia de la maldad. Intentó penetrar en su mente, pero sólo encontró oscuridad, fuera lo que fuera había desaparecido. Desistió de penetrar en la mente del ser. Emprendió el vuelo sin más dilación y comenzó a alejarse de allá. Necesitaba avisar a Kin de lo que pasaba allí; algo maligno se había introducido en el reino.

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Todavía no había amanecido cuando los hombres seleccionados por Maha e Inthia ya se encontraban en el patio de armas, pasando revista al equipo y caballos. Los hombres seleccionados eran los más preparados para sobrevivir en campo abierto. Destacaban por sus habilidades de forrajeo, seguir rastros y acechar. Estaban Jonan y Batas: los gemelos. Dos exploradores cuya habilidad en todo aquello que tuviera que ver con los rastros y la identificación de huellas no tenía parangón en todo el reino. Elthrai, un experto forrajeador con un don innato para localizar fuentes de agua potable y hierbas comestibles. Además, su puntería con el arco largo era bien conocida en el castillo. Lonzo sin lugar a dudas era el mejor cazador de todos ellos. Su pericia para acechar en el bosque hacía que fuera conocido como “Gato”. A todo esto había que añadirle su gran habilidad  como  espadachín, uno de esos que conviene tener de tu lado en cualquier liza. Por último, habían seleccionado a Ramos, de padres pescadores, había aprendido de ellos el conocimiento del firmamento, con lo que era capaz de orientarse utilizando las estrellas y constelaciones. Todos revisaban el equipaje del grupo: cuerdas de cáñamo, antorchas, yesca y pedernal, lonas para resguardarse en la noche, sacos de dormir, varios jubones con agua, raciones de viaje para dos semanas y algunos sacos donde guardar las hierbas que iban a buscar. Aparte del equipo común, cada uno llevaba su equipo de campaña, en el que no podían faltar los escudos, espadas, arcos y flechas entre otros.

Crísil apareció cargando su saco de viaje. Lo tiró al suelo y ordenó que lo aseguraran en las alforjas de su caballo. Se reunió con el resto del grupo y saludó afectuosamente a todos y cada uno de ellos.

-Escuchadme aventureros-, espetó con voz firme y autoritaria. Todos los allí presentes prestaron atención. Crísil se encontraba enfrente de los cinco hombres, mientras que Maha e Inthia flanqueaban al joven guerrero.

-El viaje que comenzamos hoy puede que sea la aventura más importante y arriesgada que muchos de nosotros hayamos emprendido. Se trata no solamente de salvar la vida de mi hermana, vuestra amiga, vuestra princesa, sino la de todos nuestros compatriotas que se encuentran enfermos o lo estarán en las próximas semanas y meses-.  Exceptuando las palabras de Crísil y el fuerte latir de los corazones de los guerreros nada más se escuchaba. La cara de entusiasmo y orgullo de los cinco elegidos era tal que Maha se emocionó al recordar los días en que él también participaba en importantes misiones.

-Como sabéis debemos encontrar un arbusto cuyos frutos servirán para curar la desgracia que trae el Silencio del Norte. Para ello viajaremos hacia el interior, más allá de los límites de la Planicie. Seguiremos el río Cortado dirigiéndonos hacia las partes más bajas de las Montañas de la Separación. Allá es donde deberíamos encontrar los arbustos que buscamos. Lin ha ilustrado a nuestro amigo Elthrai sobre ellos. Así que tranquilos amigos, antes que queramos darnos cuenta estaremos de nuevo en el salón festejando nuestro éxito-.

-Y tanto que sí, ya he pedido que vayan engordando unos cuantos bueyes-, comentó Maha mostrando una gran sonrisa en su rostro.

-Partamos ahora compañeros y no os preocupéis por vuestras esposas, hermanos y amigos, Maha cuidará de ellos como siempre ha cuidado de mi. No miréis atrás, porque pronto contemplaremos de frente nuestras murallas en el regreso-.

Dicho esto los seis aventureros subieron a sus respectivas monturas. Los pajes ajustaron las alforjas a los caballos y comprobaron por última vez que el equipaje estuviera bien sujeto. A esas horas de la mañana pocos fueron los que observaron al grupo alejarse del castillo. Maha subió a la torre más alta para observar como se iban difuminando aquellas formas que tan bien conocía. Permaneció allí, impasible al viento y frío de la mañana, hasta que los jinetes se convirtieron en figuras borrosas y éstas en meras sombras en movimiento que se confundían con el horizonte.

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